Cuando Mao Tsé Tung tomó el poder en China, la primera misión que se impuso fue de índole cultural: la de reconstruir la autoestima de un pueblo que por siglos fue y se sintió humillado por los poderosos. Mao recordaba que cuando sus soldados debían fusilar a algún enemigo extranjero -en particular si éste era occidental-, aun en el momento de dispararle, bajaban la vista en señal de sumisión. Entonces el líder chino les decía que para que la revolución triunfara lo importante no era eliminar físicamente al explotador, sino poder mirarlo a los ojos, dejar de sentirse interiormente humillados.
A partir de esta vieja anécdota se puede entender gran parte de la devoción de los pobres venezolanos hacia Hugo Chávez, otro padrecito de los pobres que les permitió mirar de frente a los que siempre los despreciaron. Hoy, en los millones de rostros que idolatran a Chávez en su adiós póstumo, se refleja esa gratitud hacia quien les dio un lugar en el mundo.
Más allá de los bienes materiales, más allá incluso del progreso social, el sentirse persona es algo que no se olvida. Aquellos que creen que a los postergados se los conquista con pan y circo, tienen aquí la refutación de sus teorías, ya que los seres humanos -en particular los que nunca pudieron acceder a la dignidad de sentirse iguales a los demás- nunca se olvidan de quien algo hizo para que ese momento les llegara. El maoísmo no logró sacar de la pobreza a las grandes masas chinas -cosa que recién hoy empieza a ocurrir y por una vía ideológicamente contraria a la que siguió Mao-, pero todo comenzó cuando los chinos levantaron su mirada.
La perdurabilidad del peronismo en la Argentina es hija de igual concepción. Los que fueron sacados del subsuelo de la patria para vacacionar en los mismos hoteles donde veraneaba la vieja clase media o para tener iguales derechos sociales, transmitieron de generación en generación el recuerdo de esa enorme reivindicación.
En Venezuela, Chávez construyó algo parecido convocando a los más humildes a compartir la mesa del poder, aunque fuera simbólicamente. Si bien su programa económico de desarrollo nacional parece ser -a juzgar por los resultados- bastante menos efectivo que el que vienen logrando otros países de la región, su comprensión del sentir popular quizá esté más adecuada a los nuevos tiempos que otros proyectos políticos que incluso lograron más progresos materiales para sus pueblos.
Chávez se la pasaba hablando en términos ideológicos para explicar sus políticas, y como también ocurre en la Argentina, se presentaba como quien venía a profundizar la democracia, pero en el fondo el secreto de su éxito es que comprendió, o intuyó, que en el siglo XXI -luego del fracaso de las grandes racionalizaciones para cambiar el mundo- las grandes masas postergadas van reconstruyendo -como reacción- un sentir político colectivo más cerca de las experiencias religiosas, de la fe, que de cualquier racionalización.
Es cierto que a fin de seducir a la influyente comunidad mundial de los intelectuales progresistas presentándose como el continuador de la leyenda revolucionaria cubana, Chávez se dijo heredero de las consignas de las revoluciones del siglo XX, pero mientras hacía eso for export, adentro se apoyó en el renacer de una religiosidad popular que hoy en política atrapa más que las ideologías. Y bajo la excusa de mayor democracia, intentó construir una monarquía popular en la que el voto de los pobres consolidara más un rey vitalicio que un presidente republicano.
La paradoja del nuevo siglo es que las religiones establecidas y las monarquías formales -que comparten con las ideologías y la política la incredulidad popular- para sobrevivir devienen más laicas, mientras que los que se dicen continuadores de las viejas revoluciones anticlericales y antimonárquicas, hoy quieren ser papas o reyes. Así, mientras Benedicto XVI resulta ser el Papa que por primera vez en la historia moderna renuncia a su mandato de por vida, y mientras los reyes europeos se jubilan -o sus súbditos les piden que renuncien-, algunos presidentes democráticos se proponen eternizarse en sus cargos igual que los reyes absolutos, reuniendo en su sola mano el poder monárquico y el religioso.
Logrando de ese modo que los intelectuales que añoran las revoluciones que ya no serán se postren a sus pies, creyendo recuperar a través de esos líderes sus viejas utopías más a través de la fe que de la razón histórica. Por su lado, los pueblos se dejan conducir por estos nuevos papas reyes esperando lograr a través de ellos lo que no les dieron los políticos que en nombre de la razón volvieron al mundo más irracional. A cada cual se le da la fe que cada uno requiere.
A Hugo Chávez se lo podrá criticar por muchas cosas, pero en estos momentos, cuando se trata de hacer el balance de su vida, es necesario entender lo que él entendió, más que condenarlo por lo que careció o por aquello en lo que se excedió.