No quiero caer en aquella premisa de los que nos precedieron en el tiempo y que, críticos con los que entonces éramos muy jóvenes, nos decían que antes se aprendía de otro modo y que, según reza el refrán, “todo tiempo pasado fue mejor”. Es evidente que, en la segunda mitad del siglo XX, el ritmo de aprendizaje era quizás más lento, pero avanzaba inexorablemente, sin prisa pero sin pausa, hacia la conquista de mejoras respecto de los saberes que ya se poseían. Lo cierto es que, al comienzo del ciclo secundario, los preadolescentes poseían un bagaje de conocimientos lingüísticos bien cimentados y la ortografía ocupaba un lugar de privilegio en lo que se consideraba el prestigio de una persona culta.
Los parámetros hoy son diferentes: la cultura del instante está definitivamente instalada y lo que no se puede buscar en la red para encontrarle solución parece no poder ser resuelto a través del pensamiento lógico maduro. Ahora bien, se puede admitir que es mucho más práctico buscar un vocablo en el diccionario que figura online, que tener que cargar en la mochila un diccionario en papel, pesado y poco manuable. El niño protestaba por tener que llevar al aula el “mataburros” que le descompaginaba el orden de sus libros y carpetas y que iba doblando sus tapas y deteriorándose, conforme pasaban los años de primaria. Ya en el secundario, era ridiculizado el que se animaba a traerlo para la búsqueda y la discusión. No en vano, el poeta Neruda creyó necesario oponer aspectos negativos y caracteres positivos de este libro, en su Oda al diccionario:
"Diccionario, no eres tumba, sepulcro, féretro, túmulo, mausoleo, sino preservación, fuego escondido, plantación de rubíes, perpetuidad viviente de la esencia, granero del idioma".
El título de la nota se motivó en una oración escrita en un texto transmitido por guasap: “¿A dónde vas con ciencia?”; la persona que lo recibe responde “Con ciencia se construye el futuro”. Y brinda una serie de argumentos en defensa de la ciencia. Pero he aquí que el autor de la mentada oración no estaba preguntándole a su interlocutor a qué lugar marchar con la ayuda de la ciencia, sino que se estaba dirigiendo a la ‘conciencia’ para averiguar hacia dónde se dirigía: estaba cuestionando su accionar. La escritura correcta debió ser, entonces: “¿A dónde vas, conciencia?”, sin espaciado entre ‘con’ y ‘ciencia’ y con una coma que separara este vocativo del resto de la oración. La ortografía y la puntuación están al servicio de la precisión en la comunicación; la perfección de los teclados de los celulares actuales ya no nos exime de omitir la opción correcta para colocar cualquiera de las vocales con tilde o diéresis, cuando ellas correspondan. Además, la totalidad de los signos de puntuación, principales y auxiliares, está disponible para dar al texto la exactitud que corresponda. No será igual decir “No voy más tarde” que colocar una coma tras el adverbio de negación y sostener “No, voy más tarde”: en el primer caso, el sujeto nunca arribará pues estará ausente; en el segundo, llegará tarde, pero seguro.
¿Qué cantidad de personas hay en cada una de estas oraciones: Carlos, el médico, y yo guardamos silencio y Carlos, el médico y yo guardamos silencio. Una coma, ubicada tras el vocablo ‘médico’, hace la diferencia: en el primer caso, éramos dos las personas silenciosas; se colocaron dos comas para aclarar cuál era la actividad de Carlos; en el segundo, en cambio, simplemente enumeramos a los distintos agentes y, entonces, éramos tres quienes hacíamos silencio.
En los ejemplos “Julián te ha llamado tonta” y “Julián te ha llamado, tonta”, la presencia de la coma también es significativa pues, en la primera de las oraciones, alguien ha considerado tonta a una mujer, representada en el ‘te’; en cambio, en el segundo ejemplo, la separación del adjetivo ‘tonta’ respecto del resto de la oración transforma el término en un vocativo con que se nombra, quizás hasta cariñosamente, a la interlocutora.
Lo que causa estupor es comprobar que la mayoría de las personas deja de lado el uso correcto de los signos de puntuación y de los blancos de separación, que pueden traer como consecuencia cambios de significado; se consideran sumamente modernos por la prescindencia de las normas ortográficas. Y, sin embargo, no son tan modernos a la hora de escribir puntos en los números que indican un documento e insisten en colocarlos, como se hacía hasta finalizado el siglo XX; otro tanto sucede con el punto que siguen colocando en fechas y en números de leyes o al final del encabezado de una carta o comunicación. También siguen colocando punto entre las mayúsculas que componen una sigla y pluralizan algunas de ellas con el añadido de apóstrofo (no ‘apóstrofe’) y S, como se estila en formas ajenas al español. De este modo, si se preciaran de estar en la modernidad más absoluta, deberían escribir su número de DNI sin ningún punto interno, lo mismo que en el año de nacimiento y hablarían de las TIC en el aula, nunca de las *TIC’s, o de las ONG y no de las *ONG’s.
En las palabras de presentación de la última obra académica, el “Libro de estilo de la lengua española según la norma panhispánica”, se incluye una cita clásica que no por antigua deja de tener vigencia. Pertenece al poeta latino Horacio, en su “Arte poética” y dice: “Como el bosque muda de follaje al declinar del año y caen las hojas más viejas, de la misma manera perece la generación antigua de palabras y, al modo de los jóvenes, florecen y tienen brío las nacidas hace poco [… ]. Rebrotarán muchas palabras que ya habían caído y caerán las que ahora están de moda, si así lo quiere el uso, en cuyo poder residen el arbitrio, la autoridad y la norma de la lengua”.