Es una de las villas dilectas de los argentinos, quizá porque conserva los aires de aldea de pescadores aunque con una gracia singular. Los detalles en arquitectura como en servicios son tan perfectos que jamás pasan desapercibidos. Cómo obviar un local que recorta su techo para dejar pasar el árbol que creció sin permiso, imposible.
Pero no es lo único. La gente de todo Brasil y del mundo, elige este sitio para instalarse, no sólo porque aquí siempre es verano sino porque no hay reglas más que la buena onda. Si bien muchos prefieren el resto del año para disfrutar de playas menos concurridas, enero también encuentra a muchos acoplándose a la multiculturalidad que sólo las vacaciones dan.
Entonces, boliches y pubs a reventar, playas donde hacer amigos, posadas románticas y restaurantes de langostas frescas, aseguran que el primer mes del año también es buena idea para conocer Buzios.
Frente a la costa hay pescadores y redes pétreos, que recuerdan a qué se dedicó siempre esta bahía y, bien temprano a la mañana, también están los que aún persiguen sueños de canastas repletas de peces.
Pescado fresco siempre al alcance y algunas recetas, si tiene ganas de charlar. Algunas posadas prestan las cocinas a los huéspedes para que preparen su comida, por ello no hay que desechar la visita al puerto, luego comprar leche de coco para emular la receta que hace estragos en los restaurantes.
Desde la costa salen muchos paseos embarcados y taxis acuáticos a playas más lejanas, por ello el paso es obligado. En cuanto a las playas, hay más de 20, de todos tamaños y colores, para surfistas, amantes, familias o solitarios, por tanto el espíritu expedicionario es esencial para abordar los días en este rincón brasileño.
Lo ideal es conocer las arenas más céntricas por cuenta propia, disfrutar de los servicios y luego contratar una excursión para vivir la experiencia animada. ¿De qué se trata? De una jornada a pura fiesta, arriba de un barco que recorre diversas playas.
Hay música a bordo, tragos y animadores que se encargan de enseñar los pasos de moda, de tal forma que al regresar, después de las 16, todos tienen la coreografía para la noche y los temas del verano grabados indelebles en la memoria.
Más allá de la partuza, el trayecto es encantador, con sol y brisa; el mar se ve esmeralda en torno a Praia Azeda, una espectacular luna de arena para disfrutar del primer chapuzón. Le siguen Joao Fernández con una extensión sembrada de gente, vendedores ambulantes y alquileres de equipos para deportes acuáticos.
Tartaruga es una de las más lindas. Con excelentes servicios, allí los camarones empanados son una necesidad, igual que la cervecita que los acompaña y el alquiler de la sombrilla, todo unos U$S 20. Ferradura y Geribá le siguen en el derrotero embarcado. En las dos hay servicios para disfrutar de la playa y excelentes artesanías.
Por las calles
Empinadas, ondulantes, dibujadas entre los morros, las calles de la localidad deben caminarse porque la fisonomía de Buzios está en cada rincón, con sus fachadas coloridas y la naturaleza que se trepa por todas partes.
La más especial sin dudas, Rua das Pedras, donde se aglutinan los mejores locales gastronómicos y de comercio en general. Cada noche se ve repleta de los que buscan algún sitio para comer o los que comienzan la previa para terminar la noche bailando muchas horas más tarde.
Para los primeros desde la cocina local y la del interior brasileño, pasando por varias naciones, entre ellas nuestro país con la típica parrilla. Los precios varían desde U$S 10 en adelante. Entre los imperdibles, la langosta sin dudas, pero si es muy onerosa para su bolsillo, los platos de ostras o de camarones, acompañados de arroz y verduras, suelen ser buenos paliativos.
En las arterias circundantes hay excelentes casas de souvenires y accesorios. Estos últimos realizados con elementos naturales como semillas, hojas, nácar y madera, realmente originales e ideales para regalar a los seres queridos.
Los hilados de colores, entre ellos mantas y hamacas o alfombras para la puerta de casa, los más buscados por los turistas. Como la onda flúor llegó a estas costas quien no lleva algo estridente en su vestuario no existe. Por eso los vendedores ambulantes transportan pañuelos, cinturones, aros y collares para poner a todos a tono.