En el año 2004, la televisión inglesa proyectó un reality show en el que chicos ingleses de ese año ingresaban a una escuela con las modalidades de 1930, la ropa, los útiles, el trato de los docentes.
En el año 2004, la televisión inglesa proyectó un reality show en el que chicos ingleses de ese año ingresaban a una escuela con las modalidades de 1930, la ropa, los útiles, el trato de los docentes.
El juego era saber si los chicos iban a aguantar en esa escuela mucho tiempo. Después de algunos días, aunque algunos no lo soportaron, el fenómeno llamativo era que muchos chicos aguantaban, no tenían mayor problema, se adaptaron.
El debate se trasladó a los adultos, y los padres decían que necesitaban escuelas más parecidas a ese estilo, y los maestros decían que necesitaban padres con el estilo de las de principios del siglo pasado.
La discusión pública entre maestros y padres llamaba la atención, cada uno le pedía al otro que fuera más claro, más duro, que se animara a orientar a los chicos.
Ese es uno de los grandes problemas ante el que nos encontramos, los chicos no encuentran de nuestro lado claridad, orden, pautas con las cuales moverse.
Históricamente los jóvenes se peleaban con los adultos a los que creían malos, y ellos buenos, y luego, con el tiempo se daban cuenta que ni ellos eran tan buenos ni los mayores tan malos. Y así iban construyendo su personalidad.
El problema actual es que les cuesta encontrar adultos con los que pelearse, de hecho los imitamos, los adultos queremos vestirnos, tener los cuerpos, las parejas, los gustos musicales de los chicos, y eso hace muy difícil pelearte con tu espejo, alguien que todo el tiempo quiere ser como vos.
Allí reside uno de los desafíos que tenemos para adelante, recomponer la alianza de los adultos, la que hacía que los padres apoyaran a los maestros, más allá de las decisiones que tomaran.
¿Esa alianza estaba bien?¿Permitía adoptar las decisiones ajustadas? No siempre, es difícil apoyar a una maestra que pone a un chico de plantón en el patio, que lo sanciona públicamente sin muchas razones.
Pero tampoco es lógico que toda decisión requiera previamente un debate para que cada uno plantee la visión que tiene del problema. Será otra alianza, hay cosas que a los padres les cuesta avalar y lo mismo les pasa a los maestros. Pero explicitemos acuerdos básicos.
Probablemente debamos comprender que aunque no estemos totalmente de acuerdo, la escuela es la escuela y debemos apoyarla o buscar otra. Y la escuela debería explicitar sus objetivos, sus pautas, para que los padres puedan acordar con ella.
A los chicos no les cambia demasiado que la escuela, la maestra o sus padres, sean más duros o más blandos, lo que no soportan es que los abandonen, que no se ocupen, que los dejen solos.
El año pasado, en un trabajo realizado sobre deserción, los chicos decían: “Un buen profesor es uno que sabe, viene todos los días, enseña y exige”, nada extraño, que venga y se ocupe de nosotros.
No quieren “reclutar” amigos entre esos adultos, profesores o padre; prefieren contar con profesores y padres que sean asimétricos, distintos, mayores, atentos a las pautas.
Es muy difícil ordenarte cuando no se entiende lo que quieren los adultos, lo que buscan, para dónde van. Los adultos deben ser una pauta, una referencia, una guía de lo que se puede y lo que no, de cómo funciona la sociedad.
Si no les planteamos una pauta clara, el trabajo es mucho más difícil, no tienen con quién pelearse y encima deben resolver qué pueden hacer, y cómo hacerlo.
La idea de ser referentes, pautas, guías, es un mandato social que no podemos abandonar, porque los chicos lo necesitan, si no se pierden, se confunden.
La pregunta por lo que querés, sentís, lo que te pasa, es buena cuando podemos guiarla, acompañarla, reconstruirla. Si detrás de esa pregunta no hay más ideas, respuestas, se quedan solos, y a esa situación quedan expuestos los jóvenes: están solos.
Para que los jóvenes sean jóvenes, los adultos tenemos que ser adultos, darles modelos, guías, esquemas, para tomarlos, pelearse y cambiarlos, adaptarlos, lo que quieran, pero pautas para trabajar con ellas, para tener referencias.
Ese es el déficit que tenemos, una mejor educación requiere de adultos más claros, que puedan dar pautas, guías. Los docentes y los padres, en lo posible juntos.
Eso nos pone en un lugar más complejo. Antes era más fácil el “porque sí”; hoy es más difícil, necesitamos explicaciones; para los temas que las tengamos, bienvenidas, para los que no, es un buen desafío pensarlas.
Y, en todo caso, no es terrible decir sobre algunos temas “porque sí”, “porque yo lo pienso así”, “porque estoy a cargo y se hace tal cosa”. Los chicos no lo toman a mal, lo que toman a mal es la falta de respuestas, de guías, que los dejan solos.
Ser adulto es más complejo que hace unos años, requiere tener cosas más claras, reconstruir acuerdos. Debemos trabajar en ello, tan fuerte como podamos, y para lo que no podemos, no es tan grave usar el criterio de autoridad, alguna vez.
No es posible preparar un futuro mejor para los jóvenes si nos encerramos en la huida hacia un pasado en que las órdenes se cumplían sin chistar; tampoco si nos escapamos del rol de adulto porque los chicos necesitán siempre que alguien lo haga.
De lo contrario no es posible la transmisión entre generaciones. Juguemos el partido, no dejemos a los chicos solos, porque ahí se pierden y no saben qué hacer, y nosotros tampoco.
Mejores adultos, más claros, con menos culpa, es un enorme aporte para una mejor educación.