El fenómeno se ha hecho más notable por el curioso efecto que ha producido en el oficialismo la derrota electoral del 11 de agosto, a lo que se suman las negativas proyecciones que muestran las encuestas previas a los comicios de octubre.
El fenómeno se ha hecho más notable por el curioso efecto que ha producido en el oficialismo la derrota electoral del 11 de agosto, a lo que se suman las negativas proyecciones que muestran las encuestas previas a los comicios de octubre.
Casi sin transición, hoy se dicen y se hacen cosas exactamente opuestas a lo que se decía y se hacía hace un mes. La inseguridad dejó de ser una sensación instalada por los medios críticos, para asumirse como problema a resolver con urgencia. Así, se ordena a la Gendarmería Nacional que minimice su presencia en las zonas de frontera, para que sus efectivos refuercen el patrullaje en el conurbano bonaerense. Claro que allí estarán solamente por 90 días, hasta después de las elecciones, cuando todo volverá a ser igual.
En ese mismo distrito, después de aplicarse una política garantista y de supuesto corte progresista, se pasa al hasta ayer criticado, por "derechoso", concepto de mano dura. De pronto se defiende, entre otras cosas, la baja en la edad de los menores imputables, que era inaceptable.
Recalculando
Lo mismo sucede con este tardío y electoralista reconocimiento de la inflación, la admisión de que las estadísticas del Indec no reflejan la realidad, o los groseros métodos que se han utilizado para intervenir desde el Estado en aspectos claves de la economía. Encima, todos estos cambios son exhibidos por funcionarios y candidatos oficiales en los medios periodísticos que el propio Gobierno calificó de "enemigos", y a los que hasta hace poco les prohibía concurrir.
Sólo de los últimos días, se puede confeccionar una larga lista de retrocesos discursivos que, en realidad, muestran la debilidad del relato oficial. O, lo que es peor, hasta qué punto el sostén político e ideológico de un gobierno, que lleva diez años en el poder, puede ser adaptado a las circunstancias para intentar revertir el resultado cuando sólo faltan 50 días para votar. "Si no les gustan mis convicciones, tengo otras" decía, con humor sarcástico, Groucho Marx.
Fuera de las ironías, éste es otro golpe a la credibilidad de la política. Uno de los méritos que se reconocen a Néstor Kirchner, fue hacer que las nuevas generaciones asomaran a la militancia después del angustioso descreimiento que provocó la crisis de 2001. Su gobierno, y luego la continuidad de Cristina Fernández, actuaron con firmeza, con determinación, aun sobre políticas equivocadas. Defendieron muchas veces de manera obstinada sus decisiones, y no fueron gobiernos dubitativos.
Esa actitud, bajo la consigna del "vamos por todo", encolumnó a miles de jóvenes convencidos y entusiasmados que valoraron justamente el pulso firme detrás de una idea. La decepción siempre es costosa y el Gobierno ha comenzado ahora a entenderlo. En lugar de recuperar votos, estas "claudicaciones" gravitan con fuerza en determinados sectores sociales. Así lo marcan los sondeos de opinión que cada semana registran una diferencia mayor entre los candidatos oficialistas y el conjunto de los opositores.
Es en la provincia de Buenos Aires, sin embargo, donde la brecha que resulte de las urnas adquirirá un especial significado hacia el futuro.
En caída
A los casi 6 puntos que el disidente Sergio Massa sacó al oficialista Martín Insaurralde en las primarias, las últimas encuestas los estiran hasta 12/15 puntos. Con eso, el intendente de Tigre podría superar el 40 por ciento de los votos y transformar su triunfo en una paliza sobre el kirchnerismo. Los consultores que miden estas intenciones del electorado descartan cualquier cambio de tendencia de aquí a octubre, salvo que se produzca algún hecho imprevisto y trascendental.
Además de Cristina y la cúpula del poder kirchnerista, que tendrán todavía dos años para concluir su mandato en un cuadro institucional de marcada debilidad, quien ha quedado en una posición frágil es el gobernador Daniel Scioli. El bonaerense, que tiene declaradas aspiraciones presidenciales, esperaba quedarse con los votos kirchneristas y sumar mucho del peronismo detrás de su candidatura para 2015. ¿Podrá seguir siendo esa especie de moderador dentro del Gobierno para garantizar una transición más o menos ordenada?
Si las urnas confirman el anticipo de las encuestas, Scioli tendrá por delante un difícil trabajo de persuasión dentro del peronismo, porque el crecimiento de Massa actúa como el sol en un frío intenso: todos quieren cobijarse bajo sus rayos.