Los fenómenos climáticos producen transformaciones en que generan desequilibrios transitorios, a la vez que rápidamente crean nuevos equilibrios en otros niveles de relación.
Los fenómenos climáticos producen transformaciones en que generan desequilibrios transitorios, a la vez que rápidamente crean nuevos equilibrios en otros niveles de relación.
Podríamos citar como ejemplo el fenómeno del efecto invernadero como el gran desequilibrante de climas regionales ya que no es regular o uniforme en todos los puntos del planeta; en algunos lugares dicho efecto es de mayor o menor intensidad que en otros.
En esencia, consiste en una acumulación o capa de gases en la atmósfera alta que no dejan escapar el calor de la Tierra generado por la radiación solar. A su vez este estado atmosférico más caluroso genera desequilibrios climáticos.
En este contexto podemos esperar concretamente algunos fenómenos transitorios o estacionales, como inundaciones de zonas bajas, aluviones y deslaves que puedan complicar la vida de poblaciones costeras y zonas cercanas al cauce de los ríos, y otros más duraderos y peligrosos como el derretimiento de los glaciares y hielos polares con el consecuente aumento de la superficie de los mares que cambiaría el mapa del planeta al desaparecer zonas bajas costeras e islas.
Sin embargo, otros efectos podrían producirse a consecuencia del fenómeno descripto al principio y que es preocupación central de los científicos ambientalistas en general. La formación de nuevos e impiadosos frentes de tormentas violentas, ciclones y huracanes en las zonas calientes del planeta y en otras regiones hasta ahora más calmas.
Pues bien, lo expresado sería lo que hemos llamado al principio efectos desequilibrantes en el medio ambiente. Ahora analizaremos de qué manera, y según nuestra forma de ver, esos desequilibrios podrían naturalmente adecuarse a nuevas formas de relacionamiento entre fenómenos naturales, lo cual pasaría a constituir los llamados nuevos equilibrios.
Queda claro que mientras no se avance en la lucha para disminuir el calentamiento global no será posible obtener beneficios evidentes para la vida en la Tierra, y a cambio seguiremos corriendo los riesgos que ya todos conocemos como: aumento en el nivel de los mares, aumento visible anual de las temperaturas promedio del planeta, aumento de la polución ambiental (aire, suelos, ríos y mares), reducción de áreas de siembra y pastoreo para la agricultura y ganadería respectivamente, desaparición de importantes zonas terrestres bajas, ciclones, huracanes y tormentas tropicales en más lugares, y desmontes de bosques para desarrollar más agricultura.
¿Cómo sería entonces el restablecimiento del equilibrio ambiental y cómo quedaría el nuevo escenario después de los probables fenómenos explicados?
En primer lugar, el deshielo acelerado provocaría aluviones y éstos podrían fertilizar otras regiones del planeta hoy sin acceso al agua; esto va asociado a un probable cambio del cauce principal de muchos ríos que no necesariamente perderían su lecho actual. Claro que, todo esto duraría un tiempo limitado, en rigor hasta que se acaben los hielos de las montañas y los polos.
Sabemos que el Polo Sur es continente y el Norte sólo agua. Entonces, en caso de derretimiento total de ambos tendríamos un nuevo continente (Antártida) con tierras seguramente aptas para el cultivo de alimentos más resistentes a temperaturas frías, ganado y asentamientos poblacionales (no vamos a considerar aquí aspectos políticos relacionados con eventuales conflictos sociales relativos a la propiedad de esas nuevas tierras).
El Polo Norte, en cambio, serviría para desarrollar nuevas rutas marítimas de transporte que beneficiarían al comercio entre países de ese hemisferio.
El hielo que se derretiría en el océano enfriaría sus aguas y evitaría la muerte del plancton marino principalmente en las zonas cercanas o su descalcificación, que es el fenómeno que ahora está sufriendo, mientras que en las zonas tropicales el aumento de las temperaturas provocaría mayor evaporación y consecuentemente mayor cantidad de lluvias tanto en las zonas tropicales cuanto en las templadas, reforzando así el aumento de la superficie de siembra y crianza de ganados.
Nos quedaría un mundo terrestre más chico y más concentrado poblacionalmente con muchos procesos naturales que deberían cambiar y no tanto en el reino animal ni vegetal porque de ellos vivimos, sino en nosotros mismos, comenzando por limitar la tasa de crecimiento.
La ciencia humana debería trabajar en el área de investigación para cambiar gradualmente la forma de alimentación y mantenimiento de la calidad de vida, así como la ciencia política ocuparse de redistribuir las poblaciones en áreas de seguridad y evitar todo conflicto en el proceso.
Ya hubo procesos de riesgo de la vida humana colectiva en el pasado, de algún modo anunciada siglos atrás por Thomas Malthus, pero la humanidad reaccionó a través de la revolución verde en primer lugar y luego con los avances de la medicina.
Nada indica que no se podrá repetir este fenómeno, naturalmente que en otros niveles tecnológicos, pero para ello hay que ya comenzar a discutir esto en todos los foros desde su primer nivel que es el IPCC (Panel intergubernamental para el cambio climático) y aun en nuestras propias familias.
Los gobiernos tendrán que comenzar a tomar decisiones importantes y prácticas desde ya, porque el futuro está en gran parte en su accionar, sabiendo que, el desarrollo económico no es incompatible con el cuidado del medio.
El IPCC ya ha definido en 2007 que la temperatura del planeta no debería aumentar más de dos grados desde la era preindustrial hasta ahora, de modo que no sirven de nada las declaraciones y anuncios políticos de los gobiernos de proyectos, faraónicos o no, que nunca salen del papel o salen sin sujetarse a principios ambientales. Es la hora del compromiso total con la casa que nos cobija: la Tierra.