Sí, claro. A ciencia cierta, la existencia del Universo, y en él, la del Planeta Tierra con toda la vida que contiene -también la nuestra- es un verdadero misterio. Y, por lo mismo, para nosotros hay un “velo” que no nos posibilita conocerlo y explicitarlo hasta sus últimas consecuencias. El Universo, con sus millones de galaxias y billones de planetas y otros objetos rotando por el espacio, es algo que “nos ha sido dado”; al nacer, cada uno de nosotros “se ha topado con ello”, “ya estaba allí”.
La humanidad, realmente consciente de su trama y drama en este mundo, está estupefacta ante la vida y nuestra existencia: ¿A qué viene todo este despliegue cósmico, esta oscilación entre la angustia de vivir y el éxtasis de sobrevivir; este desconcierto por la desmesura física del cosmos, por la desmesura política del poder y por la desmesura del mal que corroe y corrompe el bien? Dostoievski decía que “el secreto de existir está en saber para qué se vive”; yo agregaría por qué y qué es lo que se vive. El secreto de la vida parece replegarse en la propia vida, y albergarse y ocultarse, finalmente, en la muerte.
En realidad todos tenemos algo que decir y decidir, “revelando o desvelando”, con cuidado y reserva, el secreto o secretos de la vida y de nuestra propia existencia, su problemática presencia, su enigmático ser. Decía un divulgador científico que, “en nuestro tiempo, Dios se ha vuelto más pequeño y la ciencia más grande”, pero la ciencia no ha dado más de sí ante la muerte y su secreto (misterio) más profundo. El secreto de la vida acaba resguardado en la muerte; el secreto de la materia y del cuerpo se proyecta en su alma o espíritu; el secreto del mundo se simboliza en el “Dios”, símbolo del sentido frente al “diablo” del sinsentido.
Entonces, ante el desconcierto que todo lo anterior provoca en la humanidad, se trataría de concertar la razón y el corazón, el “funcionamiento de lo real” y “la fundamentación de eso real”.
En esta perspectiva -abierta hoy con dificultad y a duras penas- la negatividad del sufrimiento y la enfermedad comparecen como el secreto de una travesía oscura y subterránea que desemboca en la apertura final. La misma angustia y la desesperación son negatividades que abren una brecha por la que se cuela cierta luz secreta. Son aperturas que acaban en “aperturas”, son el límite revertido en confín y, por tanto, transitado y traspasado, siquiera dolorosamente.
Pero hay tantas personas que observan el final como un cierre u oclusión nihilista, y se comprende demasiado bien su negación del sentido de la vida y su rebelión contra el mal universal. Sin embargo, nada ni nadie debería encerrarnos/enterrarnos antes de encontrar el secreto de nuestra existencia, el cual es un secreto sagrado, amoroso y mistérico, paradójico y ambivalente. Porque, en el fondo, se trata de un dolor de amor, el cual constituiría el secreto profundo que posibilita nuestro existir y morir humanamente.
Nos venden la idea de que la vida es felicidad, y es cierto; pero la vida también es dolor. El dolor -cualquiera fuere- es inevitable, el sufrimiento es opcional. Porque la adversidad es la semilla de una búsqueda interna, de donde podrá nacer “nuestro verdadero yo”.
Vivimos en una sociedad hipócrita, de máscaras, de mentiras, de egoísmos, de estereotipos, donde lo importante es sobresalir, estar arriba -no importa a qué precio- ser importante. Pero cuando caemos, ya nada somos, ya nada valemos. Una sociedad que no soporta su propia debilidad y, entonces, se dedica a ver caer a los demás. Una sociedad que busca la felicidad en el único sitio donde no la va a encontrar: fuera de nosotros mismos.
Pero tanto ellos, como todos, tenemos un programa mental que, a veces, nos hace comportar como auténticos seres insensatos, buscando la felicidad en lo externo, en lo material, y esto es bueno en la medida que se haga desde un punto de vista espiritual, no mental. Tenemos que hacer un gran trabajo de “desprogramación mental” para encontrar el equilibrio, para saber que lo externo es sólo reflejo de lo interno.
Empecemos por iluminar nuestra casa, nuestro mundo interior, y no nos equivoquemos: porque la vida también es fracasar, es caerse, es aprender a ser uno mismo. La vida es un aprendizaje constante. La vida es amor, es gratitud y, sobre todo, es aprender a vivir el presente. Convertirnos en buscadores del sentido de lo que hacemos, de la verdad (la realidad) que somos cada uno de nosotros. Y es que somos una chispa divina (“muchos fueguitos”, diría Galeano), somos luz, somos energía, somos alma. ¡Todos lo somos!
¿Hemos mirado con atención a la Madre Tierra? Cuando empezamos a despertar, a descubrirnos, nos damos cuenta de que es una escuela perfecta donde venimos a aprender la ley universal más importante, la “ley del amor”: ella nos ama tanto que a pesar del maltrato que le prodigamos, nos sigue dando aire y alimento para vivir, y somos tan arrogantes al pensar que nosotros cuidamos de ella, cuando es ella la que cuida de nosotros.
Sé que, a veces, no lo parece, pero la vida es un “regalo” que invita a despertarnos en nuestro interior. Así que, no nos juzguemos tanto; soltemos toda negatividad, abracemos, amemos, juntémonos con personas que saquen lo mejor de nosotros mismos. Recordemos: cada gota en el océano es única y, sin embargo, forma parte del mismo océano. Somos Todo de un Todo, donde cada ser aporta para el bien de Todos.