Un amigo árabe me hizo notar que ver el debate en Estados Unidos respecto de la medida en que podría involucrarse en Siria le recuerda un antiguo proverbio árabe: “El que se escalda con leche, hasta al yogur le sopla”.
Un amigo árabe me hizo notar que ver el debate en Estados Unidos respecto de la medida en que podría involucrarse en Siria le recuerda un antiguo proverbio árabe: “El que se escalda con leche, hasta al yogur le sopla”.
Después de habernos escaldado en Irak y Afganistán, y ver con angustia creciente las consecuencias de las revoluciones en Libia, Túnez y Egipto, el presidente Barack Obama tiene razón en ser cauto para no quemarse en Damasco. Ahora hemos visto lo suficiente de esa transición árabe de la autocracia para sacar algunas lecciones importantes sobre lo que se necesita para inducir un cambio positivo en esos países. Hacemos caso omiso de las lecciones bajo nuestro propio riesgo, especialmente las lecciones de Irak, que todos quisieran olvidar, aunque son de una relevancia enorme.
Siria es el gemelo de Irak: un Estado artificial surgido después de la Primera Guerra Mundial, dentro de fronteras trazadas por las potencias imperiales. Al igual que en Irak, en Siria, las comunidades constituyentes -sunnitas, alauitas chiitas, kurdos, drusos, cristianos- nunca se dijeron dispuestas a vivir juntas conforme a reglas acordadas. Así, al igual que Irak, Siria ha estado gobernada durante gran parte de su historia moderna o por una potencia colonial o por un autócrata de mano de hierro. En Irak, la esperanza era que una vez que el dictador de mano de hierro fuera eliminado por los estadounidenses se iniciara una transición continua hacia una democracia multiconfesional y multipartidista. Lo mismo puede decirse de Egipto, Libia, Túnez y Yemen.
Pero ahora estamos viendo la enorme diferencia entre la Europa oriental de 1989 y el mundo árabe de 2013. En los países de Europa oriental, la pesada plancha del gobierno autoritario comunista estaba reprimiendo unas aspiraciones democráticas amplias y profundamente arraigadas. Así que cuando se quitó esa plancha, la mayoría de esos países avanzaron relativamente pronto a gobiernos elegidos libremente, con la ayuda y la inspiración de la Unión Europea.
En el mundo árabe, en cambio, lo que reprimía la pesada plancha del autoritarismo eran aspiraciones sectarias, tribales, islamistas y democráticas. Así, cuando se quitó la plancha, las cuatro surgieron al mismo tiempo. Pero la tendencia islamista ha sido la más enérgica -con la ayuda e inspiración de mezquitas y fundaciones islamistas del golfo Pérsico- y la corriente democrática ha resultado la menos organizada, la de menor financiamiento y la más frágil. En pocas palabras, la mayoría de los países de Europa oriental resultaron como Polonia cuando terminó el comunismo, y la mayoría de los países árabes acabaron como Yugoslavia cuando terminó el comunismo.
Como dije, la esperanza de Estados Unidos y de esos valientes demócratas árabes que empezaron esas revoluciones era que los países árabes hicieran la transición de Saddam a Jefferson, sin atorarse en Jomeini o Hobbes: pasar de la autarquía a la democracia sin atorarse en el islamismo o el anarquismo.
Para eso, empero, necesitan una partera externa que actúe de árbitro entre todas las comunidades (que nunca han tenido confianza unas en otras) al tratar de reemplazar el sectarismo, el islamismo y el tribalismo con un espíritu de ciudadanía democrática, o necesitan tener su propio Nelson Mandela. Es decir, un personaje local que pueda guiar, inspirar y orientar una transición democrática que incluya a todas las comunidades.
Estados Unidos, como sabemos todos, desempeñó ese papel de árbitro externo en Irak; de manera increíblemente inepta al principio. Con el tiempo, empero, Estados Unidos y los iraquíes moderados lograron alejarse del borde, derrotaron a los extremistas violentos tanto sunnitas como chiitas, redactaron su constitución y han celebrado varias elecciones libres, con la esperanza de que surja un Mandela iraquí. Pero, ¡ay!, ahí tienen a un Nouri al Maliki, un chiita que en lugar de fomentar la confianza con las otras comunidades, está sembrando de nuevo las divisiones sectarias. Es difícil de acabar con años de una política de suma cero, en la que el débil piensa que no puede hacer concesiones, mientras que el fuerte no ve por qué tendría que hacerlas.
Creo que para acabar con la guerra civil en Siria e inclinar al país hacia un sendero democrático se necesita que una fuerza extranjera ocupe todo el país, asegure las fronteras, desarme a todas las milicias y ayude a dar a luz una transición hacia la democracia. Eso sería impresionantemente costoso, llevaría mucho tiempo y los resultados no estarían garantizados.
Pero a falta de un dirigente sirio que pueda ser un sanador para todas las comunidades, no un motivo de división, mi opinión es que cualquier cosa que no sea una fuerza externa que reconstruya a Siria de pies a cabeza va a fracasar. Ya que no hay ningún país que se ofrezca de voluntario para ese papel (y ciertamente no estoy proponiendo que lo asuma Estados Unidos), mi conjetura es que los combates en Siria van a continuar hasta que ambas partes queden exhaustas.
Entre tanto, siempre que podamos identificar a unos rebeldes realmente “buenos”, debemos de reforzarlos, pero también deberíamos redoblar nuestros esfuerzos diplomáticos para fomentar un liderazgo de oposición más creíble, con sirios de mentalidad conciliadora, que puedan darles a todas las comunidades la seguridad de que todas tendrán un lugar equitativo en la mesa del gabinete (no hay que subestimar el número de sirios que se aferran al tiránico Bashar al Assad por temor de que después de él venga un Jomeini o un Hobbes).
De ese modo, cuando los combatientes queden agotados y se den cuenta de que no puede haber ni vencedores ni vencidos -toma de conciencia para la que el vecino Líbano necesitó 14 años de guerra civil-, podría establecerse un plan justo de reparto del poder. Aun así, los sirios casi con toda seguridad necesitarían ayuda externa para tranquilizar a todos durante la transición, pero ya cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él.
He aquí una alternativa que nunca va a ocurrir: un lado derrota decisivamente al otro y abre el camino de la paz. Eso es una fantasía.