La palabra “libertad” se alza enorme en la retórica conservadora moderna. A los grupos de cabildeo se les ponen nombres como Freedom Works; se denuncia a la reforma sanitaria no sólo por su costo, sino como un asalto contra, sí, la libertad. Oh, y hay que recordar cuando se suponía que debíamos referirnos a las papas a la francesa como “papas fritas libertad”.
La definición de libertad de la derecha, no obstante, no es una que reconocería, por decir, Franklin Delano Roosevelt. En particular, pareciera que pusieron de cabeza a la tercera de sus famosas cuatro libertades: estar libres de penurias. Al parecer, los conservadores, en particular, creen que libertad es sólo otra palabra para decir que no se tiene suficiente para comer.
De ahí la guerra contra los vales de despensa, que los republicanos en la Cámara de Representantes acaban de votar que se reduzcan drásticamente, aunque hayan votado para incrementar los subsidios agropecuarios.
En cierto sentido, se puede ver por qué el programa de cupones para comida -o, para utilizar su nombre apropiado, el Programa de asistencia nutricional suplementaria (SNAP, por sus siglas en inglés)- se ha convertido en el blanco.
Los conservadores están profundamente comprometidos con el punto de vista de que el tamaño del gobierno ha aumentado con el presidente Barack Obama, pero enfrentan el hecho incómodo de que el empleo en la administración pública bajó drásticamente, mientras que el gasto de conjunto ha caído rápido, en tanto parte del PIB. No obstante, el SNAP realmente creció mucho, ya que la inscripción pasó de 26 millones de estadounidenses en 2007 a casi 48 millones ahora.
Los conservadores miran esto y lo que ven, para su gran decepción, es lo que no pueden encontrar en ningún otro dato: un crecimiento explosivo, fuera de control, en un programa gubernamental. No obstante, el resto de nosotros vemos un programa que es una red de seguridad y hace exactamente lo que se supone que debe hacer: ayudar a más personas en un momento de apuro económico generalizado.
El crecimiento reciente del SNAP ha sido, efectivamente, inusual, pero también lo han sido los tiempos, en la peor forma posible. La Gran Recesión de 2007 a 2009 fue la peor crisis desde la Gran Depresión, y la recuperación que siguió ha sido muy débil.
Múltiples investigaciones económicas cuidadosas han mostrado que la crisis económica explica la mayor parte del incremento en el uso de vales de despensa. Y, aunque las noticias económicas han sido malas, en general, una buena es que, al menos, los cupones han mitigado las penurias, manteniendo a millones de estadounidenses fuera de la pobreza.
Tampoco es ése el único beneficio del programa. La evidencia es ahora abrumadora en cuanto a que los recortes al gasto en una economía deprimida profundizan la crisis, pero el gasto gubernamental ha estado cayendo de todas formas. No obstante, el SNAP es un programa que se expandió y, como tal, ha ayudado, indirectamente, a salvar cientos de miles de empleos.
Sin embargo, dicen los sospechosos habituales, la recesión terminó en 2009. ¿Por qué la recuperación no ha hecho bajar las listas del SNAP?
La respuesta es que, aunque, en efecto, la recesión terminó oficialmente en 2009, lo que hemos tenido desde entonces es la recuperación de una cantidad reducida de personas hasta arriba de la distribución del ingreso, sin que ninguno de los beneficios baje poco a poco hasta los menos afortunados. Ajustado a la inflación, el ingreso del uno por ciento de hasta arriba aumentó 31 por ciento de 2009 a 2012, pero el ingreso real del 40 por ciento de hasta abajo cayó seis por ciento, de hecho. ¿Por qué debería haberse reducido el uso de los vales de despensa?
¿Acaso el SNAP en general es una buena idea? O es, como lo plantea Paul Ryan, el presidente del Comité de Presupuesto de la Cámara de Representantes, un ejemplo de cómo se transforma la red de seguridad en “una hamaca que arrulla a personas físicamente capaces para que tengan vidas de dependencia y autocomplacencia”.
Una respuesta es, vaya hamaca: el año pasado, la prestación promedio de los cupones de comida fue de 4,45 dólares diarios. Asimismo, respecto a esas “personas físicamente capaces”: casi dos tercios de los beneficiarios del SNAP son niños, ancianos o discapacitados, y la mayoría del resto son adultos con hijos.
No obstante, además de eso, se podría pensar que al asegurar una nutrición adecuada para los niños, que es una gran parte de la función del SNAP, hace que, en realidad, sea menos probable, en lugar de más, que esos niños sean pobres y necesiten asistencia pública cuando sean mayores. Y eso es lo que muestra la evidencia. Las economistas Hillary Hoynes y Diane Whitmore Schanzenbach han estudiado el impacto del programa de vales de despensa en 1960 y 1970, cuando se extendió gradualmente a todo Estados Unidos.
Concluyen que, en promedio, los niños que recibieron asistencia temprana llegaron a ser adultos más sanos y más productivos que los que no la tuvieron; y resulta que también tuvieron menos probabilidades de recurrir a la red de seguridad en busca de ayuda.
En resumen, el SNAP es una política pública en su mejor expresión. No sólo ayuda a los necesitados; los ayuda a ayudarse. Y ha puesto a trabajar a los subalternos en la crisis económica, mitigando el sufrimiento y protegiendo empleos en un momento en el que demasiados formuladores de políticas parecen determinados a hacer lo contrario. Así es que dice algo por lo que los conservadores han señalado a este programa entre muchos, debido a una ira especial.
Hasta a algunos eruditos conservadores les preocupa que esta guerra contra los vales de despensa, especialmente en combinación con el voto para incrementar los subsidios agropecuarios, sea negativa para el Partido Republicano, porque hace que los republicanos parezcan una clase de guerreros miserables. En efecto, así es. Y eso se debe a que lo son.