Cuando ocurrió el 13S, el Gobierno nacional no entendió nada; sólo vio, o quiso ver, a gorilas y golpistas. Imbuido de un ideologismo cretino, los chetos y multimillonarios de Puerto Madero tildaron de destituyente a la clase media que venía a pedir por la República, como en 1983 pidió por la Constitución. Más caradurismo imposible. Ricachones nacidos de la política, desde arriba criticaban a los del medio, hablando hipócrita y falsamente en nombre de los de abajo.
Por eso vino el 8N, porque el oficialismo despreció los cacerolazos como coletazos del pasado moribundo. Pero esta vez el cristinismo intentó competir en el mismo terreno de los caceroleros, convocando, a modo de réplica del 8N, al 7D, ese día en que se suponía las masas peronistas resurgirían en apoyo de la ley de medios. Que volverían a recuperar las calles que casi siempre fueron del peronismo hasta que el kirchnerismo las regaló porque, influido por la izquierda elitista, hizo lo mismo que antes hacían los conservadores con los pobres: los asistió clientelarmente en vez de impulsarlos -tal cual siempre hizo el mejor peronismo- como sujetos de la historia. El kirchnerismo se hizo cheto-peronismo, progre de palabra, oligarca de hecho.
Así, al éxito popular del 13S y del 8N, el cristinismo -ese peronismo incapaz de convocar a los humildes- le opuso un 7D festivalero, o sea convocó a “su” clase media a escuchar a Fito Páez (ese genial artista pero tan cheto como los K, al que le dan asco los vecinos del barrio de ricachones donde él vive, sólo porque votan al Mauri y él a la Cristi, reduciendo la política a una cuestión de grasas macristas versus finolis cristinistas). En síntesis, mientras la clase media se organizaba políticamente aunque no tuviera a nadie que la contuviera, el
Gobierno le respondía con un recital gratis de Fito y Charly.
Es que el chetoperonismo se dejó robar las calles por la clase media pero también se olvidó de promover a los pobres. Muchos le seguirán dando sus votos pero ya no su amor, su fe, sus ganas de ascenso social, porque saben que este chetoperonismo jamás los hará ascender, porque para que ellos sigan en los palacios necesitan que los pobres sigan en las villas.
Ayer, 18A, el Gobierno “nacional y popular” vio cómo la protesta del 13S y del 8N se va prolongando indefinidamente en el tiempo y en el espacio. No cede ni en fervor ni en cantidad, pero se amplía territorialmente, como que ya la sociedad no quiere marchar sólo al centro, sino también gritar desde el barrio donde la inseguridad, las inundaciones, los apagones, los choques de trenes, en suma los olvidos del Gobierno, los desprotegen, e incluso a veces los matan con su desaprensión. El pueblo, como siempre, se manifestó multitudinariamente frente a los palacios de la República herida, pero esta vez también crecientemente en los barrios inundados, asaltados, abandonados a la buena de Dios.
Con su habitual obviedad esta vez la prensa oficial dijo que se trataba de una marcha opositora, porque los políticos opositores se sumaron a ella. Quisieron adosarle el desprestigio generalizado de la clase política a la gente en las calles. No entendieron que la oposición fue a la cola, no a la cabeza. A los miles de miles -o millones- de manifestantes, la presencia de los políticos opositores no les hizo ni fu ni fa. Ni les molestó ni les alegró. En todo caso les interesó que vayan para ver si son capaces de traducir políticamente lo que la sociedad civil les adelanta en las calles.
Quedará como una paradoja de esta nueva marcha que sólo un gobierno muy pero muy aislado de su pueblo y de su realidad, puede convertir en la principal bandera movilizadora y unificadora de los reclamos de los indignados, el rechazo a una reforma judicial.
Cuando si la reforma se hubiera centrado en la lucha contra la inseguridad y contra la corrupción, la sociedad la hubiera apoyado masivamente. Hay que estar tremendamente ciego para convertir un masivo reclamo popular -la necesidad de una mejor justicia- en una marcha contra la reforma judicial. Teniendo la Justicia argentina inmensamente tanto para ser mejorado, que el cristinismo impulse una reforma para desmejorarla aún más, sólo indica que este gobierno se aisló absolutamente del poco contacto que le quedaba con la realidad.
Cuando el pueblo se expresa en las calles y las élites se mueven sólo en los palacios, es mera cuestión de tiempo para que el espíritu de los que están afuera y abajo del poder, penetren en las cortes decadentes y las desnude en su creciente miseria moral.