28 de abril de 2019 - 00:00

Afiliación y crisis de la representación política - Por Carlos Finochio

La afiliación partidaria nos direcciona hacia la consideración de una acción concreta que efectiviza la adhesión puntual a un partido político. Y nos lleva a categorías inclusivas mayores y menores de gran valía para encontrar potencialidad explicativa al fenómeno del “decrecimiento” afiliatorio, que pueden englobarse en la problemática de la mediación política.

Los partidos políticos son instituciones fundamentales del sistema democrático, que garantizan representación de las minorías, la competencia para la postulaciòn de candidatos a cargos públicos electivos, el acceso a la información pública y la difusión de sus ideas. El Estado contribuye al sostenimiento económico de sus actividades y de la capacitación de sus dirigentes.

Conclusión jurídica politológica: nuestra democracia no es directa. Es obligatoriamente representativa y los partidos políticos tienen el monopolio de esa representación.

Sin animo de complejizar el análisis, debemos destacar la inmensa responsabilidad institucional que le cabe a los partidos políticos en su función estabilizadora del sistema político todo.

Frente a esta “tremenda responsabilidad” institucional partidaria, el ciudadano puede situarse como desee graduar su participación política: indiferencia, apatía (pasiva y activa), actividades de espectador, actividades de lucha, sufragar (recordar la obligatoriedad) y también mencionar a la estrella de la participación política, la afiliación partidaria (un poco menos, pero casi similar a la militancia).

Pero lo que “debería ser”, lamentablemente “no es”. Qué ves cuando me ves: una cada vez mas baja calidad democrática (meras democracias electoralistas o delegativas), procesos oligárquicos de nominación, falta de democracia interna en los partidos, enriquecimiento de la clase política, corrupción, sucesivos incumplimientos programáticos (distancia creciente entre promesas electorales y decisiones políticas), excesivo internismo partidario, financiamiento extrapartidario direccionado desde grupos de interés corporativos y de presión... No todo es “tan así”, pero hay mucha presión hacia los actores políticos.

A la actividad partidaria se la identifica, a veces indebidamente, con “la política” a secas y ello desemboca en el desencantamiento, el desprecio a la actividad pública, camino al cinismo y a la apatía hasta ignorar su existencia.

Por eso hay que revitalizar la vida partidaria, de verdad, democratizando esta herramienta. Entender bien la “reponsabildad vital” de los partidos políticos para coordinar con otras organizaciones de la comunidad toda.

Aunque uno no se quiera afiliar, no debe dejar su puesto de lucha por una ciudadanía que requiere el control de “los políticos”, para que la política sea lo que debe ser.

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