16 de febrero de 2014 - 01:10

No hay vientos favorables

Quizá el principal problema de la crisis de nuestro sistema educativo es que nadie sabe hacia dónde va porque carece de estrategias, de objetivos y de metas.

Hace unos años, cuando era director de escuela, decidí re-instalar el cuadro de honor en la institución que dirigía. En las reuniones de equipo, cada docente postulaba a uno de sus alumnos para ser destacado y explicaba las razones de dicha decisión.

Después de algunos meses, tuvimos que levantarlo porque no era posible consensuar “¿Qué era un buen alumno?”, es decir, qué esperábamos de ellos para considerar que hacían bien su tarea.

Algunos maestros querían premiar a los de mejores resultados, otros a los más esforzados, algunos proponían premiar a los solidarios, otros a los que habían mejorado, o a los que no mejoraban, para estimularlos.

Lo cierto es que no teníamos modo de transmitirles a los chicos qué esperábamos de ellos, qué les proponíamos como norte.

Estas indecisiones que teníamos con el cuadro de honor se repetían, de algún modo, con la ortografía (¿Nos preocupamos que escriban sin errores o estimulamos la libertad y la creatividad?), con la prolijidad (¿Por qué les exigimos que sean prolijos si es el cuaderno de ellos?), con las tareas (¿Tiene sentido darles más tarea, además de lo que hacen en la escuela?).

Estas y otras dudas nos dificultaban actuar. En el fondo, la duda era: ¿Cuál es la educación que queríamos darles? ¿Para qué los estábamos formando?

Algo similar le ocurre a nuestro sistema educativo, nos costaría saber qué nos estamos planteando: ¿Queremos que los alumnos aprendan más? ¿Que permanezcan en la escuela como sea? ¿Que sean solidarios?, ¿esforzados?, ¿respetuosos de las normas?, ¿críticos?, ¿auténticos?

Seguramente nos proponemos algo de todo eso, pero si no nos planteamos algunas prioridades, metas, indicadores para alcanzarlas, no podremos mejorar. Como decía Séneca: “No hay vientos favorables para el que no sabe adónde va”

¿Es esto lo que determina que no sepamos qué está bien y qué está mal? Porque eso debería derivarse de los objetivos: algo está bien o mal en función de adónde queremos llegar, es decir, la posibilidad de hacer la distinción se desprende del sentido que se persigue.

Hace unos días, me decía un chico alemán que estaba haciendo una pasantía en una escuela secundaria argentina:

No se entiende lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer.

¿Por ejemplo?

Cuando suena el timbre, ¿qué hay que hacer?

¿Los chicos qué hacen?

Algunos entran al aula, otros se quedan jugando en el patio hasta que ven venir a la preceptora, otros siguen jugando, otros se van a lavar para entrar prolijos.

¿ Y la preceptora qué hace?

Nada…

Lo que el chico me decía, sorprendido, es lo que le pasa a la mayoría de nuestros chicos, no logran encontrar una guía en los adultos porque dudamos, preferimos dejarlos sin respuesta antes de comprometer una idea que pudiera “condicionarlos”. Y en el fondo, lo que nos cuesta es construir pautas, porque las mismas se deberían derivar del objetivo que nos proponemos, del sentido.

Y entonces... están solos, el sentido deben encontrarlo ellos mismos, no pueden esperar a que se los propongamos. Un amigo me decía hace un tiempo: “Mi hija me pregunta qué estudiar cuando termine la secundaria, no sabe si seguir Ingeniería, Diseño Industrial o de Indumentaria, y yo no sé si contestarle, me parece que tiene que hacer lo que ella sienta...”, y la dejó sola.

El informe de la prueba PISA 2012, más allá de ratificar el bajo nivel de aprendizajes de nuestros alumnos, plantea que están entre los que más faltaron a la escuela en las dos semanas anteriores a la prueba y los que reconocen tener aulas más desordenadas entre los 70 países de la muestra, y afirmaban que eso les genera dificultades para concentrarse y aprender.

Los chicos piden claridad, que hagamos de adultos, que volvamos a transmitir, a enseñar, a dar pautas.

En un estudio que realizaron el CEPP, Unicef y el CEM, en Mendoza, los jóvenes decían: “Un buen profesor es uno que sabe, que viene todos los días, que enseña y que exige”. Cuando profundizábamos sobre esa respuesta, nos decían: “Que los profesores hagan de profesores, los directores de directores, los padres de padres”. La idea que emergía de sus afirmaciones era que ellos hagan de adultos, así nosotros podemos hacer de jóvenes. Si todos hacemos “de amigos”, se quedan solos, sin rumbo, sin un camino para recorrer.

Revertir nuestra mediocridad educativa requiere volver a plantearnos objetivos, metas, modos de supervisarlas. Y eso debe ocurrir en cada casa, en cada aula, en cada escuela, en cada provincia, en el país.

Los padres les deben explicitar a los chicos qué esperan de ellos, fijarles metas, conversarlas con ellos, irlas evaluando. Desde que se levanten temprano, que hagan las tareas, las notas que deben tener.

En lo posible, partiendo de las metas que cada chico pueda comprometer, qué es lo que él cree que va a poder lograr. Un sistema educativo mejora cuando todos se plantean mejorar.

Una de las lecturas de la idea de felicidad es que ser feliz es acercarse todo lo posible a lo que uno espera de uno mismo. Ser un buen profesional, un buen compañero, un buen amigo, un buen vecino, etcétera. En la medida en que me acerco a eso que espero, me siento más feliz, porque he logrado lo que me proponía.

Entonces, para ser feliz, necesito tener metas, plantearme objetivos, visiones, sentidos. Una escuela que no sabe lo que busca, nunca recuperará su autoestima, nunca podrá celebrar sus logros.

Comenzando un nuevo ciclo lectivo, es fundamental empezar por plantearnos qué queremos mejorar. Directores y maestros a padres y a alumnos, padres a sus hijos, autoridades al sistema: ¿Qué queremos mejorar? ¿Qué nos estamos proponiendo? Y eso debería ser posible de ser medido, definido, supervisado.

Uno de los mayores capitales con el que podemos contar para que nuestros chicos avancen, mejoren, crezcan, es darles objetivos, sentido, un camino para recorrer. Desde dichos objetivos podremos derivar pautas; por ejemplo, debemos ordenar las aulas porque nuestro objetivo es que los chicos aprendan, y se aprende mejor en un aula ordenada. Cuando nos preguntamos qué orden, el que haga falta para que los chicos aprendan. Finalmente, las pautas son el modo de transmitir las metas, los objetivos, las visiones de lo que queremos lograr.

Los chicos merecen unos adultos que les transmitan un “camino”, pautas, un sentido, más allá de la autonomía y libertad que debemos darles. Sino, los dejamos solos, nos corremos de nuestro lugar de garantes.

Una educación con metas, objetivos, compromisos claros de todos, es un derecho de los chicos. Más que nunca, necesitan unos adultos que les digamos qué esperamos de ellos, sus responsabilidades, y que siempre estaremos para ayudarlos.

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