29 de noviembre de 2014 - 00:00

Al cabo que ni me importa

A mediados de los 90, mi amigo Ulises Naranjo -al tanto de mi fanatismo chavista- me regaló el libro "El diario del Chavo del 8" (con una hermosa dedicatoria, por cierto).

La obra, escrita por el mismo Roberto Gómez Bolaños, narraba la historia de El Chavo, un chico de 8 años que había escapado de un orfanato junto con un amigo suyo de la misma edad que era rengo y gordo y cuyo nombre ahora no recuerdo.

Ambos vivían en las calles de un DF que el autor pintaba como salvaje a fines de los 60. En las primeras páginas del libro, El Chavo -en primera persona- cuenta que él y su amigo sobrevivían en las calles de la Ciudad de México pidiendo monedas a los automovilistas después de un número de acrobacia que armaban en las esquinas.

La rutina consistía en instalarse en medio de la calle cuando el semáforo se ponía rojo; el gordo se hincaba en cuatro patas y El Chavo se paraba sobre su espalda para llevar a cabo una acrobacia con dos pelotas pequeñas con las que jugaba con sus manos, de seguro de manera muy torpe. Luego había que apurarse para pedir monedas por los coches y más tarde correr hasta la vereda antes de que los autos arrancaran sin piedad.

En cierta ocasión, cuenta el libro, el gordo no llegó hasta la acera y murió arrollado por un auto. Entonces El Chavo se juró no vivir más en las calles. De ese modo es que aparece en una vecindad donde lo primero que ve es un barril. Como se observa, se trata de una versión cruda en extremo del Chavo que conocemos.

Por alguna razón, ese libro se perdió y nunca -en todos estos años- volví a tener un ejemplar en mis manos. Ahora no leería una página en caso de que eso ocurriera.

A mí me gusta creer que todo tiene que ver con todo: y en verdad, si hubiera seguido con aquella versión, aquella faceta cruda y dura del Chavo, la tira televisiva y yo no tendríamos hoy la relación que nos une.

La pérdida del libro hizo que volviera al Chavo que yo conocía; el de la tele, el primer amor. El inocente que soporta las injusticias sin preguntarse de dónde vienen.

El desamparado que no se queja ni se alimenta del resentimiento. El que tiene siempre la misma edad y que nos la presta para que -al menos una vez por semana y por media hora- volvamos a tener la eterna edad del Chavo del 8.

Porque para tomarse las cosas demasiado en serio está la vida seria con todas sus obligaciones aburridas muy alejadas de la vida en la cálida vecindad. Esa vida que te hace sentir mal por interesarte por cosas poco importantes.

Ahora la prensa anunció de una vez por todas la muerte del Chavo. Pero ¿saben qué? Al cabo que ni me importa.

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