16 de diciembre de 2012 - 16:40

El Campo Papa, más allá de las noticias policiales

Un puñado de jóvenes delincuentes le ha dado “mala fama” y quienes más la sufren son sus habitantes, trabajadores que -en su mayoría- viven de la basura sin días de descanso. La palabra de estos “olvidados”.

Esta nota tiene al Campo Papa como escenario y a sus vecinos como protagonistas, pero lejos de lo que usted pueda llegar a inferir, señor lector, nada tiene que ver con delitos, allanamientos y las malas noticias que vienen de ese lugar y que han inundado los medios en las últimas semanas. Hecha la aclaración, procedemos al relato.

Es viernes, apenas son las 10 y en todo el Gran Mendoza la temperatura ya llega a 29°. Y si así está en la parte baja, ni hablar del mercurio en esta zona cada vez más poblada del piedemonte godoicruceño, donde el sol del veranos castiga sin piedad y las moscas se hacen un festín entre el calor y los residuos del basurero a cielo abierto denominado El Pozo, que sobresale en la parte alta del Campo Papa.

Para el mediodía las familias que viven en el barrio ya han llegado a sus casas después de una dura jornada de trabajo y muchas de ellas saben que deberán volver más tarde a seguir rebuscándoselas entre las montañas de basura que conforman El Pozo, lugar del que viven cerca de 300 familias de todo el oeste de Godoy Cruz.

“Hay mucho prejuicio en la sociedad. Porque, como en todos los barrios, habemos gente buena y gente mala, pero la mayoría de nosotros somos trabajadores. La mayoría de las familias acá trabaja como cartoneros en el basural. Y yo no tengo vergüenza de trabajar en El Pozo, pero nos discriminan. Es muy triste que por unos pocos paguemos todos y nos metan en la misma bolsa”, se confiesa Jorge Pérez (50), “Pomelo” (como lo conocen todos en el lugar), en el interior de su humilde vivienda ubicada en la zona de ‘la isla’ de ese conglomerado.

Con más de 30 años allí junto a su esposa Patricia y tres hijos, el hombre (un laburante de sol a sol) reconoce que hay algunas zonas de su barrio en las que es prácticamente imposible caminar tranquilo y, al igual que todos los vecinos de la parte alta, indica que es de calle Chuquisaca hacia el este (Corredor).

“También hay una realidad y es que uno se termina haciendo malo cuando lo buscan. Cuando en el medio no está el que tiene que estar, quien debe mediar -que es el Estado-, a uno lo terminan empujando a ser malo”, sigue Jorge.

Patricia Silva escucha atenta a “Pomelo” e interviene cada tanto en la conversación. “Acá vivimos tranquilos nosotros, pero si sacan El Pozo nos perjudicaría mucho a las familias que vivimos de eso, porque son generaciones enteras: abuelos, padres y chicos. Por ahí la ventaja que tiene la gente más grande es que está preparada en otros oficios. Pero los más jóvenes se han formado trabajando y viviendo de la basura y no saben hacer otra cosa”, agrega la mujer.

Discriminación y decepción

Jorge y Patricia son conscientes del “rechazo inmediato” que despierta en la gente que no es del lugar cuando tratan con gente que vive en el Campo Papa.

“Vamos al Centro a pedir trabajo y cuando damos el domicilio, nos dicen que no nos pueden dar el trabajo. Por ahí los chicos no tienen trabajo ni saben hacer nada y cuando cruzan el Corredor ya todos los miran sospechosamente, como diciéndoles con la mirada: ‘Sé que son del Campo Papa’. Si ni siquiera quieren inscribir a los niños en la escuela cuando les decimos que somos de acá. Más de una vez he pensado que si pudiésemos irnos de acá lo haríamos”, confiesa Patricia.

Y su esposo agrega: “A la gente mala la conocemos todos, pero siempre tenemos que estar con miedo a represalias, a que te quemen la casa, a dejar sola a tu familia porque te tenés que ir a trabajar. Me da bronca cuando se dice que todo lo que pasa acá es malo. El otro día decían en la televisión que no se puede entrar al Campo Papa, pero no es así. Que haya una manzana podrida en el cajón no significa que estén todas podridas”, agregó “Pomelo”.

“Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en llovizna cae del cielo la buena suerte”, escribió alguna vez Eduardo Galeano.

Y así se sienten no solo Jorge y Patricia sino muchos vecinos del Campo Papa que ya son conscientes de que son el último orejón del tarro para la clase política. Porque para ellos que ‘llueva de pronto la buena suerte’ es algo tan simple como el hecho de que algún día una ambulancia, una autobomba o un taxi puedan entrar a esta zona sin tener que esperar un móvil policial (si es que deciden hacerlo).

“Dios quiera que no, pero te imaginás si algún día a alguien le pasa algo y necesita la ambulancia. Si es algo grave no va a poder esperar que la ambulancia consiga un móvil para poder entrar”, agregan con una sinceridad que hiere.

O tal vez esa lluvia de buena suerte caiga cuando puedan tener los servicios básicos que reclaman desde hace tiempo sin tener resultados, pero sin bajar los brazos tampoco. “Hemos hecho los trámites con toda la gente de la cuadra para que nos pongan la luz; no la queremos regalada, queremos pagar por ella. Lo mismo que el agua. Pero no quieren ponerlos”, sigue Patricia.

Los olvidados

Las promesas políticas que escuchan (y que no casualmente coinciden con los años electorales) se han transformado para ellos en ese ruido que a uno le llama la atención y lo atrapa al principio, pero al que luego termina adaptándose sin modificar sus acciones. “Todos los gobiernos se olvidan de nosotros. Nos prometen el oro y el moro, pero después de las elecciones se borran”, reflexiona “Pomelo”.

Lula (61) ha vivido la mitad de su vida en el barrio Sarmiento (ubicado a una cuadra) y la otra mitad en el Campo Papa. Al igual que a sus vecinos, también le duele la inmediata y automática asociación del barrio con malas noticias. “Siempre ha habido gente que se ocupó de lo malo en el lugar, y va a seguir estando. Pero hay mucha gente buena, que trabaja. Sólo se conoce el Campo Papa por la violencia y yo me siento muy mal cuando se habla de las cosas malas, porque es un grupo chiquito en proporción con toda la gente que vive acá”, explica.

Y como ejemplo para fundamentar su idea habla del comedor Arco Iris (ver aparte) o de la murga Ave Fénix, que se encarga de rescatar a los chicos en situación de calle para relacionarlos a través del canto y la música callejera.

“Hace falta terminar con el problema de la droga acá, ese es el flagelo que más nos pega. Necesitamos que los chicos hagan algo. Necesitamos que se dicten talleres y oficios para enseñar a los chicos acá. Y también los políticos tienen que dejar de tener miedo de venir acá. Es fundamental que la gente cambie la cabeza y que deje de rechazar a alguien que quiere trabajar porque vive en el Campo Papa. O a un niño que quiere anotarse en la escuela”, sentencia.

Otra vecina histórica del Papa es “la Nelly”. Sanjuanina de nacimiento, con 73 años vividos intensamente (su curtida piel es un testimonio de esto), hace más de dos décadas que vive en el barrio y siempre ha colaborado con los que más lo necesitan. Actualmente ayuda en la cocina del jardín comedor Arco Iris y también sufre como ninguna la “mala prensa” de su tierra. “Me da un poco de bronca que se generalice como que todo acá es malo”, aduce con una mezcla de esperanza y resignación en su rostro.

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