En un contexto global desafiante para el vino tranquilo y con consumidores que redefinen hábitos y rituales, Pedro Félix, International Executive Manager de Amorim Cork, la corchera más grande del mundo, analizó el presente del mercado de tapones, el avance de las soluciones técnicas y las oportunidades que observa para países productores como Argentina.
—¿Cómo está hoy el mercado mundial de tapones de corcho natural?
—El mercado de tapones está muy atado a lo que pasa con el vino. Hoy vemos cierta presión, especialmente en el vino tranquilo. En cambio, los espumosos están funcionando bastante bien y eso también se refleja en nuestra actividad: hay una buena demanda de tapones para espumante.
En los vinos tranquilos hay dos fenómenos claros. Por un lado, se vende menos vino y, en consecuencia, bajan las ventas de tapones. Por otro, nosotros estamos ganando cuota de mercado, pero sobre todo en tapones técnicos. Las bodegas, por estilo de vino o por cuestiones económicas, están optando por soluciones técnicas que son más competitivas en precio que el corcho natural de una sola pieza.
Sin embargo, en la alta gama ,que es donde históricamente se posiciona el corcho natural, el producto se defiende muy bien. Allí el tapón natural sigue siendo una señal de calidad y de posicionamiento.
—¿Qué está pasando con el consumidor? ¿Hay una normalización del tapón técnico?
—Depende mucho del mercado. En algunos países, el tapón natural sigue siendo sinónimo de vino de alta calidad. El consumidor acepta tapones técnicos en vinos de menor precio, pero cuando compra una botella cara espera un corcho natural. Es una cuestión de percepción y de experiencia.
Argentina es un caso particular. Es uno de los pocos países donde el consumidor se acostumbró al tapón sintético o técnico sin mayores cuestionamientos. En otros mercados eso está cambiando. En Estados Unidos, que fue durante muchos años el gran mercado del sintético, hoy vemos que ese formato va perdiendo espacio.
Lo que sí notamos es una normalización del tapón técnico de corcho: soluciones microaglomeradas o técnicas que combinan naturalidad y performance. En nuestra producción global hoy fabricamos más tapones técnicos de corcho que naturales de una sola pieza. Ese es un cambio estructural en la industria.
—Hablando de Estados Unidos, ¿cómo es ese consumidor en un mercado tan grande y diverso?
—Estados Unidos no tiene un solo consumidor, tiene muchos perfiles. Pero hay un segmento que se considera conocedor, que valora la experiencia completa del vino. Es un consumidor que viaja, que hace enoturismo, ha visitado Napa Valley y muchas veces otras regiones del mundo y que aprecia el ritual. Para ese perfil, el tapón natural aporta valor, porque forma parte de la experiencia que espera cuando abre una botella.
Después está el consumidor más masivo, que compra por precio o conveniencia y al que el tipo de cierre le importa menos. En ese segmento el tapón técnico funciona muy bien.
Pedro Felix Amorim
—¿Y qué pasa con China, un mercado que parecía imparable hace algunos años?
—China es interesante y complejo al mismo tiempo. Culturalmente tiende a valorar el corcho natural, y eso es positivo para nosotros. Pero la dimensión real del mercado es difícil de medir.
China pasó de ser uno de los mayores importadores de vino a perder relevancia para varios países productores. Chile, por ejemplo, lo tenía como su principal mercado y hoy ya no lo es. Hay mucha integración vertical, producción local y dinámicas que no siempre son transparentes.
Nosotros incluso tuvimos una empresa propia en China, apostando a un crecimiento muy fuerte del vino. Pero ese crecimiento, al menos en el segmento que trabajamos, nunca se dio como esperábamos. Finalmente decidimos cerrar esa operación directa y trabajar con un distribuidor especializado en alta gama.
Hay proyectos interesantes de vinos chinos bien hechos, muchas veces con asesoramiento extranjero, pero son producciones pequeñas. Los grandes volúmenes siguen siendo vinos masivos. No vemos, por ahora, un crecimiento explosivo del vino chino premium que justifique una expansión fuerte en ese mercado.
—¿Dónde están hoy las principales oportunidades de crecimiento?
—Nosotros estamos presentes prácticamente en todos los países productores, así que el crecimiento no pasa por “entrar” en nuevos mercados, sino por ganar participación o acompañar la evolución de ciertas regiones.
Creemos en el potencial de países que pueden recuperar dinamismo como productores. Argentina es uno de ellos. Sabemos que los últimos años fueron muy difíciles, sobre todo por la fuerte dependencia del consumo interno, que hoy está resentido. Pero la capacidad exportadora es enorme.
Los vinos argentinos son muy apreciados. Yo viajo mucho y siempre llevo una botella argentina en la valija. En distintos mercados el vino argentino es bien recibido y valorado. Lo que necesita es consistencia, continuidad en el posicionamiento y estabilidad en los mercados internacionales.
Por eso estamos invirtiendo aquí, junto con la familia Martín, en modernizar la planta y ampliar capacidad. Creemos que en determinados segmentos Argentina tiene todo para crecer.
—¿Cómo ve la evolución del mercado global del vino en los próximos años?
—Creemos que el vino tranquilo va a mantenerse estable o seguir cayendo levemente, sobre todo en el segmento más económico. Ahí vemos grandes dificultades en nuestros clientes para vender.
En cambio, el espumante tiene una dinámica más positiva. Es un producto asociado al consumo fácil, a la celebración, a nuevos momentos. También vemos crecer bebidas a base de vino y propuestas más desestructuradas, dirigidas a consumidores jóvenes: vinos más frescos, más directos, menos solemnes.
La industria está adaptándose a esos nuevos perfiles. El consumidor joven no necesariamente quiere el mismo relato ni el mismo ritual que generaciones anteriores.
—¿Cree que el exceso de ritual terminó afectando al vino?
—No creo que el ritual mate al vino. El ritual es parte de la magia para muchos consumidores informados. Pero sí creo que la exageración en la complejidad no ayuda.
Cuando el vino se vuelve demasiado técnico, demasiado elitista, puede alejar a quienes simplemente quieren disfrutar una buena copa sin sentirse evaluados. No hay que despreciar al consumidor que no quiere saber todo sobre variedades, suelos o crianza. Quiere un buen vino y disfrutarlo sin presión.
Ahí, como industria, tal vez fuimos un poco elitistas en algunos momentos. Pero eso no significa que el ritual deba desaparecer. Significa que debe convivir con propuestas más accesibles, más simples y más inclusivas.
—En ese escenario, ¿qué rol juega el corcho natural?
—El corcho natural representa autenticidad, tradición y sostenibilidad. En la alta gama sigue siendo el estándar. Y en las soluciones técnicas de corcho logramos combinar naturalidad con precisión y consistencia.
El desafío es acompañar la evolución del consumidor sin perder identidad. El vino está cambiando, los hábitos cambian, pero la búsqueda de calidad y de experiencia sigue existiendo. Y en ese espacio el corcho natural todavía tiene mucho para aportar.