Desde que el gobierno de Cristina Fernández dio su giro a fines del año pasado y asumieron los nuevos funcionarios, comenzó un giro que fue dejando de lado el clásico relato y a tratar de construir uno nuevo.
Desde que el gobierno de Cristina Fernández dio su giro a fines del año pasado y asumieron los nuevos funcionarios, comenzó un giro que fue dejando de lado el clásico relato y a tratar de construir uno nuevo.
Este nuevo argumento está destinado a dejar al gobierno con el menor costo político posible, aunque la realidad los está llevando a tomar decisiones que impactan fuerte en el poder adquisitivo de los argentinos.
Lo cierto es que mayo arranca con aumentos en varios frentes, que son un encadenamiento que recién empieza. Los cigarrillos crecen un 25%, mientras los trenes urbanos del ferrocarril San Martín (en Buenos Aires) aumentan entre 100 y 200%. También suben precios de pasajes aéreos y se produce un nuevo incremento en el valor de los combustibles.
Nadie puede creer que estos aumentos no se vean reflejados en los próximos índices de precios, que suman a las primeras facturas de gas y agua sin subsidios que comenzarán a llegar a fin de mes, donde se produce el primero de los tres pasos previstos en la quita de subsidios y aumentos de tarifas a estos servicios.
Jamás reconocerá el gobierno el error que se cometió al evitar ajustar estos valores cuando la economía crecía y tener que hacerlo ahora, por obligación, cuando está en recesión. Pero el problema es que se le comienzan a caer los logros y recurren a buscar comparaciones que los dejen bien parados.
El gobierno y su gente comienzan a reconstruir el relato situados en la historia sin hacerse cargo del presente, cuando ambos le corresponden. Y el problema es que en los últimos cuatro años fue el mismo gobierno el que socavó sus propios logros con políticas equivocadas y poco responsables.
Quizás el mejor ejemplo es el de los jubilados. Cuando asumió Néstor Kirchner la jubilación mínima era muy mala. A partir de la recuperación de la economía y mayor empleo, mejoró la recaudación de la Anses y se comenzaron a aumentar las jubilaciones. A raíz de un fallo judicial, se debió sacar una ley que estableciera un mecanismo de ajuste basado en las mejoras de los salarios de los trabajadores en actividad.
Pero la inflación fue carcomiendo esas mejoras y actualmente, tanto jubilaciones como pensiones mínimas estarían por debajo de la línea de la pobreza, si se toman los valores actualizados de las canastas con las que se miden. A pesar del relato, el gobierno tiró por la borda toda la mejora que supo construir y la fue destruyendo con la inflación.
La economía estancada
Otro error, atribuible a impericia profesional de los técnicos, fue haber generado una devaluación sin haber corregido las causas de la inflación. Por eso es que corre seriamente el riesgo de que sus efectos se traspasen totalmente a precios para estar dentro de 90 días, en términos reales, en la misma situación que se encontraban en diciembre pasado.
Un dato que debe ser tenido en cuenta es que los subsidios representan algo más de 150.000 millones de pesos en un presupuesto de 1,2 billones de pesos. Esto equivale a algo cercano al 10%, pero habría que buscar todos los rubros que componen el programa de gastos para achicar los egresos. El problema es que el gobierno siempre ajusta al sector privado, ya sea por el retiro de subsidios (que es razonable) y por el aumento de impuestos (que están en niveles demasiado altos).
Producida la devaluación del peso sin corregir los elementos distorsivos, hizo que se acelerara la búsqueda de dólares en los mercados informales y tuvieron que recurrir a una medida propia de la ortodoxia monetarista: aumentar las tasas de interés. Y no fue un incremento menor, ya que se llevó la tasa de un 10% a un 29% anual.
Entre esta medida y sacarle los activos en moneda extranjera a los bancos, dejaron sin combustible al mercado paralelo del dólar, pero también le quitaron carburante a la economía. Además, estas medidas llegaron a impactar a salarios desactualizados por la inflación y todo lo que hasta diciembre parecía una fiesta, en abril parecía una lágrima.
Los datos son contundentes. Solo en abril, la actividad de la construcción siguió retraída con aumentos de precios del 6%, mientras la industria tuvo en marzo una caída del 5,9%. Las ventas minoristas vienen mostrando caídas mensuales en torno a un promedio del 3%, al tiempo que la venta de autos cayó más de un 35%.
Claramente la economía está en una situación de estancamiento. Esta semana, la Cepal corrigió a la baja las perspectivas de la economía argentina, previendo un magro crecimiento del 1%, lo cual coincide con pronósticos de varios centros de estudios y consultoras privadas.
El nuevo enemigo
El jefe de Gabinete, los ministros y la misma Presidenta tratan de minimizar la situación. Primero era que el mundo se nos había caído encima y todos los males eran atribuibles a ese mundo que, en realidad, seguía creciendo mientras nosotros nos alejábamos de él por la continua pérdida de competitividad del tipo de cambio, a causa de la inflación.
Ahora el nuevo enemigo es Brasil. Son nuestros vecinos los culpables de los males que nos aquejan. Y el problema está centrado en la industria automotriz, ya que parte de la crisis del sector se puede explicar por la caída de las ventas hacia aquel destino. Pero esto no es nuevo ya que el problema brasileño había comenzado en junio de 2013 y en el segundo semestre se sintió, aunque disimulado por el récord de ventas en el mercado interno.
Visto del otro lado, el equipo económico de Dilma Rousseff argumenta que sus males se agudizaron con la devaluación argentina, ya que cayeron las ventas de autos a nuestro país más del 60% en el primer cuatrimestre, lo cual agudizó el problema en esa economía, que ya cuenta con unos 8.500 empleados suspendidos o despedidos, mientras que nuestra industria avanza y va por los 1.500, hasta ahora.
La utilización de Brasil es la parte del nuevo relato que requiere, como es lógico, de nuevos enemigos a los cuales echarles la culpa de nuestros males. Nunca querrán reconocer que la suba de la tasa de interés pulverizó el crédito y afectó el desempeño comercial del sector.
Lo más grave es la tendencia que tiene el gobierno de enamorarse de las herramientas que les dan resultado en un determinado momento.
Los nuevos amores son el tipo de cambio oficial congelado a 8 pesos y las altas tasas de interés. Lo único que falta es que nos digan que la recesión es virtuosa porque permite contener la inflación, en medio de la primera experiencia de estanflación de la economía argentina de los últimos 40 años.