Opinión Lunes, 28 de diciembre de 2015 | Edición impresa

¿A qué niños dejaremos el mundo?

La necesidad de comprometernos como sociedad para mejorar la calidad de cada una de las personas que heredarán el futuro es el tema central que desarrolla el autor.

Por Guillermo Jaim Etcheverry - Educador - Especial para Los Andes

“¿Qué mundo dejaremos a nuestros niños?”. Ese es el interrogante que se reitera cada vez que adquieren alguna relevancia pública las cuestiones relacionadas con el  catastrófico estado de nuestro planeta, como ha sucedido a propósito de la reciente conferencia mundial celebrada en París. En alguna oportunidad, citando a Jaime Semprún, he señalado la necesidad de formularnos también una pregunta similar y no menos inquietante: “¿A qué niños dejaremos este mundo?”.  

La calidad de las personas que se harán cargo de la herencia de la humanidad es tan trascendente como la del ambiente físico en el que vivimos y que hoy tanto preocupa. La desorientación que experimentamos en relación con la formación de esas personas, de los herederos, pone en evidencia el peligro que corremos.

En el actual contexto de vertiginosos cambios sociales y culturales es importante volver a interrogarnos sobre la misión de la educación. No hace mucho, Nico Hirtt, un profesor belga, alertaba: “Por un lado, la instrumentalización del saber al servicio de la competencia económica habrá reducido aún más la capacidad que tienen los sistemas de enseñanza de formar ciudadanos capaces de reflexionar con su propia cabeza, de resistir al empobrecimiento cultural programado que los rodea, de comprender el mundo en el que viven, de descubrir y combatir las injusticias, de movilizarse, de organizarse, de luchar por un mundo mejor. Seguiremos, como ahora, preparándolos para los ‘hamburger jobs’”.

¿Es eso lo que queremos para nuestros chicos y para los de los demás? Debemos formularnos este interrogante cada vez que intentemos analizar el papel de la educación en el mundo contemporáneo.  

Ya en 1918 el pensador alemán Oswald Spengler advirtió mediante una frase terrible: “Un día, el último retrato de Rembrandt y el último compás de Mozart dejarán de existir -aunque posiblemente quedarán un lienzo coloreado y una partitura con notas- porque el último ojo y el último oído accesibles a su mensaje habrán desaparecido”.

De allí que hoy más que nunca resulte imprescindible hacer un esfuerzo por volver a considerar que el  sentido último de la educación es introducir a los jóvenes, a los “recién llegados” según la bella concepción de Hannah Arendt, en un mundo que les antecede caracterizado por un conjunto de complejas significaciones que tenemos la obligación y la responsabilidad de develarles.

Por eso, cualquier esfuerzo de enseñanza debería basarse en ese propósito de proporcionar a los jóvenes las herramientas elementales que les servirán para comprender el mundo y para intentar cambiarlo.

En momentos como los que atravesamos en el país, cuando se intenta replantear cuestiones fundamentales, nuestro objetivo común debería ser el de mejorar la calidad de cada una de las personas que viven en nuestra sociedad, junto a nosotros. La globalización no nos debe hacer olvidar que, a pesar de estar cada vez más incluidos en el mundo, pisamos un territorio que es la Argentina y que integramos una sociedad que es la nuestra.

Ello debería comprometernos con el destino de quienes compartimos ese territorio y esa sociedad. No tenemos ninguna posibilidad de éxito, ni individual ni colectivo, si no encaramos un proyecto común que incluya a todos. No será viable un país habitado por una élite que viaje por el mundo mientras subyazcan grandes masas excluidas del desarrollo económico y cultural.

Es, pues, en el interés de cada uno de nosotros que mejore el nivel de todos nuestros conciudadanos. Ya lo decía Sarmiento en 1849 con una contundencia que insisto en evocar: “¿No queréis educar a los niños por caridad? ¡Pero hacedlo por miedo, por precaución, por egoísmo! Moveos, el tiempo urge; mañana será tarde”. 

Por eso, el desafío que hoy enfrentamos es lograr que todos adquieran la capacidad de manejar las herramientas intelectuales básicas: la comprensión de lo leído, el desarrollo del pensamiento abstracto, las habilidades intelectuales que hoy se consideran secundarias.

El escritor estadounidense Christopher Lasch describe muy bien la situación actual: “La educación de masas, que se propuso democratizar la cultura, antiguamente reservada a las clases privilegiadas, ha terminado por embrutecer a esos mismos privilegiados. La sociedad moderna, que ha logrado crear un nivel sin precedentes de educación formal, ha producido también nuevas formas de ignorancia. Cada día le resulta a la gente más difícil manejar su lengua con soltura y precisión, recordar hechos fundamentales de la historia de su país, hacer deducciones lógicas, comprender textos escritos cuando superan el nivel rudimentario”.

Por eso, si la clase dirigente se empeña en seguir enfatizando la importancia excluyente de los determinantes del moderno “estatus educativo”, el inglés y la computación, el país logrará formar sin duda buenos repositores de supermercados o eficientes empleados de hamburgueserías, pero difícilmente conformará las personas capaces de reflexionar sobre la compleja realidad en la que vivimos, rasgo que distingue a las sociedades desarrolladas. Peor aún, habremos fracasado en el intento de establecer los lazos que vinculen, creando una comunidad en la que resulte posible a cada uno desarrollar su  proyecto vital.

Hace un tiempo, el sociólogo español Manuel Castells, autor del ya clásico tratado sobre “La sociedad de la información”, respondió en una entrevista periodística a la pregunta acerca de qué tipo de individuo necesitamos.

Dijo: “Quien quiera vivir bien tendrá que reunir dos condiciones: un alto nivel de educación y una gran adaptabilidad personal. Una educación no tanto técnica como general, que es la que se puede reprogramar, y que se basa, mira por dónde, en la capacidad de combinación simbólica: filosofía, matemática, historia y geografía, lengua y literatura, es decir, lo tradicional. Deberán aprender que los ordenadores cambian... Por lo tanto, lo esencial será la capacidad de adaptarse a un mundo en cambio constante, tanto en lo tecnológico como en lo personal... Hace falta inteligencia y capacidad de aprendizaje porque siempre estaremos aprendiendo, siempre, pero sólo si nos han enseñado cómo aprender. O sea, a escuchar, a pensar, a tener curiosidad”.

Ante la insistencia del periodista que pregunta: “¿Y cómo debo educar yo a mi hijo de 5 años para ese mundo de cuando tenga 25?”, Castells responde: “Enséñele lo clásico: lengua, literatura, geografía, historia y matemática. Que sepa aprender, pensar, lo demás lo encontrará si sabe qué quiere y para qué”.

En esas últimas palabras, qué quiere y para qué, se encierra el sentido de la educación. Ellas resumen su verdadero propósito: enseñar qué querer y para qué quererlo. Lo valioso y lo significativo. Por eso, cada tanto, es preciso volver a preguntarse: “¿A qué niños dejaremos el mundo?”.