Ya son más de 2,5 millones los argentinos que vieron la última película de Damián Szifrón. Relatos salvajes reúne un elenco multiestelar (Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia, Oscar Martínez, Rita Cortese, Darío Grandinetti, Érica Rivas, entre otros) y Pedro Almodóvar le agrega lustre internacional y peso en Hollywood, como productor asociado.
Ya se hizo de algunos premios internacionales (San Sebastián, el más reciente), fue muy aplaudida en el prestigioso Festival de Cannes y la academia argentina la puso entre las preseleccionadas para el más marketinero de todos los premios: el Oscar.
Hay muchos millones de argentinos que aún no la vieron. Igual, gracias a una fuerte promoción y el repiqueteo en medios y redes sociales, todos saben de qué se trata.
Son seis episodios sin conexión alguna entre cada historia, unidos, eso sí, por un hilo conductor: personas comunes y corrientes que un día, a partir de un hecho o una sucesión de acontecimientos, explotan en una incontenible ira.
Como consecuencia, la mayoría de los episodios terminan mal, con muertes incluidas. “Todos podemos perder el control”, resume el trailer de promoción.
Fui uno de los millones que vio Relatos salvajes y, más allá de sus evidentes méritos artísticos, confieso que no salí del todo satisfecho. Por ejemplo: me cuesta llamarla “una película” dado que, en rigor, son seis cortos.
Pero eso no le importa a nadie. Lo que puede servir es lo que advertí en las reacciones de una platea repleta. Por momentos, aliento contenido; en otros, risas incontenibles. Como para aflojar la tensión, como para que la angustia no ganara.
Y salí con una pregunta dándome vueltas: ¿qué hace que millones vean esta película? Una buena respuesta sería que la sola presencia de Ricardo Darín garantiza salas con mucha gente; otra, que la publicidad y el boca a boca hacen que nadie se quiera quedar afuera de algo de lo que todos hablan.
Una tercera, más sociológica, es que, quizá, en Relatos salvajes -en plena era de la mistificación del relato- vamos a buscarnos a nosotros mismos en esa pantalla que, tras cada fundido en negro, ilumina otro personaje, otra personalidad. He escuchado a gente que es entrevistada en los medios y a críticos cinematográficos decir que “siempre hay alguno de los personajes con el que te sentís identificado”.
No me pasó pero eso tampoco importa a nadie. Relatos salvajes está hecha en la Argentina; de algún modo se inspira en nuestra realidad. ¿Será que actúa como espejo? ¿Será que allí nos vemos nosotros, nuestro barrio, lo que nos rodea?
Pensé en esto cuando esta semana leí dos noticias que no ocuparon grandes espacios en las tapas de los diarios o apenas se llevaron segundos de los noticieros televisivos.
El lunes se conoció que en la localidad Juan Domingo Perón, en Formosa, Julia Álvarez, una chica de 15 años, había sido atacada por dos vecinas de 16 y 18 años respectivamente.
“Te vamos a dejar la cara como Chucky, a ver quién te dice bonita ahora”, le dijeron mientras le tajeaban las mejillas, la nariz, la boca y la espalda en varios lados.
“Le arruinaron la vida. No sabemos qué hacer para contenerla: se mira al espejo y llora todo el tiempo”, dijo Yeni, una hermana de Julia, cuando contaba, a la prensa, lo ocurrido.
El martes se supo que Pilar, una chica de 16 años de Villa Constitución, fue a bailar a un club de Empalme, otra localidad cercana a Rosario, y otra chica de 17 años la atacó con los vidrios de una botella rota.
Le produjo un corte de más de 12 centímetros en la mejilla derecha y también le lastimó la nariz. Horas después, en el muro de Facebook de la agresora se leía: “La agarré a Pilar anoche en el baño de la sede y le arruiné la cara”, publicó Karen. Más tarde, la madre de Pilar contó que dos meses antes había denunciado a la chica que atacó a su hija: “Ella la había amenazado con que la iba a desfigurar porque dice que se hace la linda o que es cheta en Empalme”.
Ambos hechos habían ocurrido el viernes de la semana pasada. Y, aunque a kilómetros de distancia, la excusa de las agresoras era la misma: lo hicieron porque sus víctimas eran “lindas y chetas”.
Es impresionante ver las fotos, son espeluznantes, casi tanto como el nivel de resentimiento y cobardía con el que actuaron las violentas adolescentes, tan impresionantes como la superficialidad del motivo de sus ataques.
“Más que enfadados, estamos desesperados”, interpretó Pedro Almodóvar cuando se enamoró del guión de Szifrón y decidió poner plata en el film. Rabia, infinita crueldad, estupidez, indiferencia, extremo egoísmo, agregaría a la hora de intentar calificar estos relatos salvajes, los verdaderos, los que suceden a la vuelta de nuestras esquinas.
Y esto sí que debería importarnos a todos. ¡¡Bah!!, digo.