The Beatles en la azotea de los estudios Apple, Londres, en 1969. Los Borbotones en la terraza de la taberna de Moe, Springfield, en la década del 90. Y ayer los Blackbird en el techo de un drugstore ubicado en la esquina mendocina de Amigorena y San Martín, al mediodía.
Como si se tratase de una escena cien por ciento londinense (pero con un sol, un cielo y un clima que indudablemente transformaron la postal en mendocina), quienes paseaban por el microcentro mendocino durante el mediodía de ayer se vieron gratamente sorprendidos.
Acomodados en la terraza del drugstore de la estación de servicio que se encuentra en esa esquina, la banda mendocina que hace tributos de los Fab-four deleitó a quienes circulaban por el lugar con más de una hora de perfecta interpretación de las joyas Beatles.
Causando tal vez la misma sorpresa que George, John, Paul y Ringo causaron en los recios habitantes de Londres ese 30 de enero de 1969 con su toque sorpresivo -pero no improvisado- en el techo de los estudios Apple Corp (y que terminaría siendo su última presentación en vivo), cientos de mendocinos se clavaron ayer en el asfalto de la calle para sentir que viajaban en el tiempo. Mientras tanto, a falta de policías ingleses de cascos con forma de cúpula en sus cabezas. un grupo de preventores de Capital interrumpió el tránsito por calles Rivadavia, Amigorena y San Martín.
Toda la manzana quedó liberada para que la concentración y el disfrute se centrara únicamente en lo que ocurría allí arriba, en el sitio al que apuntaban todos los mentones (que para ese entonces ya se habían inclinado a 45° del ángulo normal de visibilidad) y al que iba dirigidas todas las voces, afinadas y desafinadas, del centenar de fanáticos nostálgicos que no podía creer lo que estaba viendo. Y sí, uno no se encuentra con una reedición de uno de los momentos más significativos de la historia del rock universal, en su ciudad, en sus calles y frente a su nariz todos los días.
Entre “Don’t let me down” -tema con el que arrancaron- y “Twist and shout” -cierre- transcurrieron poco más de 60 minutos. Pero también millares de sonrisas (una detrás de la otra), aplausos interminables, gritos y alaridos que intentaban emular a los de la generación de groupies que deliraron con los Beatles verdaderos, y una sobredosis de emoción.
Por una hora la calle Rivadavia se transformó en “Rivad-Abbey Road” y el fanatismo no distinguió entre generaciones ni sexo.
Mientras los músicos cantaban y tocaban como si estuviesen poseídos por una especie de fantasma beatle, en la calle nadie quiso perderse ni un detalle. Por lo que, además de acompañar en el canto, lo grabaron en sus celulares, y en sus retinas. Suena reiterativo, pero una cosa así no se ve todos los días.
En el interior del bar Liverpool, en tanto, se había montado un museo donde se exhibían fotos y discos, además de instrumentos y reliquias vinculadas a la banda.
Sólo faltó que, desde la ventanilla de un auto detenido se asomara Harrison (o su espíritu) para declarar: “Esto ya se ha visto”.