31 de octubre de 2018 - 00:00

Urgencia de paz y amor - Por Vicente S. Reale

(Al redactar las líneas del texto que sigue, deseo aclarar que su contenido ha sido elaborado sobre la base de un escrito del teólogo brasileño Leonardo Boff).

A comienzos de este mes que hoy finaliza, más exactamente el día 4, recordábamos y celebrábamos el testimonio de vida que Francisco de Asís dio a la humanidad. Francisco fue un ser que había purificado su corazón de toda dimensión de sombra, convirtiéndose en "el corazón universal... porque, para él, cualquier criatura era una hermana y se sentía unido a ella por lazos de cariño", como escribió el papa Francisco en su encíclica sobre la ecología Por dondequiera que pasaba, Francisco saludaba a las personas con su "Paz y Bien", saludo que entró en la historia, especialmente en la de los frailes que empiezan sus cartas deseando Paz y Bien.

Construyó lazos de paz y de fraternidad con el "señor hermano Sol" y con la "señora Madre Tierra". Esta figura singular, quizás sea una de las más luminosas que el Cristianismo y el propio Occidente hayan producido. Hay quien lo llama el "último cristiano" o "el primero después del Único", es decir, después de Jesucristo.

Con seguridad, se puede afirmar que, cuando el cardenal Bergoglio escogió el nombre de Francisco, quiso apuntar a un proyecto de sociedad pacífica, de hermanos y hermanas reconciliados con todos los hermanos y hermanas de la naturaleza y de todos los pueblos. Al mismo tiempo, pensaba en una Iglesia en la línea del espíritu de San Francisco. Ese espíritu era lo opuesto al proyecto de la Iglesia de su tiempo, que se expresaba por el poder económico y político sobre casi toda Europa, con suntuosos palacios, grandes abadías, inmensas catedrales.

San Francisco optó por vivir el Evangelio puro, al pie de la letra, en la más radical pobreza, con una "simplicidad casi ingenua", con una humildad que lo colocaba junto a la tierra, en el nivel de los más despreciados de la sociedad, viviendo entre los leprosos y comiendo con ellos del mismo plato.

Para aquel tipo de Iglesia y de sociedad, Francisco confiesa explícitamente: "Quiero ser un novellus pazzus, un nuevo loco", loco por Cristo pobre y por la "señora dama pobreza", como expresión de total libertad: nada ser, nada tener, nada poder, nada pretender. Se le atribuye la frase: "deseo poco y eso poco que deseo lo deseo poco".

A pesar de todas las presiones de Roma y de las internas de los propios cofrades, que querían conventos y reglas, nunca renunció a su sueño de seguir radicalmente a Jesús: pobre, junto a los más pobres. La humildad ilimitada y la pobreza radical le permitieron una experiencia que viene al hilo de nuestras búsquedas: ¿es posible recuperar el cuidado y el respeto hacia la naturaleza? ¿Es posible una sociedad sin odios que incluya a todos, como él lo hizo con el sultán de Egipto que encontró en la Cruzada, con la banda de ladrones, con el lobo feroz de Gubbio, y hasta con la "hermana muerte"?
Francisco mostró esta posibilidad, y que tal posibilidad era realizable, al hacerse radicalmente humilde. Se colocó en el mismo suelo y al pie de cada criatura, considerándola su hermana. Inauguró una fraternidad sin fronteras: hacia abajo con los últimos; hacia los lados, con los demás semejantes, independientemente de si eran papas o siervos de la gleba; y hacia arriba con el Sol, la Luna y las estrellas, hijos e hijas del mismo Padre bueno.

La pobreza y la humildad practicadas así no tienen nada de beatería. Suponen algo previo: el respeto ilimitado ante cada ser. Lleno de devoción, vendaba una rama rota para que se recuperara, alimentaba -en el invierno- a las abejas que revolotean hambrientas por allí. No negó el origen ni las raíces oscuras de donde venimos todos. Al renunciar a cualquier posesión de bienes o de intereses, iba al encuentro de los demás con las manos vacías y el corazón puro, ofreciéndoles simplemente el saludo de Paz y Bien, la cortesía, y un amor lleno de ternura.

La comunidad de paz universal surge cuando nos situamos con gran humildad en el seno de la creación, respetando todas las formas de vida y a cada uno de los seres, pues todos poseen un valor en sí mismos, al margen de cualquier consideración humana. Esta comunidad cósmica, fundada en el respeto ilimitado, constituye el presupuesto necesario para la fraternidad humana, hoy sacudida por el odio y la discriminación hacia los más vulnerables de nuestro país. Sin ese respeto y esa fraternidad, difícilmente la Constitución y la Declaración de los Derechos Humanos tengan eficacia. Habrá siempre violaciones, por razones étnicas, de género, de religión y otras.

Esta fraternidad de paz es realizable. El poder hacer "cosas simples y pequeñas" está al alcance de cualquier persona, independientemente de su condición social, raza, credo, ideología, etc. Por la sencilla razón de que todo hombre y mujer lleva en su corazón el instrumento con el que se hacen semejantes cosas, que no es otro que el amor y que está muy por encima del dinero, de la fuerza y del poder y, por supuesto, de la admiración que pueda provocar en los demás.

Todos somos un poco razonables y un poco dementes, pero podemos hacer que lo mejor de nosotros humanice a nuestra sociedad dividida, que deberá repetir: "donde haya odio, que lleve yo amor".

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