El mensaje que pronunció la presidenta Cristina Fernández el pasado jueves, y que se transmitió a todo el país por radio y televisión, alcanzó una dimensión política mucho más extensa que el significado de las palabras que utilizó.
El mensaje que pronunció la presidenta Cristina Fernández el pasado jueves, y que se transmitió a todo el país por radio y televisión, alcanzó una dimensión política mucho más extensa que el significado de las palabras que utilizó.
Para repasar las cifras de la ayuda oficial a los damnificados por las recientes inundaciones en Capital Federal y La Plata, no era necesario hacerlo por cadena nacional. Ni siquiera para criticar con dureza -como lo hizo- a su aliado el gobernador de Buenos Aires, Daniel Scioli, a quien señaló como autor de “patéticas miserabilidades” por no respetar a las víctimas ni difundir con precisión la cifra correcta de muertos.
La ley establece que la cadena nacional podrá usarse “en situaciones graves, excepcionales o de trascendencia institucional”, condiciones que tampoco estaban planteadas en este caso.
Para entender entonces las razones de la decisión presidencial, hay que remitirse al diseño de la estrategia comunicacional del Gobierno, basada en lo que se denomina “la construcción del espectáculo político”. Esa teoría fue desarrollada en profundidad en 1988 por el cientista político norteamericano Murray Edelman en un libro con ese mismo título. Allí se sostiene que la política no se elabora desde hechos predeterminados, sino que es una permanente construcción en la que los hechos se provocan desde el discurso y los gestos.
Más amable
¿Por qué era necesaria la cadena nacional para ese discurso del jueves? En la concepción de los asesores presidenciales -a la que adhiere Cristina- el Gobierno transitaba una semana difícil, con un progresivo deterioro de su imagen que registran las encuestas que se leen en la Casa Rosada.
A eso contribuyeron el empecinamiento presidencial por darle un escarmiento a los jueces que producen fallos no favorables a sus intereses, enfrentar a la Corte Suprema y apoderarse, o al menos limitar de manera sensible, la independencia del Poder Judicial. El Senado el miércoles, en un acto de obediencia debida, aprobó la ley que facilita la partidización del Consejo de la Magistratura.
En simultáneo, el dólar no oficial se disparó hasta los 10 pesos y obligó a quienes tienen el manejo de la economía bajo la directa supervisión de la jefa del Estado, a exhibirse públicamente y defender la emisión de bonos a cambio del blanqueo de la moneda extranjera.
La medida repercutió negativamente en la opinión pública porque se la asoció de inmediato a los dineros de la corrupción y porque, como todo blanqueo desesperado, premia a los evasores y castiga a quienes pagan sus impuestos.
Hubo más actitudes duras por parte del oficialismo. Los diputados Diana Conti y Carlos Kunkel, enrolados en el “ultrismo” cristinista, presentaron un proyecto para expropiar el 24% de las acciones de Papel Prensa, donde conviven Clarín, La Nación y el Estado nacional. De esa forma, con mayoría absoluta, el Gobierno dispondría la intervención de la empresa y el recambio del directorio. También desde la cúpula del poder se echaron a correr por los medios propagandísticos que posee, versiones sobre una intervención al Grupo Clarín que posibilitaría la reciente Ley de Mercado de Capitales.
Todo ese conjunto de hechos y gestos, mostraba a un gobierno obstinado en hacer uso pleno de su autoritarismo, sin importarle las formas para arrasar con todos los límites. Se requería entonces mostrar una imagen más ligada a los sentimientos solidarios y a la comprensión del dolor ajeno. Así se resolvió el jueves que la Presidenta, sin el acostumbrado auditorio de aplaudidores automáticos, le hablara a la sociedad con la voz atenuada y por momentos al borde del quiebre.
El discurso no fue anunciado hasta tres horas antes de salir al aire y no se anticipó, como se acostumbra, cuál sería el tema que abordaría Cristina. Se jugó así con la expectativa de que se anunciarían medidas drásticas y se agitaron las versiones intencionadas desde el propio oficialismo.
Más pesado
Nada ocurrió con el discurso salvo dos cosas: apenas comenzado, las audiencias de los canales bajaron en forma notable, y Daniel Scioli volvió a notificarse que la Presidenta siente por él más desprecio que cariño. Ese mensaje, utilizado aquí como ejemplo de la estrategia comunicacional, advierte también sobre la existencia de un nerviosismo pocas veces visto en el Gobierno.
Según funcionarios que reconocen el deterioro pero no se animan todavía a plantear sus disidencias, las denuncias por corrupción que no encuentran respuestas en la boca ni en las decisiones de Cristina, van cargando un carro cada vez más difícil de empujar. El problema es que al oficialismo le quedan aún pendientes sus mayores batallas. Nada menos.