“Por favor diga dónde y cuándo se encontró esta tarjeta, y después póngala en la oficina postal más cercana”, decía el mensaje. “Se le informará en una contestación dónde y cuándo fue dejada a la deriva. Nuestro objeto es encontrar la dirección de las corrientes profundas del Mar del Norte”.
El mensaje dentro de una botella encontrada por Andrew Leaper -certificado el 30 de agosto por los Récords Mundiales de Guinness como el más antiguo que se ha recuperado- perteneció a un experimento científico de hace un siglo. Para estudiar las corrientes oceánicas locales, el capitán C. Hunter Brown, de la Escuela de Navegación de Glasgow, puso a la deriva la botella número 646B el 10 de junio de 1914, junto con otras 1.889.
“A principios del sigo pasado las botellas a la deriva daban a los oceanógrafos información importante que les permitía darse una imagen de los patrones de circulación del agua en los mares de alrededor de Escocia”, explicó Bill Turrell, de Marine Scotland Science, a través de una declaración.
La agencia gubernamental a la que pertenece Turrell, basada en Aberdeen, todavía lleva y actualiza la bitácora de Brown. Según Turrell, el descubrimiento de Leaper -encontrado a casi 14,5 kilómetros de donde Brown la liberó- es la botella número 315 del experimento que se ha recuperado. Cada una, explicó Turrell, tenía “un peso especial para moverse en la cama del mar”, con la esperanza de ser sacada por una red de arrastre o eventualmente salir en la costa.
Extrañamente, el récord previo –un mensaje en una botella de 1917– fue fijado en 2006 por Mark Anderson, un amigo de Leaper que navegaba en el mismo barco, el Copious. “Fue una coincidencia increíble”, dice Leaper a través de una declaración. “Es como ganarse dos veces la lotería”, destaca.
Historia de las corrientes
Por supuesto, la gente ha estado poniendo mensajes en botellas desde mucho antes que 98 años.
Alrededor del 310 a.C., el filósofo griego Teofrasto echó al mar botellas selladas para demostrar que el Mediterráneo estaba formado de flujos del Atlántico (no hay ningún registro de que alguna vez haya recibido respuesta).
En el siglo XVI, la reina de Inglaterra Isabel I -pensando que algunas botellas podían contener mensajes secretos enviados al país por espías o flotas británicas- designó un “Descorchador de Botellas del Océano”, convirtiendo en crimen capital que alguien abriera una.
Y en el siglo XVIII, Chunosuke Matsuyama, un cazador de tesoros de Japón, naufragó en una isla del Pacífico Sur junto con 43 marinos; talló un mensaje en madera de palmera, lo metió en una botella y lo puso a la deriva. Fue encontrada en 1935, supuestamente en la misma villa donde nació Matsuyama.
En el siglo XX, soldados de la Primera Guerra Mundial cuya suerte estaba echada usaron botellas para enviar un último mensaje a sus seres queridos. Y en 1915, un pasajero de un Lusitania torpedeado lanzó una nota conmovedora que según un informe decía: “Todavía en la cubierta con algunas personas. Los últimos botes se han ido. Nos estamos hundiendo rápido. Algunos hombres que están cerca de mí oran con un sacerdote. El final está cerca”.
Puestas a la deriva en nombre de la ciencia
Actualmente, las botellas a la deriva siguen siendo utilizadas por los oceanógrafos que estudian corrientes globales. Eddy Carmack, investigador climatológico del canadiense Instituto de Ciencias Oceánicas, inició en 2000 el Proyecto Botellas a la Deriva, inicialmente para estudiar las corrientes alrededor del norte de Norteamérica.
En los últimos 12 años, él y sus colegas han lanzado alrededor de 6.400 mensajes embotellados desde barcos de todo el mundo. De éstos, un total de 264 -aproximadamente 4 por ciento- han sido encontrados e informados.
“Estas botellas han seguido algunos caminos increíbles”, dice Carmack.
Tres que fueron dejadas en el mar de Beaufort, arriba del norte de Alaska y al noroeste de Canadá, se congelaron en hielo marino, señala. Cinco años después, el derretimiento del hielo polar empujó las botellas hasta el norte de Europa. Otra botella dio la vuelta a la Antártida 1,5 veces antes de terminar en la isla australiana de Tasmania. Algunas han logrado llegar desde México hasta Filipinas. Y otras han demostrado que derrames petroleros y escombros del desarrollo en los canadienses mar de Labrador y bahía Baffin podrían terminar en playas irlandesas, francesas, escocesas y noruegas.
Pero el proyecto involucra otras cosas además de la ciencia, considera Carmack. “Lo principal sobre este estudio es que conecta a la gente con las corrientes del océano”, subraya. “Descubrimos que sólo estamos a una botella de nuestros vecinos en todo el mundo”, apunta.
Sean Bercaw coincide. Como capitán y maestro de Connecticut, Bercaw ha estado obsesionado con las botellas a la deriva desde principios de la década de 1970, cuando él y sus padres zarparon por todo el mundo en un queche de 12,5 metros llamado Natasha. Con 10 años de edad, Bercaw dejó caer al costado 40 botellas -“mis papás no bebían, así que tuve que pedir botellas detrás de bares en los puertos de escala- y recibí dos respuestas”, apunta.
Veinticinco años después, empezó otra vez el proyecto. Actualmente ha lanzado al mar más de 250 botellas y ha recibido 50 respuestas.
“Niños de siete años y gente de 70 han encontrado mis botellas y me han escrito”, dice. “Una vez lancé dos frente a la Costa Este, con un día de diferencia. Ambas llegaron a Francia. Pero sólo me contactaron por una aproximadamente año y medio después. La otra demoró diez años”, precisa.
Bercaw favorece las botellas de vino con corchos apretados (“flotan mejor”) y sella sus mensajes escritos a mano en bolsas de plástico, para protegerlos del agua aún más. Explica que la presión del agua ayuda a mantener sellada una botella, así que una que derive por debajo de la superficie -como la botella de hace 98 años encontrada en Escocia, que Bercaw sospecha que se alojó durante mucho tiempo en la cama del mar- tiene un sello más fuerte que una que flote más arriba, sobre las olas.
“Una de las cosas que me parecen fascinantes de los mensajes en las botellas es cómo juntan las cosas”, dice Bercaw. “En nuestra sociedad, muchas veces es 'esto/o’ – están las ciencias y están las humanidades. Pero con las botellas a la deriva son ambas: se aprende de corrientes oceánicas, pero los propios mensajes son tan humanos”, considera.
También unen océanos de tiempo y tecnología.
“Una vez, un tipo de Bahamas me llamó”, recuerda Bercaw, y me dijo a través de un teléfono satelital: '¡Hola! ¡Encontré tu mensaje en una vieja botella!”