Como contrapartida al ébola, enfermedad que atemoriza al mundo y sobre la cual la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha alertado que podría provocar hasta 10.000 contagios semanales en los próximos meses, se debe destacar por un lado la importancia de la naturaleza y su conservación de cara a su potencialidad para hacer frente al virus, y por otro el valor de una respuesta coordinada ante la emergencia sanitaria por parte de la comunidad internacional.
Debe recordarse que desde el comienzo de la humanidad, el hombre se ha valido de la naturaleza, y especialmente de las plantas, para lograr distintos objetivos terapéuticos que van desde la analgesia pasando por la anticoncepción hasta el uso de plantas con fines antipiréticos, antiinflamatorios y la lucha contra la leucemia infantil. No en vano varios estudios científicos demuestran que entre 25 y 50% de todas las drogas que se prescriben en los Estados Unidos han sido desarrolladas a partir de las virtudes medicinales de las plantas.
En la misma dirección apunta la OMS que estimaba que hasta hace unos años alrededor de 80% de la población mundial dependía de medicinas tradicionales para el cuidado de la salud primaria, presumiendo que la mayor parte de ellas involucraba el uso de extractos o de principios activos de plantas.
La utilidad de la naturaleza para la industria farmacéutica es real y prometedora de cara al futuro ya que a nivel mundial se conocen alrededor de 400.000 especies de plantas y de ellas se ha reportado que entre 25.000 y 75.000 han sido usadas por la medicina tradicional para curar diferentes enfermedades, habiéndose estudiado científicamente tan sólo 1% de tal cantidad con el fin de comprobar todo su valor terapéutico.
Por suerte, la comunidad internacional ha percibido esta realidad y amén de comprometerse como primer paso a conservar y utilizar sosteniblemente la biodiversidad, principalmente a través del Convenio sobre la Diversidad Biológica, ha previsto acuerdos internacionales para dar respuesta a emergencias sanitarias como la que presenta el ébola. Entre ellos destaca el Protocolo de Nagoya, el cual oportunamente entró en vigor el pasado 12 de octubre después de 4 años de su adopción.
El mismo regula el acceso a recursos genéticos y la distribución justa y equitativa de sus beneficios a nivel internacional. El acuerdo, en reconocimiento de los derechos soberanos que los países ejercen sobre sus recursos naturales -incluidos los genéticos- busca que el acceso a éstos sólo se dé cuando medie consentimiento fundamentado previo del país proveedor de los mismos y que exista una distribución justa y equitativa de beneficios entre el solicitante de acceso -una empresa farmacéutica, por ejemplo- y el proveedor de los recursos. En este sentido, el Protocolo de Nagoya busca terminar con la denominada “biopiratería”.
La comunidad internacional, a través del Protocolo de Nagoya, cubre también el acceso a recursos genéticos en situaciones de emergencia que creen amenaza o daños para la salud humana tal como es el caso del ébola. En este supuesto, la norma internacional determina que el acceso a los recursos genéticos debe ser expeditivo, dejando poco margen para que el país poseedor de un recurso genético capaz de salvar vidas, niegue el acceso al mismo sin asidero en razones de gran peso.
Con tal solución se quiere evitar casos como el producido en 2009 cuando en medio de la pandemia mundial causada por el brote de gripe A H1N1 (conocida como gripe A o gripe porcina), Indonesia denegó el acceso a un recurso genético del país potencialmente útil para desarrollar una vacuna a laboratorios de Alemania. Por otro lado, para evitar injusticias y reconociendo el aporte especial del país proveedor del recurso genético valioso en caso de emergencia sanitaria, el
Protocolo obliga además a distribuir de manera justa y expeditiva con el país proveedor del recurso genético los beneficios derivados del desarrollo del mismo (en este caso de una vacuna), incluyéndose entre estos beneficios el acceso a tratamientos asequibles para los necesitados y especialmente para aquellos que se hallan en los países en desarrollo.
Felizmente la comunidad internacional ha reaccionado rápidamente al comprometer a los países a dar soluciones efectivas y eficientes al acceso a recursos genéticos en caso de emergencias sanitarias que impliquen amenaza a la salud humana como la del ébola. Otra cosa, por supuesto, es que al final estas obligaciones realmente se cumplan.
Por lo pronto lo único que se puede afirmar es que esta enfermedad pondrá a prueba la voluntad genuina de los países en buscar respuestas coordinadas y generosas a la hora de proteger a la población, gatillando probablemente, los mecanismos expeditivos de acceso a recursos genéticos.