Gracias al sistema límbico, una de las áreas más antiguas del cerebro que compartimos con peces y reptiles, en ciertas circunstancias podemos responder agresivamente a un estímulo. Por ejemplo, ante un legislador que acaba de hacer en el recinto una intervención que uno juzga equivocada, el sistema límbico puede indicarnos: “Arrancá tu banca y partísela en la cabeza”. O bien: “Usá ese garrote simbólico llamado insulto -o denigración- y pegale en el lugar más doloroso: el alma”.
Por fortuna está el lóbulo frontal, un área más moderna, donde nuestros instintos básicos son oportunamente neutralizados por la reflexión, civilizándonos. Dios hizo el cálculo: “O le instalo al hombre un frontal o lo condeno al casco”. Pues bien, entre la orden del límbico, que nos manda a empuñar el garrote, y la contraorden del lóbulo frontal, que nos enfría, pueden pasar de 7 a 10 segundos. Allí, en esos 10 segundos, está la historia de la humanidad. Esos 10 segundos que dan lugar a la reflexión y que nos separan del mono le insumieron a Dios siete millones de años.
Costó colocarle al hombre pastillas de freno.
Y entonces la ciencia nos impone la pregunta: ¿qué le pasa “al Cuervo” Larroque? “Callate, atorranta”, le dijo a su par Laura Alonso.
La neurología describe un caso paradigmático. En 1848, en Estados Unidos, un obrero llamado Phineas Gage sufrió un accidente en el que una barra de metal le atravesó el cráneo. No sufrió secuelas perceptibles a primera vista, sin embargo no volvió a ser el mismo: se puso agresivo, irritable y desinhibido. Su lóbulo frontal había sido dañado.
Avancemos con nuestra hipótesis. ¿Y si, por accidente, al lóbulo frontal lo atraviesa ya no una barra de hierro, sino un palo, o peor, varios “palos”? Aquí, las secuelas están a la vista: Juan Pablo Schiavi, el ministro de Transporte cuya cabeza fue el primer “material rodante”, reapareció esta semana y sin inhibiciones ni pudor afirmó que “todos los mecanismos del Estado funcionaron en el momento del accidente” y acusó al maquinista. Pues bien: postulo aquí que “los Cuervos” Larroque, los Schiavi y tantos más son nuestros Phineas Gage. Mirémoslos con piedad: no es mala gente. Son obreros que se accidentaron durante la construcción de “el modelo”.
Agustín Rossi es otro caso llamativo. Defendió el voto delivery de Miriam Mirkin y Carlos Eliceche y dijo que “se está aplicando un reglamento absolutamente legal”. He aquí otro síntoma: para los accidentados en la construcción de “el modelo”, asumir una banca, renunciar para irse a un ministerio, reasumir por 24 horas para dar el número y volver a renunciar, es normal. Consultado por lo pueril de su argumentación, dirá: “Mirkin y Eliceche están comprometidos ideológicamente con el oficialismo”. Como se ve, no tienen conciencia de enfermedad.
Algo puede ser legal, pero ¿es ético? A diferencia del menemismo, que no reparó jamás en estas sofisticadas cuestiones del espíritu como la moral y la ética, el kirchnerismo presume de ser “buena gente”.
Menem también iba con el fósforo en la mano. Pero jamás dijo que fuera bombero.
En rigor, parecería que el que sufrió el accidente fue el Gobierno: chocó con la realidad. La Argentina perdió el autoabastecimiento energético y miles de millones que se gastaron en transporte se fueron por “la canaleta de los Cirigliano”.
El kirchnerismo, que hasta principios de 2012 -antes de Once y Ciccone-, se preocupaba por comunicar el sustento moral de cada ley que sancionaba, hoy avanza despojado de complejos éticos. ¿Por qué extraña razón el Gobierno acepta ponerse en contra por primera vez en 10 años de las entidades judías? ¿A cambio de qué? El kirchnerismo está comprándole a Irán el pozo. ¿Qué quiere construir ahí? Eso es lo que no se sabe.
Se cumplió un año del “vamos por todo” de la Presidenta en aquel acto de Rosario. Curiosamente, desde ese día no paró de alejarse de distintos sectores sociales que la apoyaban. Irán llamaría a eso “autoatentado”.