Al elegir al primer Papa del Nuevo Mundo, los cardenales de la Iglesia Católica Apostólica y Romana enviaron un firme mensaje de cambio: que el futuro de la Iglesia yace en el sur global, y que un académico con un toque común pudiera ser su mejor opción para inspirar a los fieles.
Sin embargo, aún no estaba en claro si ese mandato se extenderá al Vaticano, si el cardenal Jorge Mario Bergoglio, quien se convirtió en el Papa Francisco este miércoles, desplegará el temple para acometer la disfunción organizacional y corrupción que plagaron el papado de ocho años del Papa Benedicto XVI. Bergoglio nunca pasó tiempo allá lidiando con la burocracia, la Curia, y después de haber terminado en segundo lugar ante Benedicto en la votación de 2005, expresó alivio por no tener que enfrentar esa perspectiva.
“Me moriría en la Curia”, dijo más tarde en una entrevista con los medios de comunicación de Italia. “Mi vida está en Buenos Aires. Sin el pueblo de mi diócesis, sin sus problemas, todos los días siento que falta algo”.
Alberto Melloni, autor de muchos libros sobre el Vaticano y el Concilio Vaticano II. “El hecho es que él era un candidato minoritario en la elección de 2005, y ahora es como decir: ‘La última vez nos equivocamos, así que rectifiquemos antes de que sea demasiado tarde’”.
De cara al cónclave, muchos expertos del Vaticano dijeron que el concurso era entre un Papa que limpiaría la forma en que el Vaticano conduce sus asuntos o alguien del interior que protegería los intereses de la Curia. Se decía que quienes favorecían una limpieza de casa apoyaban al cardenal Angelo Scola, italiano que, creían, tenía la experiencia y fuerza para reducir los privilegios y las rígidas costumbres de la burocracia.
Se pensaba que los tradicionalistas favorecían a otro suramericano, el cardenal Odilo Pedro Scherer, de Brasil, del cual pensaban que traería el mismo cambio simbólico que Francisco, pero a quien se lo veía cercano a la jerarquía romana que controla las operaciones cotidianas en el Vaticano.
No es claro dónde encaja Francisco en ese espectro. Para algunos, él era visto como una elección segura: quien casi fue el ganador en el último Cónclave, un humilde y popular prelado que podía fomentar una evangelización de la fe desde las bases populares sin amenazar de inmediato a la burocracia vaticana o insistir en cambios en respuesta a los escándalos, tanto sexuales como administrativos.
Si la emoción que generó su elección en América Latina constituye alguna indicación, él es capaz de dar enormes pasos para difundir la fe, comparado con Benedicto. Su breve aparición en el balcón de la Basílica de San Pedro, cuando le pidió a su nuevo rebaño que rece por él, reforzó ese punto.
Sin consideración a cuál sea su inclinación, Francisco enfrenta una inmensa diversidad de desafíos dejados por su predecesor: una carencia de sacerdotes, creciente secularismo en Occidente, que considera cada vez más que la Iglesia está desfasada, creciente competencia de iglesias evangélicas en el Hemisferio Sur y la crisis de abuso sexual que ha socavado la autoridad moral de la Iglesia.
El nuevo Papa también heredará luchas de poder sobre el manejo del Banco Vaticano, que debe continuar un proceso para cumplir con las normas internacionales de transparencia o enfrentar el riesgo de ser excluido del principal sistema de banca internacional. En uno de sus actos finales como Papa, Benedicto nombró a un aristócrata alemán, Erns von Freyberg, como el nuevo presidente del banco.
Algunos expertos dicen que el status de Francisco como alguien ajeno a la burocracia podría ser un activo, permitiéndole acercarse a la institución con una mirada nueva, en vez de ponerlo en desventaja en términos competitivos.
Francisco es “un hombre que sabe gobernar. Con firmeza y en contra de la marea”, escribió en su blog Sandro Magister, experto en el Vaticano por la revista L’Espresso, este miércoles. “Él siempre ha mantenido una cautelosa distancia respecto de la Curia romana. Es seguro que querrá que sea limpia, limpia y leal”.
John Thavis, el autor de “Los diarios del Vaticano” y veterano analista de la Santa Sede, dijo que durante la semana de Congregaciones Generales previa al Cónclave, Francisco impresionó a los otros cardenales con sus ideas sobre cómo la Iglesia -y el Vaticano- podrían mejorar.
“En cierta forma, pienso que él es el máximo forastero de la Curia romana”, dice Thavis. “Además, creo que él probablemente les dejó en claro a los cardenales que haría las cosas de manera diferente en el Vaticano”.
Bergoglio fue elegido tras cinco rondas de votación a lo largo de dos días. Es el papa 266 y el primer jesuita que haya sido elegido, inusual elogio para una orden religiosa que se fundamenta en el servicio y cuya cultura a menudo se mantiene alejada de la jerarquía eclesiástica.
“Quedé sorprendida ante la velocidad con que sucedió”, continúa Thavis. “Eso me dice que él no era la segunda opción para muchos de los cardenales, sino la primera”.
El cardenal Donald Wuerl, arzobispo de Washington DC, dijo que la administración no era el enfoque principal para los cardenales, sino que creía que Francisco sabía a qué se enfrentaba: “No creo que elegiríamos a un Papa cuyo enfoque se centre exclusivamente en eso”, dijo, refiriéndose a la administración. “Si hay problemas institucionales, sospecho que él los manejará. Lo que demostró su ministerio pasado es que él se asegura de que la misma institución esté a la altura” de lo que debería. “El acento definitivamente estuvo en el ministerio”.