12 de abril de 2013 - 23:49

Una batalla decisiva para definir rumbos

El gobierno de Cristina Fernández cree imperioso realizar, aún en la más estricta soledad, la reforma judicial tanto para desviar atenciones como para eliminar todo límite a su poder.

Una buena parte de la dirigencia política, económica y social del país ha entendido que las reformas que quiere imponer el gobierno de Cristina Fernández, bajo la falacia de democratizar la Justicia, no es otra cosa que un nuevo avance autoritario contra el funcionamiento equilibrado de los poderes democráticos.

Los objetivos serían al menos dos: eliminar los obstáculos al poder absoluto del Ejecutivo para, entre otras cosas, perpetuarse más allá de los términos constitucionales, y garantizar impunidad para quienes administran el Estado y han cometido y cometen actos de corrupción.

Ese avance del oficialismo basado en su hegemonía política ha sido un proceso secuencial, del que se pueden dar ejemplos bien conocidos. El enfrentamiento con el sector agropecuario, la persecución a los medios de comunicación independientes para remplazarlos por un aparato de propaganda adicto, la división de las centrales de trabajadores y la domesticación del Parlamento, son sólo algunos. En ese camino, por cierto, es clave dominar la Justicia.

¿Qué es el autoritarismo sino una ausencia de límites? Decían los viejos manuales de teoría política que el objetivo de los golpes de Estado no era tanto el derrocamiento de determinado gobierno sino la fundación de un nuevo orden.

Se buscaba imponer una nueva normatividad y normalidad mediante procedimientos propios a una "lógica de la guerra": la aniquilación del adversario y la abolición de las diferencias. ¿La democracia de hoy admite una idea similar?

Es ahora

La orden presidencial de apurar la aprobación legislativa de la reforma judicial, se inscribe en esa concepción del poder.

El tiempo y la oportunidad de dar las batallas siempre han sido un valor fundamental para el Gobierno y no es casual el apresuramiento. En la Casa Rosada admiten que había que hacerlo así para cortar el impacto negativo que tenía en los sectores populares la difusión intensiva de los efectos trágicos que causaron las inundaciones.

Esos voceros que hablan en la más estricta reserva también cuentan que se evaluó la inminencia de la aparición del fallo de la Cámara Civil y Comercial que -se especula- dirá que los dos artículos de la Ley de Medios objetados por el Grupo Clarín no son constitucionales. Eso provocará el inmediato recurso del Gobierno y el pase de la causa a la Corte Suprema de Justicia como última instancia.

Justamente la imposición de la reforma judicial sin admitir cambios ni buscar mínimos consensos, apunta a notificar a la Corte que la Presidenta está dispuesta a todo, incluida la decisión de retirarle el manejo administrativo del Poder Judicial. Esto molestó a la mayoría de los jueces supremos porque se sienten ahora desafiados y conminados a pronunciarse en un marco de presiones que los altera.

En este clima de conflicto entre poderes, el presidente de la Corte, Ricardo Lorenzetti, soportó con un estoicismo que le reconocieron sus colegas la exposición de Cristina cuando anunció el envío de los proyectos al Parlamento, y se abstuvo de hacer comentarios que luego podrían ser motivo de una recusación si el cuerpo decide poner un límite y considera a algunas de esas leyes como inconstitucionales.

Pero hubo un concepto de Lorenzetti que tranquilizó a muchos y a la vez fue una advertencia para el Gobierno: "La Corte va a defender la Constitución", dijo. Una información fidedigna que se pudo recoger en el cuarto piso de Tribunales señala que al menos cinco de los siete miembros de la Corte estarían decididos con firmeza a ejercer esa defensa y no solamente en lo discursivo.

Los temores

Hay otras dos cuestiones que el Gobierno consideró para dar en éste y no en otro momento la batalla contra la Justicia. Una fue el temor a que pasadas las primeras semanas de su pontificado, el Papa Francisco comience a operar de manera más intensa sobre la realidad argentina.

Los funcionarios conocen que hay correos que van y vienen entre Buenos Aires y el Vaticano y que la distensión que hay con la máxima jerarquía eclesiástica lejos está de ser una reconciliación. El otro motivo es la proximidad de la protesta callejera anunciada para el jueves próximo a modo de marcha y cacerolazo. Para ese día, el Gobierno espera contar con la media sanción de las leyes.

En este cuadro, resta nada menos que saber en qué proporción los ciudadanos comunes, a los que aquejan realidades personales y problemas cotidianos mucho más directos, tienen una percepción similar de lo que ocurre en los círculos de poder y están dispuestos a expresarse. En estas instancias, defender valores suele ser también un ejercicio de defensa personal.

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