16 de diciembre de 2017 - 00:00

Virus Ébola ¿Qué aprendimos del último brote?

En los últimos tiempos numerosos brotes epidémicos causados por virus han azotado al mundo.

Uno de los más extensivos y devastadores brotes epidémicos de los últimos tiempos fue causado por el virus Ébola, entre 2014 y 2016, afectando principalmente al continente africano.

Este virus, detectado por primera vez en África en el año 1976 y caracterizado por su elevada tasa de mortalidad (entre 50-75%), ha causado numerosas epidemias desde su descubrimiento.

Sin embargo, el último brote de Ébola generó una movilización sin precedentes de las autoridades internacionales debido a su gran extensión y complejidad. Un año después de este catastrófico acontecimiento, que significó la muerte de más de 11.000 personas, la pregunta que cabe hacerse es: ¿qué hemos aprendido de esta última epidemia?

Numerosos artículos científicos internacionales han sido dedicados al análisis de dicha situación. Un detalle que llama la atención es que la mayoría de ellos confluyen en un desalentador desenlace: las principales fallas en el manejo del brote se debieron a un incomprensible retraso en la declaración internacional de la emergencia, así como a la falta de comunicación e integración de las comunidades locales en la resolución de la epidemia.

Una vez declarado el estado de emergencia, vale aclarar varios meses después de las primeras muertes, la comunidad internacional en su afán de controlar rápidamente la expansión de la epidemia, adoptó e impuso medidas inmediatas de contención que produjeron fuertes enfrentamientos con los pobladores locales.

Un análisis objetivo permite determinar que dichas medidas fueron racionalmente correctas y que, de haberse llevado a cabo sin obstáculos, hubieran permitido salvar la vida de miles de personas.

Sin embargo, la realidad mostró un desenlace diferente con una radicalizada oposición de la población a la adopción de dichas medidas.

Pero, ¿cómo puede una sociedad golpeada por la muerte negarse a ejecutar órdenes impuestas en pos de su propia seguridad? Es aquí donde reside una de las fallas más grandes: la población local fue siempre considerada como parte del problema, pero nunca integrada como parte de la solución.

Durante las emergencias de salud pública que involucran enfermedades infecciosas mortales, las respuestas conductuales y emocionales de la comunidad contribuyen significativamente a la percepción de la enfermedad, a la propagación epidémica y a la efectividad de las estrategias preventivas y de control.

Una estrategia de comunicación diseñada integralmente puede ser efectiva para aportar confianza, cambiar actitudes y comportamientos que resulten en un manejo más efectivo de la epidemia.

Por supuesto, no todas las culturas comparten las mismas creencias y hábitos, por lo cual la ejecución de medidas sanitarias que afecten dichas costumbres constituye un punto sensible y altamente vulnerable que debe ser críticamente evaluado durante el desarrollo de la estrategia de lucha.

En el caso del brote epidémico de Ébola de 2014-2016, el panorama se vio aún más complicado debido a que la mayoría de las regiones afectadas venían de ser azotadas por décadas de conflictos políticos, económicos y sociales que resultaron en un sistema de salud disminuido y colapsado.

La perspectiva se torna mucho más compleja al considerar que el virus de Ébola se transmite a través del contacto corporal directo y por lo tanto el comportamiento humano resulta un punto clave en el manejo de la epidemia.

Este último punto que resulta visiblemente crítico desde una perspectiva médica, constituyó precisamente una de las mayores fallas en la estrategia de lucha contra la epidemia de Ébola.

De esta manera, las medidas adoptadas en torno a evitar la transmisión del virus a través del contacto humano contribuyeron en realidad a un fuerte conflicto con la cultura y el modo de vida de África occidental.

La transmisión por contacto de Ébola significaba que el ser querido enfermo era llevado a un centro de tratamiento de Ébola donde a menudo sufría y moría solo, separado de su familia.

Estas medidas fueron percibidas como un mensaje de "no preocuparse por los seres queridos infectados", intensificando los sentimientos de pérdida, angustia y culpa, y aumentando consecuentemente el aislamiento de la comunidad.

La incineración de los cuerpos de las personas fallecidas fue también percibida como un incumplimiento de las prácticas funerarias tradicionales.

Los cuerpos eran transportados a improvisados centros de incineración donde debido a la emergencia de la situación eran cremados simultáneamente con la imposibilidad de las familias de despedirse o incluso recibir las cenizas de sus seres queridos.

Todos estos factores tuvieron un fuerte impacto en la población local lo cual generó un rechazo absoluto a la ayuda internacional que hasta fue percibida como responsable de la epidemia.

Aunque resulta claro que el comportamiento social resulta un factor crítico en la diseminación de una epidemia, la estrategia sanitaria de lucha debe considerar que cuando las medidas implementadas se cruzan con prácticas culturales arraigadas, es muy probable que prevalezca la cultura.

Por lo tanto, la comunicación y las medidas sanitarias deberían ser formuladas en un esfuerzo de trabajar con la cultura en lugar de ir contra ella.

Es probable que durante este último brote epidémico de Ébola, algunas de estas mediadas conflictivas con la cultura y el modo de vida de la región hayan intensificado inadvertidamente el rechazo por parte de la población contribuyendo al desarrollo de uno de los más extensivos brotes de Ébola registrados en la historia.

Como conclusión cabe destacar que, cada brote epidémico resulta de una combinación de múltiples factores. Sin embargo, en todos los casos la estrategia de comunicación y las medidas sanitarias adoptadas resulta un punto de inflexión en el manejo de la crisis.

Por supuesto que la introducción de cambios en el comportamiento humano resulta compleja, sin embargo, queda claro que aún con los más avanzados conocimientos científicos y con las más claras y efectivas medidas médico-sanitarias, la inclusión social y el respeto por la diversidad cultural constituye un punto crítico en la lucha y el manejo efectivo de crisis epidémicas.

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