Una determinante fase previa del calendario electoral entró en zona de definiciones, al menos, en lo que refiere a la constitución de los frentes o alianzas, y específicamente, respecto de los nombres que protagonizarán la disputa.
Sobrevuela en el radicalismo una forzada aceptación de las circunstancias, incluso del acuerdo mismo con los libertarios, pero que no puede ocultar cierta incertidumbre respecto del final de esta historia. Incluso aún en una supuesta victoria como la que es posible hoy imaginar en octubre.
Una determinante fase previa del calendario electoral entró en zona de definiciones, al menos, en lo que refiere a la constitución de los frentes o alianzas, y específicamente, respecto de los nombres que protagonizarán la disputa.
Tras la confirmación del acuerdo entre Cambia Mendoza (CM) y La Libertad Avanza (LLA) la principal incógnita estaba dada hacia el interior del radicalismo en virtud de las serias diferencias que asomaron en el último congreso partidario.
Allí el sector que responde a Luis Petri directamente no participó, abriendo la puerta a una posible fractura que tiene mucho de historia local reciente, pero especialmente, del posicionamiento ante el gobierno de Javier Milei.
Mendocinos por el futuro, el ala petrista de la UCR son fervientes radicales"con peluca", alineados -sin fisuras- con los libertarios.
Una diferencia que parece sutil -aunque no lo sea- con el propio cornejismo, que si bien simpatiza con "el trazo grueso" de la Casa Rosada siempre deja algún resquicio (tal vez culposo) para la diferenciación. Son los que se tiñen (de violeta) pero lo niegan.
Es por ello que a la hora de la confección de los nombres radicales que propondrían para las listas del acuerdo debían encontrar una síntesis capaz no sólo de contener a ambos sectores, sino también a la diversidad territorial y la influencia de los intendentes, más bien cercanos al gobernador.
Al parecer el trajinar de reuniones y partidas simultáneas y cónclaves de estilistas, dio su fruto y así lo presentaron públicamente los jefes de ambos bandos: Alfredo Cornejo y el propio Petri.
Una pipa de la paz momentánea, necesaria para esta instancia, pero seguramente insuficiente para lo que vendrá con el cambio de tendencias que impone también la moda política. En particular, al momento de evaluar el comportamiento futuro de quienes hoy representan al cornejismo, el petrismo o el mileísmo y sean electos en el próximo turno. ¿Actuarán en tándem en el Congreso, la Legislatura y los concejos deliberantes? ¿Cómo se desarrollarán los acontecimientos a medida que se acerque 2027 y Petri fije el timón de sus acciones en la sucesión provincial? ¿Los dubitativos del presente serán los fervientes conversos del mañana? ¿Habrá espacio para los arrepentidos?
Por ahora, los únicos que parecen dejar traslucir alguna incomodidad son los propios intendentes radicales que en pos del acuerdo no sólo ceden espacio a los petristas, sino también a los libertarios sin una certeza de lealtad en los municipios que controlan.
Sobrevuela en el radicalismo una forzada aceptación de las circunstancias, incluso del acuerdo mismo con los libertarios, pero que no puede ocultar cierta incertidumbre respecto del final de esta historia. Incluso aún en una supuesta victoria como la que es posible hoy imaginar en octubre.
Cornejo y Petri saben que la señal de fortaleza que dieron al anunciar un acuerdo interno de manera conjunta, es de extrema supervivencia para el gobernador y de imprescindible plataforma de generación de expectativas futuras para el ministro de Defensa.
Tal vez lo mejor que se podía conseguir en este contexto adverso y contradictorio para los radicales que creen que perderán aún ganando el 26 de octubre. Todo un síntoma del estado en que está aquel proceso político que cambió el mapa en 2015. Pero de eso ya pasó una década.
Las principales dudas pasan por la pérdida de identidad y, por ende, la contradicción que implica acompañar al electorado en sus humores o intentar conducirlo desde las convicciones. Pero también, por la resignación de espacios propios o la escasa proyección que supone haber acordado con una fuerza como LLA que más temprano que tarde intentará competir con el radicalismo.
En política, como en el fútbol, goles son amores y más allá de las diferencias en el vestuario, la UCR se concentró en armar un equipo tanto para competir como para resistir si las adversidades de la coyuntura desinflan lo que parece ¿terreno firme? Ganar la elección es el principal acelerador de consensos.
Una paz duradera tal vez requiera de otros escarceos, nuevos combates o épicas batallas que no es tiempo de dar. Pero eso no quiere decir que no sucederán.
En el peronismo, la principal reacción al pacto libertario-radical fue su propio anuncio de la postergada "unidad" entre los intendentes y La Cámpora.
Una negociación trabajosa y repleta de tensiones que pareció irse por la borda cuando Anabel Fernández Sagasti aseguró que el PJ de Mendoza estaba "roto en múltiples pedazos": una descripción jugada pero seguramente cierta, que si en algo sorprendió fue en su crudeza. Nada más.
Sin embargo, primó la lectura del escenario de lo que será no sólo una elección polarizada, sino también nacionalizada, en la que el peronismo pretende ser la única oposición real tanto a lo que describen como "la crueldad de Milei y la complicidad de Cornejo".
Justamente si algo le ofreció al peronismo el cierre de libertarios y radicales es ese "2x1" para pegar de una sola vez a ambos nuevos socios.
Pese a la rigidez de la previa que anticipaba un quiebre, o a la negativa de un acuerdo "atado con alambre" (que luego finalmente sucedió), las partes cedieron a fin de no debilitarse mutuamente más de lo que el presente les marca.
Cuando el derrumbe parecía inevitable, otra vez la resiliencia peronista hizo de las suyas, una especie de capacidad antisísmica, que aún a pesar de los más intensos terremotos dejó el edificio en pie. Tal vez deteriorado, pero nunca inhabitable.
Quedará para otra ocasión la posibilidad de un debate más profundo sobre las diferencias entre peronistas más clásicos y el kirchnerismo, por más que ahora todos intenten minimizar lo que los separa. Como siempre, la conveniencia es la más implacable lógica política.
Una oportunidad perdida para un necesario debate ideológico (que como en el caso del radicalismo) seguirá ausente.
Es como si el pragmatismo extremo hubiera desplazado de la discusión política las razones profundas y los posicionamientos que unen a los que se agrupan en un mismo partido.
Tal vez el mayor daño de la antipolítica no ha sido el desinterés cierto de la ciudadanía, sino hacerle creer a los políticos que su labor es prescindible para administrar lo público. Como si los pecados de los políticos debieran ser un castigo del que se tiene que hacer cargo la gente.
En vísperas de un nuevo desafío como el que suponen todas las elecciones será necesario que dirigentes y ciudadanos revisen decisiones, mediten objetivos y recreen las razones de la representación popular, el motor inicial de la política, la última razón de las decisiones de estos días.
* El autor es periodista y profesor universitario.