Niños
Dormíamos los dos en un colchón en el piso porque a mí me resultaba más cómodo. La cama vieja, de hierros oxidados, no soportaba nuestro peso. A él le daba lo mismo. El resplandor de la noche atravesaba las finas cortinas, recortando las formas que animaban la habitación. Pero cuando abrí los ojos había allí algo que no reconocía. Con esfuerzo logré ver la figura de unos niños que se acercaban lentamente. Quería hablar, pero mi boca no emitía sonidos. Ellos seguían avanzando. Cuando me di cuenta ya estaban parados frente a nosotros. Un escalofrío me despertó. Mi corazón latía rápido por el miedo. Él dormía plácidamente. Fue una pesadilla, me dije. Cuando pude reaccionar, lo abracé. Su calor lentamente me tranquilizó.
