14 de octubre de 2014 - 00:00

¿Hacia una escuela sin maestros? Reflexionemos juntos

Perdón por el título de esta nota que suena como un exabrupto, como una profecía de un futuro no querido. Pero la verdad es que, por lo menos en Mendoza y también en otras jurisdicciones, se observa una falta constante de disponibilidad de docentes que estén titulados, sobre todo para el nivel primario y educación especial.

Por eso, en los últimos años las autoridades educativas de la Provincia de diferentes gestiones han reconocido la falta de maestros, en particular en las escuelas de educación primaria. En nuestra provincia se ha reconocido que faltan en este momento por lo menos 500 docentes titulados para ocupar los cargos disponibles.

Pero, si se incluye a reemplazantes o interinos, producto de diferentes licencias, como razones de salud profesional, la cantidad se triplicaría. En razón a esa falta se está autorizando el desempeño de estudiantes de carreras docentes u otras personas con algún antecedente.

El educador en general, pero en particular el maestro de la educación primaria, es el factor más importante, universal y necesario para el desarrollo de la vida social y cultural del país y de la provincia, junto y en forma complementaria con la familia. Más aún, es la base desde la cual prácticamente se desarrolla el hombre o la mujer, primero niño, luego joven y después adulto, que se realizará como persona. Por eso el Estado la declara obligatoria y le dedica muchos esfuerzos.

Pero, ¿qué pasa que faltan vocaciones?; ¿qué pasa con los docentes en ejercicio que muchos se enferman por la función? En definitiva, ¿por qué son poquísimos los jóvenes que eligen esa carrera y la mayoría de los que hoy se están formando son de extraedad?

Sin dudas que la respuesta no es simple. Los perfiles, las imágenes y los conceptos o cualidades vigentes en la época fundacional del sistema ya no sirven. Ya no alcanza el considerar la nobleza del trabajo ni tampoco las mismas “recetas” de otra época. Es decir, la respuesta es verdaderamente compleja, como altamente compleja es la sociedad en la que vivimos, donde los cambios son vertiginosos, lo impredecible es de todos los días, la diversidad es una constante que sorprende, los medios comunicacionales compiten con la educación.

A su vez arrasa las costumbres la tentación consumista y competitiva alimentada por el capitalismo, y los recursos de comunicación también compiten, se sustituyen, todo lo cual genera nuevas condiciones de vida, valores y expectativas de futuro. Se trata de la modernidad tardía, de un período de tránsito y transformación.

El impacto del cambio que se está viviendo es tan medular que lleva necesariamente a la vulnerabilidad del ser de las organizaciones y del ser de las personas, en un contexto de proceso hacia lo imprevisible, lo diverso. Esa situación de la realidad e indefinición del futuro próximo aconseja trabajar las posibles soluciones desde una mirada más profunda y reflexiva.

Habitualmente la educación se evalúa sólo por los resultados. Pero el resultado es producto de los procesos que se dan en las escuelas, sumado a las experiencias que el niño o joven recoge en el ambiente social, los medios de comunicación, las costumbres, etc. Por eso, la clave de la explicación está dentro y fuera de la escuela. Por eso desde las organizaciones sociales, y en primer lugar de la familia, se debe asumir la prioridad y el compromiso con la educación, en particular el período de edad correspondiente a los primeros años de vida de la educación básica.

La educación hoy es mucho más que alfabetizar y transmitir conocimientos. Se trata de formar personas integralmente, en todas las dimensiones de su ser y su capacidad de pensar, hacer, relacionarse, convivir, proyectar y proyectarse. Es formar personas con desarrollo cognitivo, social y cultural.

Pero, también se debe reconocer la relación sistémica de la formación con todo el quehacer de la vida social, económica y cultural, para actuar significativamente y con eficiencia.

Dentro de esta priorización, el rol del educador, su perfil profesional, se debe reposicionar para valorizar, fortalecer, apreciar la alta exigencia de la formación de personas con los requisitos y las cualidades que la vida social de hoy exige. La preparación y desempeño del docente debe programarse y ejecutarse como la del responsable de un futuro que requiere fortaleza y capacidades para atender a desafíos todos los días.

Pero debe resolverse también el ambiente y las condiciones en las que se ejerce la profesión, lo que tiene que ver con el tiempo de dedicación y las características del espacio de trabajo y de los recursos disponibles. Hoy el profesional que se desempeña en esa actividad crítica y a la vez estratégica, requiere las condiciones de desempeño y la práctica del diálogo, del trabajo en equipo, del análisis de situaciones, de la programación compartida, del reconocimiento del esfuerzo, de la gratificación de ser reconocido.

También la posición y valorización de la profesión tiene que mostrar, hacer evidente, que la sociedad reconoce la nobleza y dedicación de su tarea. Esa conciencia en acción que pone la sociedad la deben vivenciar los docentes por las condiciones de desempeño y el reconocimiento salarial. Asimismo, la familia, base de la constitución de la sociedad, también debe actuar en comunicación y cooperación con la escuela y el profesional educador.

En lo que se refiere a los procesos y recursos utilizados para la formación docente se trata de un punto clave que también ha preocupado siempre a las autoridades y tiene toda una historia. Pero es necesario analizar cómo se han propuesto los cambios y sacar conclusiones. 
En este momento se está implementando el cambio de llevar la formación a 4 años de estudio en el nivel superior, con un perfil y objetivos que apuntan prioritariamente al "deber ser" y poco a las capacidades complejas requeridas hoy, con verdadero compromiso social, con abordaje de "situaciones" y el trabajo por la resolución de problemas y, siempre, con el fortalecimiento del sentido. También se prepara al docente para una escuela primaria que se sigue considerando en gran parte como el lugar de transferencia de contenidos y no del trabajo con y para la realidad.

Por eso mismo, las prácticas en las escuelas se ajustan a lo disponible, con modelos institucionales tradicionales, con docentes que transmiten contenidos, de buena voluntad pero también muchos “cansados”.

Finalmente, tampoco se avanza en una diferenciación y actualización sobre las condiciones laborales, que sean atractivas para este egresado como profesional formado con más exigencias y años de estudio.

Por eso, desde hace años, la vocación docente dejó de ser referencia importante para los egresados del nivel medio. Esa vocación por ser educador es elegida hoy mayoritariamente por jóvenes que no han podido realizarse en la vida cultural y/o social, con una edad promedio de ingreso de 22 a 23 años. Esta edad de mayor madurez social de los ingresantes, no es en sí misma grave, y significa una oportunidad social y cultural digna de atender y aprovechar.

En busca de una alternativa

El primer problema que se debe resolver es el de la gestión de cada escuela, que debe concebirse como organizaciones con vínculos sociales y organización interna interactiva. Este cambio se constituye en una necesidad imperiosa que se refiere tanto a la institución formadora como también a las escuelas primarias o especiales donde se realizarán las observaciones, prácticas o residencia de futuros docentes.

Un educador en formación termina de fortalecer su rol, su vocación, su comportamiento profesional en la escuela donde hace las prácticas profesionalizantes. Por ello, el fortalecimiento de las escuelas asociadas, la revisión de la relación como una “sociedad en red”, son prioritarios para que las prácticas docentes sean con un aprendizaje nuevo y eficiente.

Por otro lado está la visión del educador como un experto que aplica procedimientos preestablecidos y evalúa resultados. Esto no puede ser así en la convivencia con el cambio. Por eso se requiere una dedicación y condiciones de trabajo que permitan que el educador pueda disponer del espacio y los recursos para preparar adecuadamente sus materiales de trabajo, encuentre la forma y el espacio para el diálogo y su relación laboral con los iguales.

Asimismo, está la consideración que da la sociedad al rol del educador, lo que se debe observar claramente en el respeto y sobre todo en el apoyo a las tareas, consejo, comportamiento social, etc.

Finalmente se debe dar el reconocimiento laboral a la preparación y las exigencias del desempeño que incluya dedicación, capacidad creativa, trabajar situaciones de la realidad y madurar niños o jóvenes en capacidades y en contextos gratificantes.

Sin dudas que la enumeración es insuficiente, pero lo menos que podemos hacer es tomar conciencia del problema y ponernos a trabajar, teniendo presente la realidad que vivimos todos los días y el futuro hacia el cual queremos apuntar. Es necesario y urgente considerar al maestro como el artesano de la calidad de la vida social de todos los días.

Sin maestros bien formados, integrados y gratificados no habrá sustentabilidad.

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