30 de marzo de 2014 - 01:30

De la civilización a la barbarie

Para que el hombre deje de ser lobo del hombre, para que nazca la civilización y muera la barbarie, se necesita la firma de un acuerdo de mutua conveniencia, porque lo que indica la evidencia histórica es que el ser humano no se mejora (o se mejoran pocos

La civilización es una construcción social que los seres humanos pactan entre ellos, para        -entre otras cosas- no seguir matándose todos contra todos como cuando predomina la barbarie, esos tiempos en los que el hombre es lobo del hombre. Dicho contrato productor de paz, a veces -muy pocas y envidiables veces- se firma porque las facciones en pugna encontraron un acuerdo, una síntesis o una reconciliación que les hace superar los odios pasados, por convicciones íntimas. Allí la obligación contractual es apenas un documento que avala desde afuera lo que ya se alcanzó desde adentro.

Sin embargo, en la mayoría de los casos, los hombres firman el contrato cuando se cansan de guerrear, cuando las partes se convencen de que es imposible que una se imponga a las otras, que no les queda más remedio que convivir aun odiándose, so pena de seguir matándose hasta que no quede nadie en pie. Por eso la civilización casi siempre tiene algo de hipocresía social. Implica ir agregando capas, pátinas un tanto fingidas o forzadas de civilidad sobre la barbarie, cuando el hartazgo de los enfrentamientos sin triunfador posible impone la necesidad de la sobrevivencia por sobre la del combate.

La esperanza es que al cubrir la desnudez del odio con las ropas de la tolerancia jurídica, el mismo se vaya desgastando. Pero a no engañarse: la barbarie así tapada con la "hipocresía" civilizatoria puede ocultar o cubrir la guerra de todos contra todos pero nunca hacerla desaparecer enteramente. Por ende, la comunidad siempre está expuesta a que un aprendiz de brujo haga regresar los tiempos de guerra a partir del mero trámite de extirpar las capas de civilización en nombre de la lucha contra la hipocresía, para supuestamente volver a la "verdad" primera que los poderes "dominantes" que se apropiaron de la civilización, taparon.
 
Pero esa verdad primitiva no es más que la involución hacia la selva donde el hombre lobo sigue reinando, a la espera de ser convocado para un nuevo retorno. El aprendiz de brujo lo que desea es poner esas fuerzas renacidas al servicio de su facción para, otra vez, buscar imponerse sobre las demás. O sea, incorporar las sustancias bárbaras a las formas civilizadas, sabedor de que el hombre siempre está dispuesto a ser tentado por su pecado original si le quitan todas las inhibiciones que lo mantuvieron lejos de él.

Desde este esquema, la Argentina no es un país propenso a las síntesis históricas sino a la construcción de civilización, por cansancio de barbarie. Por eso, detrás de las instituciones que pretenden superar los enfrentamientos faccionales, estos nunca mueren sino que simplemente se ocultan.

Pasado

El ejemplo más impresionante de este drama argentino ocurrió con el retorno de Perón en 1973 cuando éste probó realizar uno de los pocos intentos de reconciliación histórica que la Argentina viviera en dos siglos. Vino en serio a romper con la dicotomía peronismo-antiperonismo aceptando su parte de culpa en la vieja división y tuvo un inusual éxito porque casi todo el país se sintió identificado con esa propuesta. Sin embargo, la tragedia yacía agazapada en el más inesperado de los lugares: Mientras Perón, Balbín y muchos otros iban cerrando las puertas del desencuentro pasado, otras puertas se iban abriendo dentro del mismo movimiento mayoritario que propiciaba la reconciliación.

Con lo cual a la postre el remedio resultó peor que la enfermedad: los argentinos pasamos a matarnos en nombre del mismo líder como antes nos matábamos a favor o en contra de él. Y con saña aún peor. Por lo tanto, el retorno del Perón conciliador fue un progreso que nos hizo retroceder. La vieja división que peronistas y antiperonistas armaron en el 45 y que el General quiso desarmar en el 73, le estalló dentro de su propio espacio. Y, para peor, su respuesta no fue mejor a la que usó cuando respondió con odio a la división en el 45. La tolerancia que Perón mostró hacia afuera de su partido en el 73 no la tuvo hacia adentro, por más que en muchas de sus críticas contra los belicosos tuviera gran parte de razón.

Luego de ese encuentro que no pudo ser y de la tragedia genocida que estalló después, el país entró en una democracia, más producto del cansancio histórico que de síntesis alguna. No obstante, entre avances y retrocesos, la democracia se fortalecía con el Juicio a las Juntas durante el alfonsinismo o con la primera represión en serio a un conato de golpe militar durante el menemismo. Pero, en un caso u otro, queriendo clausurar el debate sobre los años bárbaros de la década del 70 o, al menos, olvidarlo o tornarlo periférico. En la democracia previa al kirchnerismo, deseosos de no hacer resurgir los viejos enfrentamientos, lo que se intentó fue aprovechar ese contrato social reiniciado en 1983 para cerrar el pasado en vez de abrirlo, políticamente hablando.

Presente

Con Kirchner eso cambió ciento ochenta grados. Desde el principio su propuesta fue la de abrir en vez de cerrar, pero no en nombre de intentar alguna síntesis histórica sino de reconstruir la "verdad" desnuda de nuestros viejos enfrentamientos en una nueva época y con nuevos métodos. Por eso fue, quizá, el primer gobierno que ideológicamente puso el conflicto como un valor superior al encuentro.

Kirchner abrió las heridas que se creían cerradas porque descubrió que aunque parecían cicatrizadas, yacían ocultas pero vivas. Pero eso de abrirlas para buscar la verdad desde la política fue una mera excusa disfrazada de ideología. Lo que quiso proseguir fue la guerra, por otros medios, al servicio del reforzamiento de una facción del presente. 

Kirchner nos convocó astutamente a una tentación agradable; ésa de decir: "¡basta de hipocresías, digamos las cosas por su nombre!". Y tenía razón aunque fuera para malas razones. Los años 70 latían dentro nuestro con todo furor. Ni el olvido ni la reconciliación podían con ellos, y con el cansancio sólo se puede tapar pero no destruir. Entonces se abrieron las puertas para acusar de culpables a todos menos a los que se pararan del lado "justo", representado por el gobierno. Se impuso una ideología según la cual no importa en qué bando estuviste en los '70 si hoy estás en el correcto.
 
Una democracia con lógica de guerra pero como -a diferencia de los viejos tiempos- hoy no nos podemos matar entre nosotros, hay que recuperar la mayor cantidad de odio histórico para batir al enemigo eterno ése que, aunque se disfrace de algo nuevo, siempre es el mismo, desde 1810 . Hay que desvestir al "gorila" que todos tenemos dentro y que parecía medio oculto por la "hipocresía" democrática practicada por Alfonsín y Menem con sus intentos de olvido. 

Para que quede bien claro, la original apuesta de Kirchner fue la de haber querido llegar a la verdad total, la que taparon Alfonsín con las leyes de obediencia y Menem con el indulto. Hasta que de tanto insistir, el kirchnerismo descubrió la verdad verdadera: que si nos inyectan buenas dosis de memoril, es posible que el odio renazca en toda su magnitud y entonces, como no podemos dejar de odiarnos, pues intentemos de nuevo que un bando le gane al otro. En algo el tiro les salió por la culata, puesto que los Kirchner buscaban un odio "patriótico", ése que hiciera nuevamente que el pueblo odiara a la "oligarquía" y a las "corporaciones".

O sea un odio político, pero lo que le resultó fue inesperado hasta para el propio gobierno K:  el odio instalado desde el poder fue penetrando hacia abajo pero no en forma política sino en nuevos modos de violencia e intolerancia social crecientes. No encontramos la justicia o la verdad sino que -aunque de otro modo- volvimos al hombre, lobo del hombre. Otra vez las pátinas aún débiles de civilización están siendo arrasadas por las fuerzas profundas de la barbarie. Es que lo que el kirchnerismo no entendió es que no hay verdad si hay uso político de ella, no hay justicia si hay venganza y no hay memoria si se la pone al servicio de la facción que reinterpreta la historia de acuerdo a sus necesidades del presente.

Pero para peor, esa supuesta "verdad" se acabó definitivamente con Milani, que es la máxima expresión de la "hipocresía" K, ya que dicho militar representa para este gobierno una summa de las claudicaciones de Menem y Alfonsín. Milani es la obediencia debida, el punto final y el indulto de la era K. Con él se inicia el perdón faccioso como continuación del odio faccioso, con el indulto a un "culpable" (no se sabe si es culpable en la lógica de la  Justicia pero definitivamente sí lo es en la lógica política K que, con igual o menos que las sospechas que hay sobre Milani, acusa de "tener las manos manchadas de sangre" a todo quien lo critica).

Por lo tanto, si estás con los K  todo es perdonable incluso los delitos de lesa humanidad. Milani es perdonado por jurar pertenecer al proyecto nacional y popular, como antes lo fueran Timerman o Alicia Kirchner por su participación en el proceso militar,  mientras que Bonasso o Pino Solanas, son escupidos al bando de los cómplices de la oligarquía y el genocidio, sólo por disentir con los K.

Futuro

La pregunta que nos espera hacia el futuro no es la de si debemos seguir abriendo o cerrando puertas, porque más que de reconciliar al pasado, de lo que se trata es de no seguir usando el pasado al servicio de los intereses del presente. No se requiere abrazar guerrilleros con militares, cosa que ya algunos intentaron y no sirvió para nada porque ninguno de ambos grupos representa hoy a nadie más que a ellos mismos.
 
Ni tampoco sirvió el indulto, porque aún después de él los militares siguieron intentando golpes. Hay que dejar que los muertos entierren a los muertos mientras que la Justicia se ocupa de juzgar lo juzgable, sin intromisión política alguna.

De lo que se trata, políticamente hablando, es de reconciliarse de los odios del presente que en nombre del pasado abrió este gobierno. Si no, el odio se reproducirá en los odiados (ya está pasando) y entonces los que odian serán odiados y unos odios serán remplazados por otros. Per sécula seculorum.

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