Sup. Cultura Sábado, 17 de junio de 2017 | Edición impresa

Milton Rodríguez: “El estilo es un menjunje”

“El Tiempo es el gran tema. Trato siempre de jugar con él, como si pudiera desentrañarlo”, dice el autor de “Diarios Entreverados”. Una visita a la obra de un poeta único, capaz de contar lo cotidiano con belleza trascendental.

Por Augusto Munaro - Especial para Cultura, desde Buenos Aires

Milton Rodríguez (1949) publicó “Diarios entreverados” (Ediciones La Yunta),  poemario que ratifica su sólido aliento lírico a través de una intensa sensibilidad decantada por la madurez estética. Una mirada crepuscular lo convierte en un poeta de sesgo nostálgico. Poemas ceñidos que ponen en escena antagonismos primarios: cuerpo y alma, memoria y olvido, vida y muerte. Y la terca opacidad de la ausencia sin ironía, sin befa. Sin descender nunca al sentimentalismo.

Escritor tardío y secreto, lector voraz, su amistad durante décadas con escritores insoslayables como Roberto Raschella y Ricardo Zelarayán lo convierten en un testigo privilegiado,  elaborando una voz producto de circunstancias profundamente porteñas. Sutil observador, Milton Rodríguez es uno de los miembros fundadores de la editorial La Yunta. 

-¿Por qué “Diarios entreverados”?, ¿qué cosas se combinan allí?

-El título viene de sentir que en lo que escribía no estaba del todo ordenado lo que atañe a la parte cronológica. Por ejemplo, saltaba del año 2005 al 2007 (sin pasar por el 2006). Lo mismo que pasa al terminar el 2001, que de allí, ya salto al 2004. Creo que quizás se deba al hecho de ocultar de modo inconsciente, algunas vivencias, ciertos padeceres. Además, me animo a transcribir un diario personal en el cual invento ciertas cosas. Como tratar de meter la ficción en algo que tendría que ser totalmente veraz.

-Desde el punto de vista formal, ¿de qué modo creés que este libro difiere del anterior, “Unos domingos”?

-Bueno, creo que aquí respeto un poco más los signos gramaticales (por ejemplo), en la prosa, donde hacía una catarata de palabras que saltaban de lado a lado. Un poco más de orden. Asimismo, en Unos domingos había escrito poemas cortos, digamos, que como una prueba conmigo mismo para ver si podía lograr, en pocos versos, expresarme. En “Diarios Entreverados”, hay versos un poco más largos.

-Son anotaciones en torno a lecturas y observaciones lúcidas tomadas de la vida cotidiana. ¿Qué te atrajo más de esta mirada analítica de la realidad?; ¿se pudo llegar a alguna decisión conclusiva sobre el siempre acomplejado mundillo literario porteño, por ejemplo?

-Creo, que en lo que atañe a observaciones de la vida cotidiana, digamos que, desde muy chico, siempre me interesaron los gestos y decires de los habitantes de mi país. Por supuesto, comenzando por el barrio, en el cual (como una reminiscencia siempre presente), pasaban por la cuadra de casa, las viudas italianas, siempre de negro, hasta con algo sobre sus cabezas que no se podía identificar ni designar como sombrero. Hablando en su dialecto. A los gritos, muchas veces protestando por no sé qué motivos. Y cuando callaban, me parecía (o lo sentía), despedían una imagen triste. En cuanto a lo que me preguntás sobre “el siempre acomplejado mundillo literario porteño”, no sé si puedo sacar alguna conclusión. Podría decir, como lo primero que pienso, que en las tertulias literarias en las cuales estuve, muchas veces primaba el humor sobre otros temas y esto hacía que uno se sintiera muy bien al terminar la reunión, ya que no habíamos discutido sobre política, ni entreverado en interpretaciones sobre la sociedad y el mundo. Eramos muy distintos en materia de pensamiento político, lo cual podía llegar a generar ciertos enojos que, a la larga, duelen. Aquí quiero hacer constar que era cuando estábamos bajo un régimen democrático. Ahora, en la época de los años 80, en que era muy difícil hablar sobre la desaparición de personas, máxime en un bar de la calle Corrientes, en el cual no faltaban informantes. No obstante esto, jamás tuve miedo, no por valentía, sino porque no soporto las dictaduras. Por supuesto, que me trajo algunos inconvenientes con allegados que me querían hacer callar, o, alguna demora en la esquina por parte de un oficial que me pedía documentos. Me parece que una cosa es encontrarse a solas con un escritor, y otra, una tertulia. Como si en la segunda instancia, fuera más importante hablar cada uno de lo que está escribiendo o si recibió alguna crítica (favorable o desfavorable) del último libro publicado. Sin ánimo de crítica,  en muchas circunstancias, está primero el YO. 

"Me da la impresión que la nostalgia trata de recuperar el tiempo en el cual, uno creyó que era feliz”, dice el autor.

-Trabajaste toda tu vida en pleno centro porteño. Has caminado por sus calles incontables veces. Sin caer en lo obvio, ¿de qué modo pensás que la ciudad se filtra en tu poética?, ¿por qué?

-Se filtra, en la medida que al observar ciertos edificios de la Avenida De Mayo, por ejemplo, las características arquitectónicas, la nobleza de los materiales, la belleza de sus fachadas… es más, una vez, tuve la invitación de un cliente a conocer su oficina, precisamente, en esa arteria, y ver el piso, las columnas, bueno, todo eso, en su conjunto, siempre me obsesionó. Las columnatas, las cariátides, son elementos que nunca dejo de mirar. También están, y no podían faltar, los personajes del centro porteño, los que hacen un alto en su peregrinar por lo que se conoce como la “city porteña”, y se sientan a tomar un cortado en la mesa del bar; aquellos que tienen algo “urgente” que contarte; el triste y preocupado señor que trata de sacar alguna ventaja en la Bolsa porteña. Cada uno, en sí, es una historia; y, hasta, sin palabras. Y aquellos que no tienen nada, los que se la rebuscan como pueden, los que duermen en los cajeros automáticos de los bancos. Una lista grande. Y una poética de vivir en una ciudad que tiene tantas cosas y seres heterogéneos. Muchos elementos, distancias de un barrio a otro, amaneceres inconclusos, voces…

-Cuando recorremos las páginas de este libro, atravesamos la ciudad y sus visiones. Pero también la soledad y la lucha de la memoria para combatir la vejez. Hablo del fantasma de la tercera edad. Jorge Boccanera ha dicho que en poesía sólo hay un tema posible, y ese es el tiempo. 

-Coincido con lo que piensa Boccanera. El Tiempo es el gran tema. Trato siempre de jugar con él, como si pudiera desentrañarlo, medirlo de otra manera, asumirme como un pequeño Dios para quien las horas y los días pueden ser otra cosa. Ahora creo, que dentro del tiempo (al menos, en mi caso), está la muerte; la Parca ahí, esperando, para calcular  cuando entrar con la guadaña: eso me preocupa bastante. Especialmente, luego de haber perdido tantos seres queridos. El sufrimiento que padecieron muchos, eso es lo que me angustia. Más allá de mi propia muerte.

-Te pregunto citando un verso tuyo: ¿”por la nostalgia nadie ha muerto”?; ¿y el caso de Discepolín?, dicen que murió de tristeza…

-Es cierto lo que decís, a propósito de Discepolín; me lo confirmó Osvaldo Miranda, una tarde de un sábado muy lejano, hablando en la esquina de Rodríguez Peña y Rivadavia. Es más, me aclaró: “se murió en mis brazos”. Yo di vuelta, en el verso que apuntás, “por la nostalgia nadie ha muerto” el sentido, porque me parecía que existen otras interpretaciones. Quizás lo escribí a propósito: más bien creo que la nostalgia puede matar, aunque haya salido lo contrario.

-Leyendo tus libros, me llevan a la inefable pregunta del millón: ¿por qué será que la nostalgia siempre merodea a la poesía?, ¿qué hay en ella que nos subyuga tanto?

-Me da la impresión que la nostalgia trata de recuperar el tiempo en el cual, uno creyó que era feliz. Es evidente que con menos autos, edificios bajos y gente no tan apurada, se vivía un poco mejor. Aparte, estaban los abuelos, los tíos, los primos… todavía no se habían ido.

-Es interesante tu registro atento en torno al vocabulario. Hablo del arte de “las palabras bien interpuestas”. En algunas de estas piezas, hay ecos lejanos de Carlos de la Púa, y cierto sesgo arrabalero en el mejor sentido de la palabra. ¿Cómo trabajas el oído en torno a la elección de las palabras con las que vas construyendo los poemas?, ¿hay un método detrás de todo ello?

-Creo que el estilo es un menjunje, una mezcla de sonidos y de voces. Y, en muchas ocasiones, el estilo me sale de escuchar a alguien que habla en el bar y narra, cuenta algún detalle. Y me engancho en la historia, buscándole un sentido. Cambio las palabras, busco cierta armonía, (aunque no salga armónico), mientras me suene de una determinada manera, al llevarlo al papel y al leérmelo a solas,  si hay un sonido, ahí me quedo más o menos conforme. Puede que tenga algo “arrabalero”, o lunfardo, dado que desde púber casi, presté mucha atención a la letra de muchos tangos y al modo de interpretarlos.

-¿Seguís leyendo y escribiendo en los bares y cafés porteños, como tu vieja costumbre?, ¿qué te ofrece ese lugar que tantas veces aparece en tu poesía?

-Sí, lo de los bares, no lo puedo cambiar. Aquí cerca, por la calle Carlos Calvo, hay un bar-panadería, que tiene un horario en el cual hay pocas mesas ocupadas, se vuelve silencioso y ahí leo y escribo. Digamos que es como un lugar de meditación, aislamiento, que te hace sentir cómodo y en el cual nadie te apura.

-¿Un poeta que has venerado y que recomiendes?

-Uno solo se me hace difícil, pero, bueno, Enrique Molina.