En su reciente mensaje a la Asamblea Legislativa, al inaugurar el período 131 de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner (CFK) recordó dos aniversarios a cumplirse en 2013: treinta años del retorno de la democracia y diez de la asunción presidencial de Néstor Kirchner.
La fijación de la presidenta con el pasado, tan llamativa como selectiva, contrasta con su amnesia en otras cuestiones.
Por caso, en casi cuatro horas y 27.000 palabras de discurso, no mencionó una sola vez la inflación, que afecta cotidianamente a 40 millones de argentinos.
Pese a que dedicó una parrafada de casi 300 palabras a los ferrocarriles (en las que anticipó la compra de 670 nuevos coches para las principales líneas de pasajeros del área metropolitana y la más extensa línea de cargas del país, y otras inversiones de varios centenares de millones de dólares) no mencionó la masacre ferroviaria de Once, de la que se había cumplido un año siete días antes, ni las fraudulentas compras ferroviarias realizadas por Ricardo Jaime, el secretario de Transporte de mayor permanencia en el cargo desde 2003; ni los millonarios subsidios a un sistema en ruinas, que fueron a manos de empresarios amigos del criskirchnerismo.
Del mismo modo, CFK se quejó de la inoperancia y privilegios de la Justicia, cuya completa domesticación es su próximo objetivo. Pero no mencionó que Jaime quedó prácticamente exculpado en la principal de las más de veinte causas por las que fue denunciado gracias a una argucia procesal de Norberto Oyarbide, quien desechó la pistola humeante de pruebas de los más de 20.000 mensajes de correo electrónico del principal asesor y gestor de negocios corruptos de Jaime. El juez procedió ahí con la misma celeridad con que antes había cerrado, sin diligencia ni investigación significativa alguna, la causa por enriquecimiento ilícito de los Kirchner entre 2008 y 2009.
La presidenta fue meticulosa en su racconto de por qué los jueces siguen sin pagar impuesto a las Ganancias, pese a una ley según la cual deben hacerlo, pues así pudo chicanear a la Corte Suprema en general y a Carmen Argibay, la jueza del máximo Tribunal más impermeable a las presiones políticas, en particular. Recordó que en la Justicia no se aplica código de Ética y los jueces no presentan declaraciones juradas de bienes. No era el escenario más propicio para mentar privilegios: los legisladores tampoco se aplican código de ética y más de la mitad de su salario de bolsillo está exceptuado de Ganancias, porque es en concepto de viáticos y gastos de representación. CFK lo sabe: fue legisladora nacional (diputada, luego senadora) durante más de diez años.
Lo más espeluznante sobre reformas judiciales vino cuando la Presidenta reclamó una ley que limite la responsabilidad del Estado en relación a los daños que puede causar a los particulares. La historia del "constitucionalismo" es la de cómo limitar el poder del Estado sobre los particulares, no los reclamos de estos, que es lo que CFK pidió a un año y una semana de la masacre de Once. "Impresionante", dijo el constitucionalista Roberto Gargarella.
Aunque mencionó dos aniversarios decenales, la presidenta pasó por alto los 40 años que se cumplen el próximo 11 de marzo de la elección en la que el criskirchnerismo reconoce su filiación política. Aquel día de hace cuatro decenios un dentista de San Andrés de Giles, Héctor Cámpora, quien se confesó "obsecuente" de Perón y había sido cadete legislativo de Evita, fue electo presidente con casi 50% de los votos. El peronismo, de perseguido y proscripto (Perón no fue candidato para no convalidar una medida de Lanusse, que lo obligaba a estar en la Argentina para agosto de 1972) pasó a ser otra vez el partido de Estado.
El mártir fue verdugo. O las dos cosas a la vez. Siguieron las muertes, secuestros y atentados: Ezeiza, la triple A (Alianza Anticomunista Argentina, creatura no reconocida del peronismo). Antes del 24 de marzo de 1976, cuando asumió mediante un golpe de Estado la más sangrienta dictadura de la historia argentina, ya habían muerto o desaparecido cerca de mil personas a causa de la violencia política. El legado económico de aquella experiencia fue también ruinoso y estalló, en junio de 1975, en el Rodrigazo, episodio precedido por precios congelados, desabastecimiento y un gasto público y un déficit fiscal desbocados, cubiertos con emisión monetaria.
¿Fue para no convocar esos recuerdos que CFK prefirió la omisión?
La Presidenta, en cambio, mencionó, en clave chicanera, el "helicóptero blanco" en el que un día antes se había retirado Benedicto XVI, y pegó esa alusión a la incertidumbre política en Italia, verdugueando de paso a la canciller alemana Angela Merkel cuyo "preferido" sacó apenas el 9% en las elecciones italianas.
Ya que estaba con el Papa, podría haber referido otro aniversario, de más larga data. Por estos días (la fecha precisa es esquiva; se trata de historia antigua y median desde entonces dos calendarios, el juliano y el gregoriano) se cumplen 1.700 años del Edicto de Milán, por el que el emperador Constantino, junto a su par oriental Licinio, al que ejecutó doce años después, cesó la persecución del cristianismo. Aquel Edicto fue el primer documento europeo que proclamó la libertad de cultos, pero también antecedió la adopción del cristianismo como religión oficial del Imperio (que le otorgó exenciones fiscales), las riñas doctrinarias, la Inquisición y una saga de violencia cuyo poder destructor se multiplicó cuando al dogma se sumó el poder del Estado.
Esto a cuento de la "doctrina" K, tan arbitraria como la memoria presidencial e imposible de discernir en clave puramente política. Por eso el sociólogo y editor Alejandro Katz definió al kirchnerismo como un "dogma de fe".
"Hombres de fe, creyentes, nostálgicos del Edén -escribe Katz-, los kirchneristas se cuentan una historia y recurren a la liturgia, al culto y a la iconografía para volver el mundo legible y seguro. Para que la necesidad de creer se convierta en creencia es necesario construir un relato, que es antes teológico que político: la unidad religiosa entre Dios, el hombre y el mundo se metamorfosea en la unidad entre el Estado, el gobierno y el pueblo". Para ellos, sigue, "la promesa fundada en la fe es más importante que la evidencia". Si la vida política "gira en torno de la disputa por la autoridad, la vida del movimiento lo hace en torno de la comprensión de los propósitos del líder".
Si el mesianismo es un mal sustituto de la política, peor es que así como hay una masa movida por la fe, también haya una estructura de dirigentes kirchneristas "guiados por el interés más elemental y más terrible: el del poder y la riqueza". La conclusión es ominosa y ojalá equivocada: "Que esos hombres de fe sean conducidos por los cínicos no provocará otra cosa que ruinas".
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