En principio, es bastante raro que un gobierno peronista califique despectivamente como “político” un paro sindical. O peor aún, un gobierno que se pasó diez años reivindicando el rol de la política como instrumento de transformación social.
En principio, es bastante raro que un gobierno peronista califique despectivamente como “político” un paro sindical. O peor aún, un gobierno que se pasó diez años reivindicando el rol de la política como instrumento de transformación social.
Pero muchísimo peor es que sean peronistas los que cuando las calles se llenan de multitudes movilizadas el 13S y el 8N o de silencios huelguísticos el 20N, en vez de mirar a los que por abajo expresan sus reclamos y protestas, sólo tengan su vista puesta en los de arriba y digan que las masas populares son arreadas por la oposición, por matones o por los odiados multimedios.
No saber mirar a los que se mueven desde abajo, sino a los que supuestamente los mueven desde arriba, es una visión que históricamente podría ser tildada más como “gorila” que como peronista, y sea dicho esto sin valorar ni positiva ni negativamente una u otra posición política. Expresa una ideología que entiende los movimientos sociales como manipulación orquestada en vez de expresión genuina de sectores populares.
Una interpretación siempre discutible por su desprecio a lo popular, pero al borde de lo delirante en momentos como los actuales, cuando las dirigencias políticas y/o sindicales, tanto oficialistas como opositoras, son muy cuestionadas por la inmensa mayoría de los ciudadanos de a pie que se van poniendo de pie mucho más por decisión propia que por seguir a conducción alguna.
Sólo una visión elitista puede considerar opositores a las decenas de miles de personas que salieron a las calles en las movilizaciones anteriores, o a los que no asistieron a sus lugares de trabajo ayer, o a los que aceptaron con muy escaso enojo el paro general aunque no hayan participado directamente en el mismo.
Opositores podrán ser los dirigentes, pero no son los dirigentes lo esencial de las ocupaciones de las calles (mediante la movilización o dejándolas vacías), sino las masas intervinientes. Pero el Gobierno no las ve o no las quiere ver, las ignora o, peor, las menosprecia.
Y eso también responde a una lógica, a una lógica superestructural y no de base de la política. Los jóvenes politizados desde el Gobierno no fueron convocados para ocupar las calles con sus voces y presencias, o si lo quisieron no lo pudieron o supieron hacer.
Por el contrario, fueron convocados para habitar en los palacios a través de puestos rentados y para aplaudir al poder en los salones del poder, como meros cortesanos. En todo caso, además de formar parte de las cortes, sus militancias se limitaron a intentar penetrar en escuelas, cárceles o canchas, con la sola pretensión de transmitir un mensaje ideológico.
Mientras tanto, el lugar tradicional de la militancia peronista, las calles, se fueron llenando con personas ajenas al poder, no necesariamente opositoras, que decidieron elevar sus voces para reclamar políticamente por la inclusión política que este gobierno sólo acepta para los suyos e invalida para todos los demás.
Pocas veces se vio, en gobiernos democráticos y menos peronistas, una visión tan aristocratizante de la política, a pesar de que la practiquen en nombre de una supuesta “política de masas” que es infinitamente más un relato ideológico que una representación social efectiva.
Por eso han perdido la calle, porque miran demasiado lo que pasa arriba, en los palacios, y están ciegos o sordos con lo que pasa abajo.
En 2003, Néstor Kirchner y Hugo Moyano firmaron un pacto de conveniencia porque ambos entendieron muy bien el momento político y se necesitaban mutuamente. Kirchner diagnosticó, con lucidez política, que en un país pleno de calles ocupadas por piquetes a los que debía conducir mediante la persuasión y no la represión, la garantía de gobernabilidad a mediano plazo se la daría Moyano porque en un país desindustrializado, el eje no estaba en el sindicalismo de fábrica o empresa, sino en el que influyera en las venas nacionales.
Y las venas eran los transportes como comunicación física o los bancos como comunicación financiera o los servicios en general. Vale decir, las redes en sí mismas, no los centros adonde conducían. Por lo tanto, al país sólo podría pararlo el que manejara las redes, no el que estuviera en los centros.
Ayer lo que se vio fue precisamente eso, la primera huelga general exitosa dentro de esta nueva modalidad. Nada que ver con las huelgas que le hicieron a Alfonsín o Menem. Ése es el dato estructural, aquel que Néstor intuyó y Cristina ignoró por completo. Y no es que Néstor no se hubiera enfrentado más tarde o más temprano con Moyano, porque, como Cristina, tampoco estaba dispuesto a aceptar a alguien con poder propio.
Pero cuesta creer que se separara del camionero con tamaño grado de torpeza y sectarismo, dejándole a su disposición entera las calles, además de permitirle una alianza con otros gremios históricamente enfrentados y que nadie, por más genio político que tenga, puede reunir sin la ayuda extraordinaria por parte de un gobierno que, con su soberbia y aislamiento, está logrando todo lo contrario a lo que se propone.
Y, sin embargo, eso no sería tanto: que sindicatos en pugna entre sí se unifiquen más por el espanto hacia ciertas políticas que por amor compartido, es algo que se puede comprender.
Pero que además hagan un paro que cuente con clarísimas simpatías de las clases medias generalmente adversas a este tipo de medidas, ya habla de torpezas políticas oficiales imposibles de mensurar, por su tamaño sideral.
Y que el oficialismo quiera consolarse de sus tremebundas impericias calificando a las clases medias y al movimiento obrero que han tomado las calles de la República como gorilas manipulados por Clarín, ya no se lo cree nadie, mucho menos ellos mismos.