7 de marzo de 2013 - 23:41

Atorranta

Un análisis de sociología de las costumbres, no exento tanto de sentido del humor como de metafísica tristeza, acerca del exabrupto machista de un legislador que se cree revolucionario.

Aún puedo recordar el gesto sorprendido de Agustín Rossi, interrumpido mientras reprendía a sus pares de la oposición por prácticas que, según dijo, le daban "vergüeeeeenza". Fue durante el plenario de comisiones que discutió, digamos así, el acuerdo con Irán, que permitirá volver a fojas cero en la causa AMIA. Según supimos después, la interrupción se debió a un cruce de chicanas, en el que Andrés Larroque reiteró su consabido bolo de niño terrible.

Situación ésta que ofrecía mejores motivos para que el titular del bloque oficialista de diputados se sintiera avergonzado. En primer lugar, porque Larroque ya es un cuarentón, de abdomen declinante y pelo semicano, a quien la recreación del militante juvenil lo sitúa en la ruta irreversible del ridículo. Por otro, porque la expresión "¡callate, atorranta!" no concuerda, precisamente con la corrección política que pretenden representar Rossi y el kirchnerismo.

Puse la palabra "atorranta" en Google y encontré, junto a millones de entradas, una nota de Clarín informando sobre el femenino de "atorrante" y su etimología e historia. Sin embargo, el sentido que usualmente se otorga al término en cuestión, aparece bastante mejor definido activando la herramienta de imágenes del buscador, donde prevalecen las fotos de chicas, muy atractivas, en pose y atuendo de oferta sexual pública.

Porque "atorranta" es un neologismo que vulgarmente se utiliza para decir "puta" con sentido despectivo, aunque figurado, ya que rara vez se utiliza contra aquella persona que está efectivamente obligada a ganarse la vida con el oficio más viejo del mundo. Podría decirse que la receptora natural del agravio es la mujer que disfruta libremente de su sexualidad, sin esperar el consentimiento de la moral sexual (masculina).

Pero es, precisamente, dicho sentido el que otorga una dimensión más extensiva al retorcido vocablo, pudiendo ser aplicado, antojadizamente, hacia cualquier aspecto de la vida de la persona estigmatizada. Aunque se trate de una caracterización estrictamente imaginaria, como creo es el caso de la diputada Laura Alonso.

Este sexismo, afincado en la construcción del sentido común dominante, constituye una de las miserias que una auténtica revolución cultural deberá erradicar, alguna vez, de la sociedad argentina. Pero es obvio que tal objetivo no podrá ser alcanzado, mientras la iniciativa política del Estado nacional siga en manos de simuladores que, formados en la matriz valorativa de la pequeña burguesía ociosa, identifican lo popular con el atraso y la vulgaridad y hasta los incorporan a su gestualidad política, para camuflarse con lo que, suponen, son "los sectores del campo nacional".

De todas maneras, el diputado Larroque debería revisar un poco mejor la coherencia de su personaje y así descubrirá, a pesar de tanta fraseología panfletaria, que comparte los prejuicios de la reacción gorila que tanto dice aborrecer. Prejuicios que subyacen en la mayoría de los agravios a la sexualidad femenina -le convendría recordar, por ejemplo, cuántas veces le dijeron cosas parecidas a Evita- y que no son otra cosa que lugares comunes del más pútrido machismo.

Machismo, insisto, porque la situación vivida en el Congreso es irrepetible en un legislador de sexo masculino. No deja de ser risueño imaginarse al jefe de La Cámpora gritándole, por ejemplo, "¡callate, mujeriego!" a un diputado opositor. Puedo figurarme la escena, con el agraviado agradeciendo la gentileza, aunque no sin preguntarse qué tiene que ver este inesperado reconocimiento a su condición de playboy con la discusión parlamentaria.

Las opiniones vertidas en este espacio, no necesariamente coinciden con la línea editorial de Diario Los Andes.

LAS MAS LEIDAS