9 de enero de 2018 - 00:00

Chatarreros del Guaire, en riesgo por un trozo de metal

Metidos hasta la cintura en el río más contaminado de Caracas, buscan monedas o piezas de bijouterie para vender y llevar comida a sus casas

Ángel Villanueva se mueve en las turbias aguas del río Guaire, un pútrido canal que serpentea a través de la capital venezolana, con la esperanza de encontrar algún tesoro. Hunde las manos en el fondo del canal poco profundo, apartando el rostro del fétido olor. Después se levanta, dejando que tierra y piedras le caigan entre los dedos, buscando una tuerca de pendiente, anillos perdidos o cualquier otro preciado trozo de metal que pueda vender para conseguir comida.

Villanueva, de 26 años, busca junto a otras dos personas sin perder de vista las nubes oscuras en las montañas que rodean Caracas. Podrían empezar a descargar lluvia en cualquier momento, dándoles apenas unos minutos para salir o morir arrastrados por el agua. “Trabajar en el Guaire no es fácil”, comentó. “Cuando te da, te da. Y cuando te quita, te quita la vida”.

Otro chatarrero que trabaja con Villanueva lleva un frasco de plástico colgado del cuello donde va guardando sus hallazgos. Los coloca sobre la palma de su mano para mostrar eslabones rotos de una cadena y una moneda de oro, que posiblemente valgan algo en la Plaza Bolívar, donde hay comerciantes que ofrecen efectivo por el oro.

Las imágenes de venezolanos pobres buscando comida en la basura en Caracas se han convertido en un símbolo de la profunda crisis económica en el que fuera uno de los países más ricos de América Latina. Menos visibles son los jóvenes y niños que buscan en las sucias aguas del Guaire cualquier trozo de metal con el que puedan ayudar a alimentar a sus familias.

En ocasiones parecen estar jugando, sin camiseta y riéndose en grupos. El sol se refleja en sus espaldas dobladas cuando se agachan, sacan piedras y las lanzan a un costado.

El agua está muy sucia, ya que el canal recoge el agua de lluvia de calles y cañerías, así como desperdicios industriales y algún tesoro ocasional.

“Desde que recuerdo, el Guaire era un desagüe a cielo abierto”, comenta Alejandro Velasco, caraqueño y profesor de historia latinoamericana en la Universidad de Nueva York. “Desde luego parece reflejar la profundidad y extensión de la desesperación que ha desatado esta crisis en particular”.

Cada mañana, los chatarreros bajan al Guaire desde sus barrios en la colina. Algunos se envuelven las yemas de los dedos con cinta adhesiva para protegerse de cortes e infecciones, ignorando cualquier posible efecto perjudicial a largo plazo de pasarse horas metidos en agua sucia todos los días.

Las peticiones de que se limpie el río, así como los millones que ya se han invertido, no han dado resultado.

El fallecido presidente Hugo Chávez admitió en 2005 el mal estado del río y prometió una limpieza total. “Los invito a bañarnos en el Guaire... pronto”, dijo en televisión.

El Banco Interamericano de Desarrollo intervino en 2012 con un préstamo de U$S 300 millones para un ambicioso proyecto de construir plantas depuradoras y tratar los residuos. Casi 6 años más tarde, el agua sigue sucia y el proyecto de limpieza apenas logró una pequeña parte de su objetivo.

Algunos tramos del río huelen a cloaca, mientras que otros emiten un olor agresivo que recuerda al combustible, hedor que se queda en la nariz durante horas.

El Guaire volvió a llamar la atención a mediados de 2017, cuando vecinos que protestaban contra el gobierno de Maduro lo cruzaron para escapar de los gases lacrimógenos que lanzaban la policía.

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