El cambio formidable que dio nuestra vitivinicultura se comenzó a gestar a principio de los ochenta, cuando ya sumergidos en la crisis se comenzó a vislumbrar la necesidad de cambiar el rumbo. Entre otros hechos, se aclaró la tremenda confusión ampelográfica, se estudió la adaptación de los cepajes a nuestras áreas vitícolas y la influencia de factores agro climáticos sobre su calidad. Fueron las bases productivas con que contó la industria para la reconversión de los años ’90 .
La revolución de los noventa
Cuando nuestro país decidió producir vinos exportables fue necesario cambiar los sistemas de elaboración y crianza del vino. Se cambiaron piletas por tanques inox y los viejos toneles por barricas. Fueron años de aprendizaje, que necesitó de un “savoir faire” por parte de técnicos nacionales y extranjeros. El viñedo tomó protagonismo como base fundamental para el diseño del futuro vino.
La viticultura y enología, hasta entonces separadas, comenzaron a trabajar juntas provocando una verdadera revolución, que dio su fruto con la elaboración de grandes vinos. La tarea incansable de bodegas, institutos oficiales y promotores privados hicieron conocer nuestros vinos a través de concursos en diferentes partes del mundo. En el año 1996 vimos con alegría la recuperación de la superficie plantada con malbec, que había caído a tan solo 10.000 hectáreas, de las 67.000 hectáreas del año 1966.
La primera década del 2000 significa el afianzamiento de estas tendencias, que lamentablemente no alcanzan a toda la industria. El malbec se consolida como vino de bandera. El riego presurizado permite ampliar la frontera vitícola hasta zonas de alturas antes impensadas y la tela antigranizo garantiza la cosecha. Aparece la figura del “winemaker”, responsable del viñedo y la bodega. El turismo enológico nacional y extranjero emerge con fuerza y el consumidor aparece como nuevo actor en la industria del vino.
La "segunda reconversión"
Tal vez la causa de la reconversión de los últimos años tenga como origen el ingreso del consumidor como parte fundamental en el diseño del vino. Sus cada vez mayores exigencias lo llevan a opinar a través de redes sociales, cofradías, sommeliers y comunicadores. Su curiosidad y experiencia buscan los matices que les otorgan a los vinos los diferentes suelos, climas, cepajes y prácticas vitícolas.
Una generación más amistosa con la naturaleza lleva los postulados de la agricultura orgánica a la viña y a la bodega. El grado alcohólico baja por requerimientos de salud. La nueva cocina exige vinos compatibles con comidas variadas.
Las bodegas se adecuan a su presencia, escuchan sus opiniones y cambian prácticas vitícolas y enológicas, incorporan nuevos cepajes y crean nuevos estilos de vinos. Los enólogos interactúan con ellos, como un consumidor más, desempeñando un nuevo rol, muy expuesto y distinto al de aquellos años cuando eran los guardianes de los vinos en las entrañas de la bodega.
Todos estos cambios proyectan en la industria una “segunda reconversión” cuyo alcance sólo podremos dimensionar en los próximos años.