Con Cristina gobernando -este mes sin ella nos dimos cuenta- existen dos características distintivas. Una, todos los argentinos -amándola u odiándola, con mayor o menor intensidad- nos convertimos en meras células de ella.
Todo se explica, o no se explica, en alusión a Ella. Dos, el estilo de gobernar de Cristina es un infinito frenesí en el que todos vivimos, siempre, en movimiento permanente. No existe nada que no tenga una explicación épica. Y presidir el país es librar una guerra eterna compuesta de sucesivas batallas que, se pierdan o se ganen, en un caso u otro se deben seguir profundizando; si se ganó, para fortalecer el rumbo; si se perdió, para recuperarlo.
A causa de ese modo de entender la política y la vida, es que para Ella no existe nadie más que Ella (y su espejo) porque los demás sólo somos soldados del bando amigo o del bando enemigo de la guerra inventada por Cristina.
En la medida que se trata de una guerra imaginaria, cada uno de los argentinos somos ubicados en un bando u otro según lo que disponga la voluntad de su divina majestad. Y como consecuencia de ese conflicto artificialmente creado, todos debemos estar -como Ella- en imparable movimiento, para que nadie tenga tiempo de detenerse a pensar de que la guerra no existe. Moverse, moverse y moverse como si cada día fuera un siglo.
Pero permanecer siempre en el mismo lugar bajo el espejismo de creer que a cada instante cambiamos absolutamente de lugar.
Y sin Cristina, la nave va. La vida según Cristina es un continuo melodrama cubierto de llanto, pasión y furia. Y Ella pone tanta energía en ello que contagia del mismo al cuerpo social entero. Melodrama que sólo se detiene cuando su cuerpo físico exterioriza la inevitable fragilidad humana para soportar tamaña desmesura. Demasiada para una mujer sola.
Este mes no dejamos de vivir los efectos del "cristinismo" porque el arrastre de su estilo no es susceptible de detenerse de un día para otro, pero, sin embargo, no se siguió alimentando el fuego sagrado que sólo Ella le impone a su misión.
Aunque no exista nada normal en la Argentina de hoy, lo cierto es que durante un largo mes actuamos con mediana normalidad al haber dejado de ser, momentáneamente, células de la mente de Ella y adquirir un poquito de relativa autonomía, en particular las células más comprometidas, aquéllas que forman parte del bando de los elegidos.
Y no es que haya sido un mes en el que no ocurrieron cosas. Todo lo contrario, dentro del mismo se vivió una de las peores, si no la peor, derrotas electorales del oficialismo, y uno de los mayores éxitos de ese mismo oficialismo, con la Ley de Medios.
Pero sin Cristina nada fue igual. Todos sus acólitos riendo fingidamente en el palco para celebrar la derrota como un triunfo fue apenas un circo, una comedia de enredos que de melodramática no tenía nada, era apenas cómica. Se reían para no llorar, y porque se lo ordenaron.
Como igual de cómica fue la aparición estelar de Sabbatella en las oficinas de Clarín para proclamarse amo y señor de las propiedades ganadas al enemigo. La cual, a pesar de que se la quiso mostrar como una batalla del Cid Campeador, más bien se asemejó a uno de los disparates del inspector Clouseau, porque faltó el relato malvinizador de Cristina, ese que todo lo convierte en una batalla celestial entre la patria y la antipatria, entre el bien y el mal.
En el mes sin Cristina hubo show pero sin épica ni relato. No fue una obra teatral dramática como le gusta a la señora, sino un circo como les gusta a sus serviles aplaudidores. Fue la Argentina un barco que anduvo solo, sin timón ni comandante, pero a la vez eso sirvió para calmar la ansiedad que Ella transmite a toda la sociedad, incluyéndola a ella misma.
Ese sentido de guerra total donde todo es movimiento sin fin, porque no hay fin sino solo pelea. Y en ella el enemigo recién se entera que lo es cuando lo señala la señora.
Del golpismo y la violencia a la intolerancia discursiva. Desde 1930 a 1983 los conflictos políticos en la Argentina se resolvieron mediante la violencia o el golpismo, o ambos juntos. La Argentina fue tirando con seudodemocracias fraudulentas, movimientos populistas, semidemocracias proscriptivas y, siempre entre medio de ellos, algún golpe de Estado que devolvía la "estabilidad" al sistema haciéndolo cada vez más intolerante y violento.
En esa Argentina, lo único estable fue la inestabilidad. Hasta que en la década del 70 se vivió un popurrí en el que asomó todo lo peor del último medio siglo: la violencia y el golpismo concentrados.
Fue tanto el delirio de esa época en todas sus vertientes políticas, que en 1983 pedimos la democracia cansados de tanta locura. No la pensamos como utopía, sino como mera sobrevivencia, aunque Alfonsín intentara darle un carácter épico, que se acabó a poco de andar. Cuando algunos despistados quisieron volver al golpismo o a la violencia guerrillera, sus estrepitosos fracasos demostraron que esas viejas técnicas del viejo régimen ya no daban resultado.
Pero eso no quiso decir que ya hubiéramos creado un sistema nuevo, sino sólo algunos anticuerpos contra lo peor del viejo. Ahora ya no se arreglaban nuestras cuitas políticas con golpes militares o a los tiros, sino con golpes de mercado o de conurbanos, adelantos electorales, asambleas legislativas y reelecciones o intentonas de re-reelecciones.
Todo eso se debe a que seguimos sin tener resuelto el problema de la sucesión política, que antes lo resolvíamos a los golpes y a los tiros.
Hoy hemos sustituido esas idas y venidas violentas por una intolerancia discursiva que nos impide entendernos a pesar de haber fortalecido considerablemente el ámbito democrático. Sin embargo, el debate es imposible y la sucesión discutible, porque aún -pese a 30 años de democracia continuada- no hemos internalizado esas prácticas.
Claro que solucionar con insultos o con odios mutuos lo que antes resolvíamos a las patadas es un avance objetivo, pero no subjetivo porque nuestros espíritus no se han acostumbrado a esa nueva realidad. Es que apenas alguien nos convoca a nuestras viejas divisiones, todos nos hacemos eco de ellas.
Por eso el debate no enriquece sino que empequeñece. Un K y un no K discutiendo -aun siendo dos personas tolerantes- mientras más avanzan en la discusión más se alejan entre sí, hasta considerarse enemigos plenos como antes lo hacían peronistas y antiperonistas, o civiles y militares. No se sienten pertenecientes a un mismo país.
Es como que hubieran desaparecido los golpistas y los violentos, pero no las causas por las cuales hubo golpismo y violencia en la Argentina previa a 1983. Hoy el kirchnerismo, sabedor de esa inexistencia de golpistas, frivoliza al golpismo (como Menem frivolizó a la democracia) acusando de desearlo a todo aquel que no coincide con sus ideas políticas.
Algo que no será peligroso mientras no se den las condiciones para que algún golpista que pueda volver a renacer adquiera algún tipo de poder significativo. Se está jugando con fuego porque no hay llamas, pero el combustible sigue a la espera del fósforo.
El talón de Aquiles de Néstor y Cristina es Néstor y Cristina. El kirchnerismo, primero con Néstor y después con Cristina, devino algo tan abarcador porque esa pareja supo reunir en sí misma una suma de cosas que no poseía nadie más: armaron un modelo donde copiaron del primer peronismo muchas de sus políticas económicas (pero no las sociales), su odio a la prensa y el culto a la personalidad.
La idea de militancia y de confrontación a todo o nada la recuperaron de los años setenta, trayendo al presente esas viejas ideologías pero reemplazando la resolución mediante la violencia por la irresolución mediante la intolerancia. Y adoptaron como modo de gobierno el caudillismo feudal provincial, ese que conjuga en una sola mano los tres poderes estatales, transforma toda la prensa en un aparato oficial y el poder político se sucede entre hermanos, esposos, padres o hijos.
Nadie imaginó en 2001/2 que un caudillo conservador de provincias, autodeclarándose heredero de una frustrada revolución setentista, predicando del primer peronismo la división (hoy inexistente) de la Argentina en dos mitades y acumulando en sus solas manos todos los pedazos de poder que la crisis dejo desperdigados (en vez de ordenarlos para redistribuirlos), pudiera hacerse amo y señor de un país. Kirchner convocó al pasado para apropiarse del presente. Y lo logró.
Sin embargo, lo único que no previó Néstor es que esa ciclópea tarea era demasiado para un hombre solo. Ojalá que este mes que vivimos sin Cristina y Cristina vivió sin nosotros haya bastado para que Ella comprenda que la continuación de esta tan discutible estrategia sigue siendo demasiado también para una mujer sola. Y se ponga a normalizar la Argentina que ella y su esposo no desnormalizaron, pero sí aprovecharon el momento de mayor debilidad del país para profundizar esa desnormalización hasta niveles intolerables.