“Al pesimismo de la razón hay que sumarle el optimismo de la voluntad”.
Llama la atención que ciertos ámbitos académicos, la cantidad proporcionalmente superior de fondos solicitados y destinados al campo de las teorías, respecto a otros más dirigidos a intervenciones directas en lo que hace a la planificación racional del medio ambiente y del urbanismo. Ante la gravedad del problema y la dificultad de controlarlo, esto puede llevarnos a ceder a la tentación de recluirse meramente en el control de cifras y de causas, con el consiguiente desvío de las energías necesarias para encontrar las soluciones posibles.
“Al pesimismo de la razón hay que sumarle el optimismo de la voluntad”.
Antonio Gramsci
En rueda de amigos, conversando sobre las aglomeraciones urbanas y sus circunstancias, pensábamos a la ciudad como expresión física de una serie de tensiones y fuerzas invisibles que surgen a partir de un doble proceso interactivo.
Así nuestras urbes eran definidas como materializaciones tangibles de las resistencias dialécticas que se producen tanto entre el propio hombre y la naturaleza, como también entre todos los hombres que la habitan, a partir de sus procesos grupales e interactorales que la configuran, modifican y condicionan permanentemente.
Al respecto, y a pesar de surgir como casi única duda y debilidad teórica, la generalización absoluta de todas ellas, reafirmábamos en cambio la verdad de que en cada urbe se expresan físicamente, se materializan de una u otra manera estas tensiones y fuerzas.
Bajo este enfoque la complejidad urbana radicaría entonces en la cantidad de variables que interactúan e influyen en las resistencias entre estas tensiones, pudiéndose encontrar en todo proceso urbanístico desde las más ordenadas –como la planificación urbana- hasta las más informales y a veces violentas –como las invasiones-.
Es en el mismo curso actual de los acontecimientos mundiales, con pobreza y migraciones instigadas directamente por decisiones globalizadas de unos pocos poderosos, donde quedan claramente reflejadas y expuestas las tensiones que aquellas decisiones provocan, y que no hacen más que acentuar y exacerbar las mutuas resistencias arriba mencionadas.
En este marco, los pobres no “esperan” que en la ciudad se les busque un destino o una localización, sino que “operan” sobre la trama urbana, tallando su estructura, incorporando su propia impronta a la necesidad de abrigo y supervivencia. Ante esta realidad, los estados se ven rebalsados.
Dos mecanismos sobreviven así a semejante panorama: por un lado, las acciones paliativas mínimas y coyunturales (siempre insuficientes) a través de negociaciones urbanas generalmente clientelistas y politizadas se generalizan; por el otro, estrategias represoras intentan poner freno a través de la violencia, a las estrategias de autogeneración de espacio habitable de grandes mayorías.
Ante el escenario presentado y en el cual cotidianamente nos desenvolvemos, surge el interrogante profundo de cuál es la variable que, frente a este conglomerado de tensiones, le corresponde al profesional, como integrante en el desenvolvimiento de nuestras realidades urbanas.
Al respecto y a partir de nuestra opinión, surgida de la actuación desde organizaciones no gubernamentales, universidades o institutos de investigación, el profesional tiene ante sí dos caminos.
El primero de ellos encuentra su objeto y su fin en tratar de interpretar desde su individualidad la naturaleza del fenómeno urbano antes planteado, como propósito de estudio en sí mismo, infiriendo relaciones causales o elaborando teorías a partir de la realidad analizada.
El segundo, partiendo de bases conceptuales aportadas por el primero, prioriza el intervenir, el actuar sobre esa realidad ya descripta y conocida, en el sentido de aportar a la corrección de sus deficiencias e injusticias, proponiendo desde la acción estrategias superadoras a las vigentes y desde los espacios grupales o asociados.
Éste es un punto clave a partir del cual se plantean dos vías que se bifurcan: defenderse de esta crisis con la mente, o sea interpretando sus causas y efectos desde lugares seguros y racionales, o bien desde la compenetración del ejercicio profesional activo, más visceral (aunque menos confortable), actuar para incidir en las trasformaciones necesarias y posibles.
En síntesis, incorporar la investigación, la conceptualización, la interpretación, la formulación teórica sólo como instrumentos para impulsar los cambios que se desean producir, sin que la reformulación de estos basamentos teóricos, estudios y diagnósticos se transformen en centro de la cuestión.
“La metáfora del capitalismo es uno de los desafíos que implican el mayor esfuerzo para romper la magia a que nos somete a través de su lógica perversamente racional. Ya que es frecuente pensar que al entenderlo nos podemos defender del sutil hechizo con que nos determina el poder de nuestra razón”. (Víctor Campos, 2001)
Sin embargo y al decir del mismo Campos, ésta es, precisamente, la trampa, porque el estancamiento en el mero entendimiento puede inmovilizarnos ante las trasformaciones que necesitan ser implementadas.
Los estadounidenses, que saben de esto, dicen que para controlar algo nada mejor que financiarlo. Esta afirmación la ponen en práctica permanentemente, tanto en sus estrategias internas como hacia afuera, con los países endeudados. De este modo, si el pensamiento de los profesionales culmina en alguna propuesta que es riesgosa para el sistema, la posibilidad es que se la financie solamente para hacerla inocua, procurando que tales ideas se conviertan en una investigación que en su desarrollo se resuelva en el campo de las ideas y las teorías, sin resultados concretos.
Es así frecuente ver, en medio de un panorama urbano apremiante, a intelectuales trabajando en sus computadoras, debatiendo los pormenores o los sesgos de sus visiones, en un inquietante círculo vicioso en el que no se termina de salir de la sistematización permanente, la precisión excesiva en el análisis de datos, los cuadros y las estadísticas. Inclusive, sucede a veces, que equipos de investigadores encuentran datos alarmantes más allá todavía de lo previsto. En estos casos, suele primar el retorno sistemático y recurrente al cálculo de tales datos, insistiéndose en las mediciones y el análisis de cifras, como si hubiera temor a excederse en las soluciones o en equivocarse en las intervenciones propuestas.
En este sentido llama la atención que ciertos ámbitos académicos, la cantidad proporcionalmente superior de fondos solicitados y destinados al campo de las teorías, respecto a otros más dirigidos a intervenciones directas.
Ante la gravedad del problema y la dificultad de controlarlo, esto puede llevarnos a ceder a la tentación de recluirse meramente en el control de cifras y de causas, con el consiguiente desvío de las energías necesarias para encontrar las soluciones posibles.
No se trata entonces de no pensar o de rechazar abiertamente las formulaciones teóricas, de por sí necesarias, sino de equilibrar el pensamiento con las acciones trasformadoras. En otras palabras, ligar el razonamiento a la intuición y el pensamiento al compromiso activo.
Se observa con frecuencia en los profesionales de toda América Latina, una polarización riesgosa. Por un lado, aquellos que, individualmente o formando parte de organizaciones de sesgado perfil académico, con producción de textos excelentes, abundancia de participación en congresos y elaboración de ponencias, ceden a la tentación de quedar demasiado atados al campo de las teorías. Y por el otro, aquellos que, por diversas razones, asumen funciones directas en el estado, nacional o de nivel local, que, presionados por el hacer cotidiano, por las emergencias o los intereses partidarios, se extravían en el mero actuar al no definir objetivos claros y olvidar toda planificación. Paralelamente a ellos subsisten todavía los de perfil asistencialista, con profesionales y técnicos funcionando casi como repartidores de dádivas.
Sin embargo, y según el enfoque que propiciamos, la clave para nuestros convulsionados escenarios urbanos parecería encontrarse en la necesidad de fortalecer el nivel que está entre unos y otros; entre el sector de los que, referenciados en pensamientos claros y concretos, quieren y pueden estar comprometidos en la acción directa.
Es precisamente en esta línea que valoramos la labor de Eike Schutz en toda América, quien desde su compromiso directo articuló cooperación con necesidades concretas, nutriéndose del pensamiento teórico para ajustar permanentemente la calidad de la acción, impulsando proyectos que se basaron muchas veces en verificar el compromiso de los actores involucrados más allá de los meros formularios y reformulaciones teóricas.
Para finalizar, conviene recordar que estos comentarios pretenden únicamente ser un aporte a la reflexión y discusión para mejorar el desempeño de quienes, modestamente, podemos colaborar en el difícil tema del hábitat social que nos reúne.
* EL autor es arquitecto-CEVE Conicet Córdoba. FAUD/UNCórdoba.