En el planeta
En el planeta
Violencia, destrucción y muerte han caracterizado a los siglos XX y lo que va del XXI. Se han aniquilado pueblos y las guerras han producido millones de muertos. La destrucción de la naturaleza ha sido otra de las obras maestras de la humanidad. Había pueblos no afectados directamente por estas atrocidades aunque sí por algunas menos graves pero no menos degradantes. Muchos nos preguntábamos ¿cuándo Dios reaccionará y cómo? Y los no creyentes, ¿qué sucederá en el mundo por la malicie encarnada en el género humano?
¡Y finalmente se produjo! Vino de la mano de un virus, de un organismo vivo pero insignificante e invisible. Un enemigo universal agazapado, sin formas, sin misiles ni armas químicas, sin bombas atómicas ni de hidrógeno, sin grandes ejércitos invasores ni holocaustos, sin dictadores perversos ni fanáticos dispuestos a inmolarse con tal de matar a miles de inocentes. ¿Y por qué le tememos más a este organismo asesino que a todos los destructores de la humanidad presentes y pasados? Porque no lo vemos, porque no podemos luchar contra él, porque no podemos defendernos y porque podemos morir en cualquier lugar y momento, sin estar en un teatro de operaciones. ¡Estamos todos condenados sin saber si sufriremos o no la pena de muerte! Descubrimos que somos muy duros y valientes para luchar y matarnos entre nosotros ¡pero cobardes ante el ataque atroz de un microbio microscópico que no vemos y que ha venido a exterminarnos sin que sepamos cómo ni cuándo! ¡Y huimos como ratas de un barco que se hunde!
Ante los otros enemigos sabíamos que no estando en los escenarios de guerra o seguros en refugios especiales nuestras posibilidades de sobrevivir eran casi totales. Ante el covid-19 o coronavirus no sabemos cuándo ni cómo vendrá la muerte a llevarnos, estemos donde estuviéremos. ¡Entonces entramos en terrorífico pánico!
¿Pero esta crisis mundial es nada más que eso, una crisis?
El virus nos ha encarcelado a todos en nuestras casas. Ha sido y es una condena anticipada con un dato curioso: nadie ha dictado sentencia ni ha ejercido el poder para encerrarnos pero estamos presos de hecho. No hay motochorros, delincuentes, estafadores, violadores, asesinos ni nadie en las calles que nos haga daño. ¡Porque están presos junto a nosotros!
La naturaleza se está recuperando y el medio ambiente está vol
viendo ha ser un lugar seguro. Porque fuimos los humanos, hoy recluidos, los depredadores. El miedo ha aterrorizado nuestras mentes y nuestras acciones dolosas. Nuestra vida no será la misma y todo lo que construimos hasta ahora deberá ser revisado porque hemos descubierto que no nos ha servido para nada tal como lo hemos hecho.
En Argentina
Estábamos enfermos. Mayoritariamente preferíamos al autoritario que al demócrata. Aspirábamos a vivir del Estado antes que de nosotros mismos. Y los populistas y demagogos nos convencían con un manojo de mentiras que las creíamos verdades reveladas. El virus nos hace pensar en la estupidez que vivimos.
¿Realmente gobernaban nuestros representantes? No. Suplantamos a nuestros gobernantes por “movimientos sociales”, que en realidad son partidos políticos de izquierda disfrazados, algunos identificados con los gobiernos de turno (cristinistas) pero todos viven de subsidios del Estado que pagamos los contribuyentes. No trabajaban ni estudiaban mostrando una Argentina paralizada por piquetes y revueltas populares. Los gobernantes y legisladores les temían y aceptaban sus exigencias.
Veníamos de cinco grietas que paralizaban al país. Siglo XIX 1a- unitarios y federales; siglo XX 2a- gobiernos militares y civiles, 3a- peronismo y anti peronismo; siglo XXI 4a- kirchnerismo y anti kirchnerismo, 5a- populismo y democracia. Cinco grietas que no nos dejaban crecer ni desarrollarnos. Esto deberá cambiar porque la solidaridad sin grietas nos curará.
El Estado siempre se agrandaba un poco más y crecía el gasto y el déficit fiscal, cubierto por emisión inflacionaria. Más impuestos y más pobreza. Más deuda y más inflación. A muchos el virus nos hace pensar que el cambio debe ser total.
Los gobiernos ignoraron a las universidades y esto producía un vacío de inteligencia nacional. De los Premios Nobel, desde 1901 en que se crearon, Argentina solo tuvo 5: Carlos Saavedra Lamas, Bernardo Houssay, César Milstein, Federico Leloir y Adolfo Pérez Esquivel. El virus nos obligará a incentivar nuestra inteligencia para registrarla en el mundo como una de nuestras prioridades fundamentales.
Sin una Justicia eficiente y respetada no hay democracia. Juicios civiles y penales con 25 años de tramitación tornan inoperante al sistema judicial. Y uno de sus defectos menos comentados es el de las “sentencias libros”. Los jueces confundieron su rol porque en tanto jueces no son catedráticos. Las sentencias no deben extenderse más de 6 o 7 fojas las más complicadas. Sentencias y prisiones preventivas de 600, 700 hojas o más se agregan a los ya eternos procesos productos de las chicanas de los litigantes, que desmerecen a los abogados y a la Justicia en general. Esta es una grave causa de enfermedad colectiva.
Los candidatos prometen solucionar el problema de los jubilados y el de los pobres. ¡Nunca lo hacen! Nuestros mayores desde hace varias décadas y los pobres, son cada vez más y más indigentes. Pero hay jubilaciones de 200, 300, 500 mil pesos o más y pobres que avergüenzan la sensibilidad de todos menos de los gobernantes. Y también sueldos escandalosos de gobernantes y legisladores con privilegios obscenos que no quieren perder.
¡Quizá el virus nos vuelva mejores personas!