13 de octubre de 2012 - 22:31

Antonio Sarelli: la sencillez de un maestro

Antonio Sarelli (76) es uno de los grandes artistas plásticos de nuestra provincia. Está casado con Silvia hace 40 años y tiene dos hijos y dos nietos. El ex-presidente Menem le regaló al Papa Juan Pablo II una de sus obras. Desde 2008, una escuela de Luz

Antonio Sarelli nos recibe en su casa de Villa Hipódromo. Apenas ingresamos comenzamos a percibir  la sensibilidad que rodea este espacio. El maestro está en su taller escuchando música clásica y antes de comenzar la nota dialogamos sobre el arte, sus hacedores y todo lo que rodea su mundo.

-¿Cómo era Antonio Sarelli de chiquito?

-Yo nací en el campo. Mis padres eran contratistas de viña en Maipú. En esa época, el acceso a los materiales o a la información eran muy complicados. Imaginate que a la ciudad la conocí recién a los 9 años porque me había mordido un perro con rabia y tenía que ir a ponerme inyecciones. Gracias a eso conocí el tranvía.

-¿Cuándo comenzó a dibujar?

-Mis primeras experiencias fueron con un cuadernito y un lapicito que tenían que durar todo el año. Yo no podía perder o derrochar esos materiales, porque no podíamos comprar otros.

-¿Qué edad tenía cuándo comenzó con el lápiz y el cuaderno?

-Antes que el lápiz y el cuaderno era la tierra y un palito. Dibujaba sobre la tierra húmeda. La verdad es que yo no sabía porqué lo hacía. En nuestra familia no había artistas. Pero en realidad nunca se sabe el por qué de cómo surge un artista.

-¿

En qué momento se decidió a estudiar arte?

-Yo iba a una escuela rural en la primaria. Ahí teníamos un maestro que era fantástico. Él daba clases en tercero, cuarto y quinto grado.  Y ese maestro me pedía que le hiciera los pizarrones. Eso significaba copiar los mapas, los retratos de los próceres o dibujar la Casa de Tucumán, por ejemplo. Él me había puesto a su lado para ayudarle y valoraba mucho cómo dibujaba.

-¿Cómo ingresó en Bellas Artes?

-Yo tenía 16 años y había terminado la escuela hacía un tiempito. En ese momento, mi destino parecía decir que iba a ser contratista de viña y de esa forma continuar la tradición de mi padre. Pero este profesor fue a buscarme a mi casa, habló con mis padres y los convenció de llevarme a la Academia Provincial de Bellas Artes. Ahí fue donde comencé.

-¿Cómo era la Academia?

-La Academia estaba en la calle Julio A. Roca de ciudad y cuando llegué, a la primera persona que conocí fue a Jorge Enrique Ramponi (NDR: reconocido poeta nacido en nuestra provincia). Él era el director de la Academia. Además teníamos grandes profesores. Entre ellos, recuerdo a José Casucci (NDR: talentoso pintor, ceramista y docente nacido en Italia, que residió en Mendoza desde 1937). Él fue quien me enseñó a sacarle punta al lápiz.

-¿Ahí se dieron cuenta de que usted tenía mucho talento?

-No, para nada. Yo era uno más. Tenía compañeros que tenían un nivel intelectual y académico superior al mío. Además yo era muy tímido. No quería mostrar mis manos de cosechador, por ejemplo. Yo siempre estaba como “achicado”. Pero siempre menciono una cosa. Si he hecho algo en mi vida, es por el ejemplo de mi padre. El ejemplo de la gente del campo. Que aunque cayera piedra hoy y se llevara toda la cosecha, al otra día de nuevo estaba trabajando en la tierra.

-¿Cómo era ser artista plástico en Mendoza hace 50 años?

-Yo recién en el tercer año de la Academia empecé a visitar exposiciones. La primera muestra que vi era de Orlando Pardo y Enrique Sobisch (NDR: dos grandes artistas de nuestra provincia. Pardo aún está vivo y Sobisch falleció en 1989 en España). Ellos tenían 20 años aproximadamente, pero ya eran los niños mimados de Mendoza. Yo los admiraba y respetaba muchísimo. Ya eran dos maestros.

-¿Y cuándo llegó su primera exposición?

-A los 25 años. Yo tenía un profesor que me decía que cuando fuera a exponer, tenía que estar muy seguro de lo que iba a mostrar. Porque esa primera imagen que yo diera a la sociedad sería fundamental. Él decía que quien no diera una buena impresión, en su exposición inaugural o no  fuera bien recibido en su primera muestra, debería despedirse del arte.

-¿Dónde fue la muestra?

-Eso fue en lo que era la galería D’ Elía que estaba en calle San Juan. Esa era la casa de fotografía de la época y su propietario había armado en el lugar una sala de arte. A la muestra la realizamos en conjunto con un compañero mío de esa época que era Pedro Zalazar.

-Y en todo ese camino recorrido ¿alguna vez imaginó que podía convertirse en un referente de la pintura de nuestra provincia?

-No, yo sólo sabía lo que tenía que hacer. Pero nunca imaginé que la vida me iba a regalar tanto. Siempre puse mucho esfuerzo y pasión en esto. Podía estar haciendo cualquier cosa, pero mi mente siempre estaba en la pintura.

-¿Y quiénes eran los artistas que fueron creciendo con usted?

-Habíamos formado un grupo que se llamaba “Numen”. Al principio éramos muchos y después fuimos quedando poquitos, pero el grupo nos sirvió para motivarnos y seguir creciendo. Nuestro arte era menos cerebral y más del corazón. Y el objetivo del grupo era trabajar y unir esfuerzos para poder exponer. La idea era mostrarles a los mendocinos lo que hacíamos. El grupo estaba conformado por Severino, Ángel Gil, José Scacco y muchos más.

-Generalmente, se cree que no hay buena relación entre los pintores. ¿Pero en este caso no era así?

-No. No es tan así. Yo creo que todos peleamos por lo mismo.

-¿Qué piensa del arte plástico de hoy de nuestra provincia?

-Hoy hay muchas posibilidades. Las épocas han cambiado y el hombre se va renovando permanentemente. Hoy existen las computadoras y eso da paso al arte digital. Eso en nuestro tiempo no existía, no era una herramienta que se pudiera utilizar. Pero de todas maneras creo que el artista que tenga algo realmente auténtico es el que realmente va a quedar. Lo demás tiende a desaparecer. Veo mucha moda y oportunismo hoy por hoy. Pero sólo va a quedar quien comprenda que el arte no es un pasatiempo.

-¿Cómo ha sido para usted el hecho de vivir del arte?

-Yo he hecho de todo. Fui carnicero, trabajé en Irrigación y además fui docente muchos años. De todas maneras, yo soy un agradecido a Mendoza. Porque acá ha habido muchísima gente que ha confiado en mí, me ha apoyado y ha adquirido mi obra. Además todavía no he encontrado a nadie que se haya arrepentido de haberme comprado... y eso es muy bueno  (risas).

-¿Cómo es el comprador de arte de nuestra provincia?

-Hay muy pocos. En nuestra provincia no hay mucho coleccionismo de arte.

-Actualmente, hay una superpoblación de artistas y exposiciones de arte. ¿Usted cree que eso le ayuda al público a aprender más sobre el tema?

-No, porque las personas que frecuentan las muestras somos siempre las mismas. Nos vemos las caras en todos lados.

-¿Qué cree que se debería hacer para que la gente que es ajena al mundo del arte conozca a los artistas de su provincia?

-Aquí es muy importante el interés que pueda tener el Estado en motivar a los niños a participar de esto. Se debería incentivarlos desde chicos a que conozcan a los artistas de su provincia.  Lo importante sería enseñarles la historia del arte de Mendoza, no la de afuera. Y además es importante que se formen maestros de Educación Plástica para que puedan dar clases en todas las escuelas. Y esto no lo digo para que haya más pintores. Lo digo porque la educación plástica sirve para formar seres sensibles y creativos. Si logramos esto vamos a tener médicos, abogados, jueces y profesionales, en general, más sensibles.

-¿A qué artistas admira de las nuevas camadas?

-Hay muchos. Pero yo le admiro la capacidad de trabajo y la pasión a Osvaldo Chiavazza, Fernando Rosas, Daniel Ciancio, Marcelo Navarro, Egar Murillo o Guillermo Rigattieri. Hay toda una generación muy importante.

-¿Y que les aconseja a ellos?

-Yo creo que ellos me tiene que dar consejos a mi (risas). A esta altura me llevan ventaja. Ellos tienen mucho movimiento y eso es fabuloso.

-¿Qué es lo que más disfruta de su día a día?

-Disfruto de mi familia y mi espacio. Y también de poder ver el sol todas las mañanas. Hoy estoy en armonía con el mundo realmente. Aunque me duelen un montón de cosas que suceden. Hoy parece que a nadie se le mueve un pelo cuando en Irak matan a cien personas. Eso parece normal. Entonces en lugar de pensar en todo eso me encierro en mi estudio y creo una figura donde no haya violencia y sí haya mucha paz. Ahí es donde todavía puedo creer en el hombre, en su destino y en el amor.

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