Muy poco se conoce de lo que fue de la vida de los virreyes que gobernaron esta provincia a partir de 1776.
La mayoría de ellos murieron en España y solamente tres murieron y fueron enterrados en nuestro territorio nacional.
Mendoza al virreinato
A partir de 1776, nuestra provincia se incorporó al virreinato del Río de la Plata. Cuyo, un año antes, se separó de la Capitanía General de Chile. Los antecedentes de esta iniciativa datan de 1703, cuando el Cabildo de Mendoza solicitó al rey separarse de Chile y unirse a la gobernación de Tucumán. Chile, por su parte, no quería aquella separación por la que se perjudicaría económicamente.
El Rey analizó esta situación y se enteró de que existía una integración de varias provincias como Tucumán, Paraguay y Río de la Plata. Esta decisión de las provincias de Cuyo motivó la creación del Virreinato del Río de la Plata.
En agosto de 1783, se estableciendo un nuevo ordenamiento político territorial.
Cabe destacar que el primer virrey del Río de la Plata que gobernó fue el militar Pedro Antonio de Cevallos Cortéz y Calderón, luego lo sucedieron a lo largo de 35 años, 12 mandatarios reales incluyendo a Francisco Javier de Elío quien en 1811 gobernó desde Montevideo, al declararla a Buenos Aires por la Junta de Regencia como "rebelde".
Una momia real en Buenos Aires
Tres fueron los virreyes que murieron en suelo argentino. Pedro Melo, Joaquín del Pino y Santiago de Liniers
El primero, Pedro Melo de Portugal y Villena, nació en Badajóz en 1733. Llegó a estas tierras antes de la creación del virreinato y fue gobernador del Paraguay hasta 1787.
Hombre de grandes iniciativas, fue el creador de la Real Audiencia. Después asumió como virrey en 1795. Su mandato duró dos años y el 15 de abril de 1797 falleció repentinamente en Montevideo.
Luego de una extravagante pompa fúnebre, fue enterrado en la iglesia de San Juan Bautista.
Actualmente, la tumba se conserva en ese templo ubicado en la ciudad de Buenos Aires, en las calles Alsina y Piedras. La lápida de fina piedra rosada está ubicada en el suelo muy cerca del altar.
En 1870, el capellán de la iglesia accidentalmente descubrió que el cuerpo de Pedro Melo de Portugal había sido embalsamado. Además, entre sus manos momificada se encontraba una espada de plata con empuñadura de oro, símbolo de un descendiente de la realeza.
Tragado por la Catedral
Otro de los virreyes que dominaron con su poder estas latitudes fue Joaquín del Pino y Rozas quien nació en Baena (España) en 1729 y llegó a América del sur a mediados del siglo XVIII. Tuvo varios cargos: fue gobernador de Montevideo, presidente de la Audiencia de Chile y Charcas y en 1800 el rey lo nombró el octavo virrey del Río dela Plata. Cabe destacar que una de sus hijas se casó con Bernardino Rivadavia.
El 11 de abril de 1804, murió en Buenos Aires, víctima de una larga enfermedad y fue sepultado en una cripta en la Catedral metropolitana, con una gran ceremonia que duró varios días.
Pasaron 200 años hasta que un descendiente español de aquel virrey llegó a Buenos Aires para buscar la sepultura en un sector de la Catedral, pero lamentablemente no dieron con el cuerpo.
El francés leal a España
El último de los virreyes que murió en nuestro país fue Santiago de Liniers, de origen francés es recordado por comandar la defensa de la ciudad de Buenos Aires durante las invasiones inglesas. Luego del desembarco británico en 1806 y 1807 y la reconquista, se transformó en virrey de la corona española.
Al estallar los sucesos de Mayo de 1810, Liniers se amotinó en Córdoba junto a otros y fue condenado a muerte por los "revolucionarios". El 26 de agosto de ese año, en el bosque Monte de los Papagayos de la provincia mediterránea fue ejecutado.
Su cuerpo fue llevado hasta Cruz Alta y enterrado en fosa común junto a otros cabecillas. Pasaron los años y en 1862, con la ayuda de los lugareños se exhumaron sus restos y fueron repatriados a España donde hoy descansan en el Panteón de Marinos Ilustres de la ciudad de Cádiz.