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Tito amaba los pájaros, por eso muchos no entendían que anduviera con tramperas para cazarlos durante las siestas en el olivar. Lo que nadie sabía es que en su casa abría la jaula, les daba un beso en el pico y luego los soltaba. Con bolsas de supermercado y cañas lo ayudé un domingo a construir dos alas que quedaron demasiado duras. Igual, una tarde subió al puente que está sobre la ruta, se puso las alas y saltó. Cuando pregunté por él, al otro día, su papá me dijo que se había ido volando.

