Doña Teresa nos abre el portón de alambre y nos permite ingresar a ese espacio creado por su esposo, el francés Héctor Aubert, allá por diciembre de 1988.
Doña Teresa nos abre el portón de alambre y nos permite ingresar a ese espacio creado por su esposo, el francés Héctor Aubert, allá por diciembre de 1988.
Y ahí nos sorprende Juanita una burra que suma decenas de año y una llama que responde al nombre de Asunción y que siguen a la mujer a todos lados, sin importar que el piso sea de pasto o de cemento como lo es el salón donde prolijamente se exhiben los más de 100 carros y carruajes antiguos y que tuvieron su época recorriendo el país.
Pero además ese salón -de altas paredes de ladrillo y ventanas con rejas verdes- encierra todo el encanto de la que fuera la última pulpería de San Luis, conocida como “Doña Esterofilda” y que detrás del enrejado -común de aquellos años- se muestran botellas, cajas y artículos de la época y hasta una vitrola.
Además el amplio terreno -de más de una hectárea y media- ganado al río Quinto permite observar un anfiteatro y máquinas, entre otras, una chata de rastrojo o la línea completa de jardineras que se fabricaron entre 1890 y los primeros años del 1900.
También hay una Capilla que venera a la Virgen de Luján y, como si todo eso fuera poco, una tumba donde se guardan los restos de una elefanta y un busto de Molina Campos, de los que sólo existen tres en todo el mundo.
Se llama Centro Nativista Héctor Aubert y fue declarado de interés internacional por la Unesco, en los años noventa. Muestra con orgullo el título otorgado por la Asociación Museológica Internacional, con sede en París, de ser la única colección de vehículos a tracción a sangre en el orbe y de un sólo dueño.
La mayoría de estos antecedentes figuran en folletos o revistas que hablan e invitan conocer Villa Mercedes.
A paso lento
Caminar, junto a Juanita y Asunción, siguiendo los pasos y el comentario de Teresa lo hace una experiencia única y digna de ser compartida.
Aquí a la derecha una Victoria, que no es una mujer, sino un carruaje fabricado en Francia, mientras que casi enfrentado se puede observar un sulky, otro carruaje de la época, pero mucho más económico y menos lujoso que era utilizado por una o dos personas.
Más atrás una Jardinera, montado sobre cuatro ruedas y abierto. Y, entre muchos otros, un carro lechero, otro aguatero y una ambulancia (dispensario ambulante) de 1878, con toda la aparatología para atender desde un parto hasta un dolor de muela.
Máquinas registradoras, envases de sidra, cerveza y vino, sifones de vidrios, espejos importados con marcos de metal prolijamente cincelado, junto a sillones de peluquería, entre decenas de artículos, muebles y utensilios que, en muchos casos, superan los cien años de su creación y que llaman la atención por la restauración a que han sido objeto.
Afuera del salón, el “Chorrillero” (viento frío y seco propio de la zona) ondula el pasto del predio, mientras que máquinas agrícolas como sembradoras o enfardadoras de pasto, son el telón de fondo de los grandes carruajes de impresionantes ruedas de madera (más de un metro de diámetro y con seis o más rayos), fabricados allá por el año 1880 y que podían trasladar la misma carga de un vagón de tren o transportar a decenas de presos de una a otra localidad.
Yeni, la elefanta
Aquí la capilla; allá el anfiteatro que recuerda al Rafael ‘El Chocho’ Arancibia Laborda (uno de los más reconocidos exponentes de la música cuyana) y al fondo una plazoleta donde se sepultaron los restos de Yeni, una elefanta que el circo Lowandi abandonó -en la década del ‘90- mientras realizaba una gira por la ciudad. Pero lo más llamativo es que el paquidermo está disecado, es decir “preparado” para que no se descomponga y así, como si estuviera vivo, poder mostrarlo en el futuro.
Cuando las puertas del portón de alambre se cerraron detrás nuestro, Teresa nos despide con una “invitación” para que el lugar sea visitado, mientras que rescata el pensamiento de su esposo ya fallecido, cuando hablaba de esta ciudad como la segunda plaza de carros más importante del país y que por eso, siempre tuvo en mente dedicarse a la conservación de estos vehículos.
“Primero fue como un hobby; lo hice por mis ancestros, para tener un recuerdo de cada uno de ellos; pero también lo hice por la historia de la ciudad, porque hay que tener en cuenta el gran movimiento que tuvo Villa Mercedes de carros. Era tan así que en un momento hubo en la ciudad 72 herrerías y salían de 2.000 a 2.500 vehículos diarios. Por eso, siempre pensé que sería lindo el recuerdo de esa historia”.
Carros, maquinarias y muebles de cien años, están a la vista en el Centro Nativista Héctor Aubert (Las Heras 100, Villa Mercedes) y es una invitación abierta para ser visitado.