8 de noviembre de 2013 - 03:14

Del círculo virtuoso al círculo pernicioso

La década del ’90 funcionó como bisagra para la industria vitivinícola argentina. Hasta antes de esa década se exploraba el mercado externo como un simple complemento del, hasta ese entonces, gran mercado interno, con consumos que superaban los 60 litros per cápita de vinos que no necesariamente podían ser, por sus características, aceptados en los grandes mercados mundiales.

Al comenzar a participar de ferias y concursos en el exterior, fuimos descubriendo que el mundo quería otro tipo de vinos, más frescos, con fruta, con una cuidada elaboración y sobre todo, con un muy especial manejo de los viñedos.

En definitiva el vino debía expresar con claridad de qué uva y de qué lugar provenía. La fuerte inversión tanto interna como externa, la llegada de grandes jugadores mundiales y el desarrollo de nacionales que estaban dispuestos a encarar el desafío de la exportación, activó un aggiornamento de viñedos y bodegas de considerable magnitud, ayudado por el 1 a 1 ($/U$S) que permitió acceder a la mejor tecnología disponible en el mundo.

Muchos vieron en ese momento, que la declinación en el consumo interno era irreversible, como había sucedido en todos los principales países productores, y que el crecimiento de la industria debería venir por el lado de la  exportación.

En la década siguiente, después de la devaluación, se produjo la gran expansión de la exportación. Argentina triplicó en 10 años su participación en el comercio mundial. Había tecnología, conocimiento y capacidad instalada, y los vinos argentinos embanderados con la extraordinaria aceptación del malbec, comenzaron a ocupar un lugar en las góndolas y a figurar en las cartas de los restaurantes del mundo.

Fue un trabajo arduo, pero que dio sus frutos. El consumo interno continuó su declive hasta llegar a los 25 litros actuales, pero la exportación compensó esa caída y creó además una fuerte corriente de turismo enológico en las zonas de producción, comenzando por Mendoza, que ayudó a un desarrollo muy importante de la hotelería, la gastronomía, y potenció el conocimiento de nuestras bellezas naturales en el exterior. Todo esto también estuvo acompañado por el surgimiento de pequeñas y medianas bodegas cuyo primer objetivo comercial era la exportación.

Este círculo virtuoso comienza a detenerse a fines de 2010, y los problemas se acentúan en los años siguientes. Los aumentos de costos, sin un acompañamiento en la variación del tipo de cambio, van primero reduciendo los márgenes y luego restringiendo las exportaciones, fundamentalmente en los rangos de precios de entrada en las grandes cadenas.

El vino argentino no pierde su atractivo, ya que las ventas por encima de los 30 U$S (caja de 9 litros) siguen creciendo, pero se retrasa el posicionamiento alcanzado en la primera franja de precios, donde los volúmenes son más importantes. Nuestros clientes del exterior no aceptan incrementos de precios, ya que tienen ofertas más competitivas de otros países productores, tanto de Europa, como del Nuevo Mundo. Sin participar en este segmento la participación de Argentina en el comercio mundial difícilmente pueda crecer.

Aquí comienza el círculo pernicioso. Las bodegas tratan de colocar su producción en un mercado interno ya saturado y también afectado por controles de precios. Los valores de las uvas no suben; el crecimiento de la exportación se detiene y luego empieza a caer. El futuro del crecimiento, que indudablemente debería ser el mercado externo, se detiene. Demás está decir que estos problemas afectan la rentabilidad de toda la cadena y, como consecuencia directa, primero las inversiones del sector en su conjunto y luego la demanda de mano de obra.

Hemos trabajado mucho con los gobiernos provinciales para plantear esta situación al Gobierno nacional, solicitando diversas medidas como exención de derechos de exportación, aumento de reintegros, compensación del alto costo de fletes internos, etc. Hasta la fecha no se han conseguido resultados que permitan revertir la falta de competitividad originada por el desfasaje entre la suba de costos internos y la variación del tipo de cambio.

La producción mundial de este año va a ser muy significativa, alcanzando volúmenes similares a los de la cosecha 2006; a pesar de la disminución de las hectáreas plantadas, es decir, hay más producción por hectárea; por lo que el mercado internacional se pondrá todavía más duro con los precios.

El problema no está en una disputa entre productores y elaboradores, sino que es común a ambos, y los efectos son negativos para el desarrollo de una industria, que para que sea sostenible, debe ser verdadero y responder a las demandas de los mercados, no subsidiado.

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