La generación de un vínculo educativo supone co-construcción, es decir, un encuentro entre dos protagonistas, no un productor de contenido y otro consumidor de contenido- en momentos sucesivos durante la realización del vínculo. Para lograrlo, quien genera la posibilidad del vínculo, el docente, debe conocer a su interlocutor: el estudiante.
La tecnología digital ha generado un efecto profundo en algunos estudiantes, a diferencia de tecnologías previas que impactaron pero no en la magnitud que ésta lo hace en sus vidas cotidianas. Nacieron con un “chip”. Iphones, smartphones, tablets son parte del arsenal tecnológico del que no se pueden desprender; los acompañan en todo evento, público o privado y sin límites, sin desconexiones visibles.
Es necesario precisar que el uso de conceptos como Generación Milenio, Generación Google pueden resultar confusas si no consideramos bien lo que ocurre en la realidad. De algún modo, representan un cuadro simplificador porque las evidencias indicarían que hay una minoría que usa poco la tecnología y una gran mayoría que hace un uso intensivo de ella, pero no necesariamente con una comprensión profunda de su uso. Es decir, no se trataría de un fenómeno homogéneo respecto del uso de las tecnologías digitales y habría variaciones significativas entre los estudiantes.
Es por ello que algunos autores consideran que no se trata de una “generación” sino de una “población” que no presenta una distribución homogénea. Lo que sí podemos establecer, ya sea de generación o población, es que no se trata de saber si son mejores o peores aprendices sino de explorar la manera como se vinculan con el mundo.
Los primeros ven a la web como un grupo de herramientas para enviar o manipular contenidos. No es un lugar para pensar o desarrollar ideas. Esto lo realizan fuera de línea. Pueden funcionar limitándose a visitar lugares específicos para fines específicos, sin dejar una huella detrás.
Los segundos, dedican todo su tiempo en línea en la interacción social; ven a la web como un lugar en el que hay grupos de amigos y colegas con quienes pueden compartir información sobre lo que hacen y estudian, y generar contenidos. La distinción en línea y fuera de línea se hace difusa. El hecho que Wikipedia sea un producto colectivo no les preocupa. Lo que es importante es cómo encontrar información relevante que ellos encuentran para sus necesidades particulares.
Unos y otros usuarios de la tecnología digital navegan casi displicentemente de Facebook a Twitter a Instagram y, por supuesto, están muy alertas al sonido de Whatsapp o están enviando uno, y naturalmente esperan respuesta inmediata (que es su gratificación). La tecnología es su ventana al mundo. Sus mundos no son mejores o inferiores a los nuestros; sólo son diferentes.
A este grupo de estudiantes, el ingreso a la cultura del aula, se podría decir que les produce un impacto: ingresan a un mundo antiguo, a una tecnología antigua, a procesos mentales que no los acercan necesariamente: es un mundo de una cosa a la vez, de procesos que son lineales -y de los que no necesariamente son autores -, no se sienten suficientemente estimulados por la dinámica que se emplea y a menudo en la clase, con el celular silenciado, navegan en búsqueda de lo que realmente les interesa: una foto, un mensaje a la mamá o a una amiga.
Se la ha denominado la Generación Milenio o la Generación Siguiente, pero se ha partido de la caracterización de un grupo humano homogéneo. Pero la realidad revela que no se toma en consideración a aquellos que no están conectados.
Es decir, no todos tienen un perfil similar, por lo que hay que evitar el riesgo de la generalización de pensar que todos son sociales, experienciales, multitarea, pero sí tienen rasgos distintivos que los diferencian de generaciones anteriores y que están asociados al uso de la tecnología. Los que son visitantes o residentes se sienten diferentes, con identificaciones distintas, pero dispuestos a compartir. Se trata de perfiles que la enseñanza debería identificar en cada aula y considerar para que se concrete el vínculo educativo.
La cuestión es cómo enfrentar la manera de enseñar -de involucrar y generar el vínculo- a este grupo de visitantes o residentes sin descuidar a aquellos que han quedado marginados.
De algún modo, la escuela tiene que hacerlos partícipes del mundo digital. Éste es un tema preocupante: el devenir de los integrados y de los marginados, si se sigue aumentando una brecha digital que es más grave cuando se trata de grupos de iguales, entre estudiantes de un mismo curso, de una misma escuela. En especial, si este fenómeno implica una serie de carencias educativas y de formación de base que debilitan aprendizajes posteriores, incluido el tecnológico.
Se trata de encontrar las formas necesarias para anudar el contenido educativo y cultural con la cotidianidad de los estudiantes. Hay que aprovechar sus capacidades de búsqueda -no necesariamente apropiadas- y guiarlos para dar a éstas un sentido sustantivo -como proceso de desarrollo intelectual y cultural-, en especial ligar este tipo de proceso con la capacidad de pensar críticamente sobre la información y cómo usarla e interpretarla.
Dado que para esta generación el producir contenido es importante, hay que generar los espacios que lo posibiliten. Para este efecto, se pueden usar YouTube, Facebook, Twitter e innumerables aplicaciones disponibles para producir contenido educativo a través de imágenes y audios. No olvidemos la enorme capacidad que tienen los estudiantes para movilizarse usando las redes sociales.
Hay que dejar claro que al compás de la aceleración y la fugacidad, los estudiantes se sentirán más cómodos en el aula y en estas condiciones podrán atrapar contenidos, pero no necesariamente desarrollarán una subjetividad crítica y que desplieguen, desde allí, su propia creatividad. Esto porque acopio de información no es conocimiento. De los docentes dependerá que accedan a interrogarse para qué y por qué, de ayudarlos a tener un lugar crítico frente a los saberes, de fomentar su imaginación y reflexividad.
Los visitantes o residentes no tienen largos períodos de concentración por lo que el “consumo de contenido” debería ser breve, aumentando las discusiones en grupo y haciendo disponible el material usando la tecnología. Además, habría que permitir el proceso de multitarea en la clase misma: escuchar un audio, ver un video, enviar mails, compartir imágenes, compartir el contenido de la clase con amigos, entre otras tareas, y todo esto al mismo tiempo. Pero todo sin descuidar la profundización que significa aprender culturalmente.
Hay que aceptar que ellos trabajan con la atención dividida en lugar de focalizada. Lo peor que nos podría ocurrir es rechazar sus formas de conexión y comunicación con los demás y con el mundo. Aunque debemos reconocer el hecho de que muchas personas están disgustadas con las formas nuevas de comunicación, por ejemplo, las “selfies”.
Por otro lado, hay que tener presente que en las décadas pasadas se consideraba que los niños habían alcanzado su madurez al llegar a los 16, 17 años, pero actualmente la prolongan cercana a los 20 años. En parte debido a que ha cambiado el entorno económico y cultural que ha provocado que vivan con sus padres de manera más prolongada. Sus cerebros se siguen desarrollando y esta generación necesita tener validación de sus redes sociales antes de hacer nada. Por otro lado, las evidencias científicas han demostrado que el desarrollo de sus cerebros afecta la manera como digieren la información.
En síntesis, se requiere reconocer sus modos de acceso al mundo de hoy -de integrados y no integrados- y encontrar la forma de generar en ellos procesos de atención sostenidos y focalizados, al mismo tiempo que convivir con sus estilos digitales. De la escuela dependerá que se aborden las limitaciones en sus procesos de socialización a través de la tecnología digital y puedan impactar de manera positiva a la sociedad.
Hay que producir estrategias que permitan enfrentar el aburrimiento y la forma acelerada que usa esta generación al momento de trabajar con la información. Es tarea de los docentes escuchar y observar a esta generación de estudiantes y, mediante procesos creativos, encontrar el camino para hacer posible el aprendizaje de una generación que se conecta a la información de una manera más superficial, que sus procesos de atención no tienen el nivel sostenido de generaciones previas que, en el caso de visitantes y residentes, buscan su libertad mental navegando sostenidamente de un punto a otro, muchas veces sin un sentido claro. Para que el vínculo educativo se profundice se requiere este encuentro de los protagonistas para hacer posible la co-construcción cultural entre el estudiante -cualquiera sea su estado: partícipe o no partícipe de la tecnología- y el docente.
Finalmente, hay que señalar que los procesos de medición estandarizados de los procesos de aprendizaje del sistema formal aún no se hacen cargo de las maneras de aprender de los visitantes y residentes, por lo que mucho de lo que ocurre en el mundo interior de estos estudiantes no es validado formalmente. Esto es un problema delicado que requiere atención urgente pero las aulas no deberían esperar al dictado de la norma y no perder tiempo para el necesario encuentro sano y necesario de las generaciones, en un entorno de tantas desconfianzas, incomprensiones y cálculos oportunistas.