24 de noviembre de 2012 - 23:13

Adultos mayores y el futuro de la salud

El déficit de pensamiento político y social producto del desacople de la emergente sociedad del conocimiento con los conceptos, ideas y teorías de la vieja sociedad industrial, han motivado una fuerte corriente de pensamiento que descansa en la eficacia de la ciencia y tecnología para afrontar todo tipo de problemas que enfrentan las sociedades, instituciones e individuos.

Sin embargo pareciera que hay un olvido de valores humanos esenciales. La gente vive más, consume más, pero no logra satisfacer las necesidades deontológicas del hombre. Se es más rico, se vive en casas más grandes, con más artefactos y más comodidad, pero las familias devienen cada vez más pequeñas, inestables, transitorias y sus miembros se dispersan y pierden sus lazos de solidaridad.

Esto se advierte más dramáticamente en relación con las condiciones de vida de los ancianos, hoy conocidos como "adultos mayores", las que se modifican generalmente para peor por los cambios demográficos y sociales, pero no sólo por ellos.

Se espera un creciente aumento en la expectativa de vida en casi todo el orbe y que el rápido envejecimiento de la población actual y futura aumente exponencialmente la demanda de servicios de atención a los adultos mayores.

Entre las múltiples causas podemos mencionar los cambios sociales: en las relaciones interpersonales, familiares, religiosas, de vecindad, comunitarias, globales; crecientes restricciones financieras, la creciente incorporación de la mujer al mundo del trabajo, la obsolescencia de la formación profesional y laboral.

La convergencia de estas cuestiones, en algunos casos combinada con razones culturales o religiosas, impiden visualizar como una prioridad -al mismo nivel de la infancia- para la sociedad la de protección de sus mayores. No es menos cierto que la aceptación de que el financiamiento de ésta, constituye un gasto no redituable es prácticamente generalizada, y ni siquiera en ámbitos intelectuales se ha intentado refutarla.

En ciertos casos, se ha actuado afirmados en esta convicción, procurando visualizar la probabilidad de conformación de un nuevo "mercado de atención", siguiendo la tendencia de la investigación farmacéutica, que prioriza las drogas destinadas a consumos constantes en razón de la longevidad, como se plantea en algunos países de la Unión Europea que han aprobado varias reformas encaminadas a movilizar recursos para lograr resultados más costo-eficientes. Así se presentan los principales objetivos de las reformas de la atención a los adultos mayores, como hacerla asequible, favoreciendo la creación de un mercado de la atención y generando nuevos empleos rentables.

Este mercado está llamado a suplir la familia en la responsabilidad de atención, transfiriendo este cuidado a "instituciones especializadas" (incluso a la robótica), pero basado siempre en una relación profesional-paciente de tipo individual y no sistémica, como sería incorporar el núcleo familiar en esta tarea. Esto crearía nuevos empleos, con una fuerte base científica y novísimas tecnologías que atiendan los segmentos de mayores recursos dentro de este nuevo mercado, aun al costo de mantener marginados a los menos pudientes.

La eficiencia atribuida a la ciencia serviría para justificar esto, porque no se duda de que la ciencia ha crecido en la comprensión de los problemas del hombre y de su mundo material, y ya ha demostrado convincentemente que mejoró los niveles de vida y facilitó el progreso en casi todo el mundo. Sobre estas bases, las interacciones entre el mercado de la atención y los intereses económicos devienen factores cruciales que determinarán el curso de políticas sociales en materia de salud y seguridad social. Queda claro que la falta de visibilidad de estas relaciones no es casual ni gratuita.

El futuro de los sistemas de salud de los adultos mayores excede la cuestión médica y no puede ser resuelto sólo a nivel individual, sino que dependerá de cómo se formulen las políticas públicas para el sector. Pero esto debería fundarse en objetivos que contemplen no sólo la necesidad de incorporar innovaciones tecnológicas resultantes del constante progreso científico; o tener en consideración la constante aparición de nuevas enfermedades globales y de virus reemergentes, sino también -y fundamentalmente- en la desvinculación del financiamiento de las restricciones planteadas por los sistemas de seguros de salud.

¿Pero qué es aquello que la ciencia a malentendido o ignorado en su servicio a los intereses personales y la simple satisfacción de la necesidades materiales? No poco, el verdadero valor de la vida, el desarrollo espiritual, el conocimiento acumulado -en ocasiones la sabiduría-, las relaciones sociales construidas a lo largo de aquella, la memoria, la iniciativa, el bienestar espiritual debieran ser puestas en valor para que el objetivo sea un sistema de vida saludable y no sólo el "nuevo mercado de los viejos".

Como en tantos campos de la vida, la previsión y la prevención son indispensables, no sólo para evitar enfermedades, en especial aquellas no transmisibles, mediante el control global de riesgos para reducir la presión sobre los "componentes de la atención" del sistema de salud, evitando su desborde, sino también a modificar el eje de la atención médica, reconociendo que la medicina no es "personalizada" porque se atienda al individuo, sino que el paciente es una persona situada en una familia, con amigos, compañeros, vecinos, y como diría Ortega y Gasset, debe cuidarse a ellos y su circunstancia.

Es preciso tener en cuenta y dar participación al núcleo familiar y social del anciano tanto como a la misma comunidad, la que no puede saldar su responsabilidad sólo con un sistema jubilatorio muchas veces indigno, o atendiendo su salud para que puedan ir al supermercado.

Hay nuevos desafíos con respecto a los ancianos, tales como la calidad del envejecimiento, el brindar nuevos objetivos a su vida, más allá de la supervivencia; la recuperación de la memoria social individualizada en el adulto mayor, cuestiones éstas que no deberían ser consideradas de segundo orden sino que debieran ser identificadas para ser abordadas conjuntamente por la investigación médica, social y cultural.

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