Arquímedes Puccio: el último capítulo de una historia de sangre

Fue el jefe de la banda de secuestradores más importante de la historia delictiva argentina, que operó en la década del ’80. Secuestraban a víctimas que conocían, cobraban el rescate y luego las mataban. Murió el pasado 3 de mayo a los 84 años en General

Para los vecinos de San Isidro de principios de la década del '80 no era raro ver a Arquímedes Puccio, de por entonces 52 años, barrer la vereda de su casa a las tres de la mañana y después cruzar la calle para hacer lo mismo con la vereda de su vecino. Por eso alguna de esa gente bien del partido más paquete del Gran Buenos Aires lo había bautizado "el loco de la escoba".

La casa de la familia Puccio quedaba en la esquina de Martín y Omar y 25 de Mayo. Pese a lo de la escoba, los Puccio trataban de no llamar demasiado la atención, por más que todos -y ellos mismos sabían- no pertenecían a la raigambre de esa zona de San Isidro.

La familia estaba compuesta por papá Arquímedes; su mujer, Epifanía Calvo, y cinco hijos: Alejandro, Silvia, Daniel (alias "Maguila"), Guillermo y Adriana. Arquímedes ya era contador y había sido funcionario de la Cancillería debido a sus contactos con la derecha peronista, por lo que logró trabajar en Madrid, de donde lo echaron por tratar de contrabandear pistolas italianas por medio de valija diplomática.

Hacia 1973 era secretario de Deportes de la Ciudad de Buenos Aires. Para entonces lo acusaron de haber secuestrado a un ejecutivo de Bonafide por el que se pagó un millón de dólares. Arquímedes zafó de aquella situación por falta de pruebas. Pero una década más tarde volvería, despiadado, al mundo del secuestro extorsivo.

A principios de los '80, acosado por deudas, Arquímedes propuso a su amigo y ex compañero de la Escuela Superior de Conducción Política Justicialista, Guillermo Fernández Laborda, entrar en el negocio de los secuestros. A ellos se les sumaron los dos hijos varones de Puccio:

Alejandro (alias "Alex", ex jugador de Los Pumas y del Club Atlético San Isidro) y Daniel (alias "Maguila"), Roberto Díaz, Gustavo Contempomi, el militar retirado Rodolfo Franco y el albañil Herculano Vilca. La idea era secuestrar a gente de dinero, pero para ello antes había que ganarse la confianza de las víctimas, "por eso todos los secuestrados eran conocidos o directamente amigos del clan; de antemano, se sabía que las víctimas iban a ser asesinadas una vez que se pagara el rescate, sencillamente porque los secuestrados conocían a sus secuestradores", opinaba hace 20 años el periodista especializado en casos policiales Enrique Sdrech.

SECUESTRO I

El 22 de julio de 1982, Ricardo Manoukián (24 años, jugador de rugby de Pueyrredón e hijo de un matrimonio propietario de una cadena de supermercados) manejaba su BMW por Avenida Libertador cuando su amigo y colega del rugby, Alejandro Puccio, le hizo señas para que se detuviera. Cuando lo hizo tenía el caño de una pistola en la cabeza. Alex lo llevó hasta la casona de su familia en San Isidro y un día más tarde, los Manoukián recibían un escrito firmado por "Comando Liberación Nacional" en el que les pedían 500 mil dólares de rescate por Ricardo.

Se sabe que Manoukián estuvo cautivo en el baño principal de la casa Puccio, maniatado y amordazado. Para que la familia víctima pagara el rescate, los Puccio pedían que se manejaran "con cuidado y evitaran las infracciones de tránsito". A la hora de hacer el pago les hicieron una serie de postas con botellas de cervezas y gaseosas hasta llegar al sitio donde se haría efectiva la entrega del dinero. Una vez que se pagó, Manoukián fue muerto de tres balazos efectuados por Fernández Laborda y el cadáver apareció en un descampado de Benavídez meses más tarde.

SECUESTRO II

El 5 de mayo de 1983 fue el turno de Eduardo Aulet (25). Aulet jugaba al rugby en el CASI -como Alex Puccio-, era ingeniero industrial, hijo de un empresario metalúrgico. Su aprehensión fue similar a la de Manoukián, pero en este caso su entregador fue Gustavo Contempomi, otro integrante del clan.

El cautiverio de Aulet fue distinto al de Manoukián, ya que para entonces los Puccio habían contratado a un albañil llamado Herculano Vilca (que después formaría parte de la banda) para que transformara el sótano de la casona en una celda hermética para colocar allí a sus presas. Tras el pago de 100 mil dólares, Aulet fue asesinado a balazos y enterrado en un descampado de General Rodríguez. Al cadáver lo encontró el Grupo Argentino de Antropología Forense cuatro años más tarde, en 1987.

SECUESTRO III (fallido)

El 22 de junio de 1984 fue el turno del empresario Emilio Naum, un conocido de Arquímedes Puccio. El modus operandi fue similar: Arquímedes le hizo señas para que se detuviera, Naum lo hizo pero cuando vio a dos personas más que aparecían detrás de Puccio se resistió e intentó huir. Le fue mal porque Fernández Laborda le disparó en el pecho. Lo dejaron muerto en el auto, en plena calle. Obviamente aquí no hubo secuestro.

SECUESTRO IV

El 8 de agosto de 1984 le tocó a la empresaria funeraria Nélida Bollini. Por ella pidieron 500 mil dólares y estuvo 32 días encerrada. A la mujer le hacían creer que estaba en el campo y no en un sótano (hay que recordar que la mantenían con los ojos vendados); para ello el clan Puccio llevaba al sótano fardos de pasto que colocaba cerca de la señora, ponían un casete en un equipo de música en el que habían grabado cantares de pájaros silvestres y cada tanto encendían un ventilador para hacer pasar el viento como brisa campestre.

Las conversaciones con la familia Bollini -como pasaba con los otros secuestrados- las hacían por medio de llamados hechos desde distintos teléfonos públicos. Una simple empleada de la antigua Entel fue quien logró la información y la policía detuvo a Arquímedes, su hijo "Maguila" y a Fernández Laborda en las inmediaciones de la cancha de Huracán de Parque Patricios cuando pactaban la entrega del dinero.

En el bolsillo de la campera de "Maguila" los efectivos hallaron un papel con los números de teléfono de los dos hijos de la mujer cautiva. Era el fin del clan. Esa misma noche, 21 efectivos de la Policía Federal al mando del comisario Mario Fernández allanaron la casona de los Puccio. En la cocina estaba el ex Puma, Alex, junto con su novia, Mónica Survik, a la espera de que sus cómplices llegaran con el dinero. Los policías fueron hasta el sótano y dieron con la señora Bollini en estado de desesperación.

DESENLACE

Tras el juicio que fue seguido con frenesí por la sociedad argentina a través de los medios, las condenas fueron las siguientes: Arquímedes y Alejandro Puccio recibieron reclusión perpetua; a Daniel ("Maguila") le dieron 13 años pero como llegó al debate libre, escapó y nunca resultó atrapado (se sospecha que vive en Brasil); Fernández Taborda y el militar Victoriano Franco también recibieron perpetua; (Franco murió en prisión a los 84 años). Perpetua también les dieron a Roberto Díaz y a Gustavo Contempomi; este último también murió en la cárcel; mientras que al albañil Herculano Vilca le dieron 10 años.

El 8 de noviembre de 1985, mientras era llevado a declarar a tribunales, Alex Puccio se escapó de los penitenciarios que lo llevaban y se arrojó desde un segundo piso. Sobrevivió en lo que para unos fue un intento de suicidio y para otros un intento de fuga. Ya en la cárcel intentó quitarse la vida dos veces más; se hizo amigo de Sergio Schoklender y organizaron un centro de estudios universitarios para internos. Logró la libertad condicional por el 2 por 1 en 1997 pero volvió a la cárcel por la presión de los familiares de las víctimas y falleció en 2008 estando preso.

Su padre, Arquímedes, pasó por diversas cárceles y logró recibirse de abogado. Su última prisión fue en General Pico, La Pampa, donde finalmente accedió a la libertad y donde falleció hace 9 días. Se había casado con una mujer mucho menor que él, quien también lo abandonó. En su última etapa vivía con un pastor evangélico, de quien se hizo amigo en la cárcel. No mantenía contacto con sus familiares y asesoraba a jubilados en temas jurídicos.

La costumbre de pasar la escoba por su casa y por la casa de los vecinos en San Isidro siempre fue considerada por los investigadores como una manera que tenía Puccio de chequear si se escuchaban los gritos o los lamentos de sus secuestrados desde el sótano. Sin embargo, en 2011 y después de una nota que le diera al periodista Rodolfo Palacios, el propio Arquímedes contó el porqué de esa manía de barrerlo todo: "Para mí, la mugre es un delito", dijo.

Nunca se hizo cargo de los crímenes que le achacaban. Puccio sintió en carne propia lo profetizado por el escritor francés George Bernanos: "El verdadero odio es el desinterés; y el asesinato perfecto es el olvido". Murió el 3 de este mes y cinco días más tarde, desde el municipio de General Pico, después de que una sobrina y su ex esposa se negaran a recibir el cadáver del viejo secuestrador, se decidió que su cuerpo fuera a parar a una fosa común del cementerio, un lugar bastante sucio.

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