Hablar de una década ganada tiene, por lo menos, dos perspectivas: la positiva y la negativa. Esto que es de Perogrullo nos invita a pensar sobre qué es lo que ganamos efectivamente pero, yendo más al hueso, qué es lo que podríamos haber ganado y no lo logramos.
Las sociedades nunca se manifiestan de manera unívoca, es decir que se muestran de manera variopinta, múltiple, compleja y dinámica. Sin embargo, hay épocas en que, a partir de un catalizador, cualquiera que éste fuese, la sociedad se fractura. Vayan como ejemplos: unitarios y federales; peronistas y antiperonistas; yrigoyenistas y antipersonalistas y tantos otros.
La peor fractura que uno puede visualizar es la que abisma a los que tienen de los desamparados, y más cuando desde los que tienen se instrumentaliza a los últimos, es decir, se los usa.
El costo, en términos globales es mínimo, visto desde la perspectiva de un poderoso, ya que los beneficios que al poderoso le acarrean se maximizan. Flamear la pobreza como estandarte de lo "a reivindicar", mientras campea el latrocinio de la mano de la corrupción, no sólo es patético sino que es la muestra más acabada del cinismo político.
En materia de seguridad todo lo antedicho se muestra descarnadamente. Hay una seguridad para los que tienen y hay inseguridad para los desposeídos o, mejor dicho, para el ciudadano de a pie. La "mano dura", ¿a quién es aplicable? Este concepto va de la mano con la concepción clasista de la sociedad y casi rayana en el racismo.
La desconfianza en las instituciones -vulneradas sistemáticamente- trae como consecuencia una visión difusa de la figura de la autoridad, por lo que el refugio es el aislamiento, la retracción y, como corolario, la falta de solidaridad.
Nadie se arriesga a denunciar, ya no a lo que le puede pasar en lo personal sino a lo que le puede o le pasa al vecino; en definitiva, al prójimo. Por lo tanto definitivamente estamos solos. Presentarse como el adalid de la represión es regresivo y cuasi fascista.
La mirada política debe orientarse al saneamiento de las instituciones y hacia el incentivo de la solidaridad como alternativa indudable.
No es fácil, ya que el "otro" ha sido puesto en la vereda de enfrente. La diatriba y la monserga descalificadora, ante una diáspora de las voces opositoras, hace lo suyo, es decir: nos enmudece, nos cohíbe, nos reprime.
¿Hay, acaso, necesidad de criminalizar al "otro", para enaltecerse? Medrar con el desquicio, con la disfuncionalidad social, para reeditar la antinomia entre los duros y los blandos, los halcones y palomas, y tantos otros opuestos, desde asumirse como el "Caballero Blanco" y único baluarte ante la delincuencia es un dislate, por lo menos.
Yo, aunque pueda parecer ingenuo, sigo creyendo en "mi" Policía, de la que hace tiempo formé parte como profesor. Y lo soy desde el mejor sentido de la palabra: Profesor. El que da fe, o aquel que se confiesa con sus alumnos. Bastante nos costó superar la antinomia del peronismo de los 50, hasta que se naturalizó y se aceptó su existencia y su preponderancia hasta llegar a ver ese movimiento como una nueva puerta que se nos abría en la historia.
Hoy debería, y debe ser, superar el ser "K" o anti "K". No somos enemigos y deberíamos considerarnos simplemente transeúntes de un momento provocativo y falaz. Dos no pelean cuando uno no quiere y el cementerio está lleno de imprescindibles.
Aboguemos por el sistema, fortalezcamos las instituciones, participemos y hagamos sentir nuestra opinión; que de eso se trata. Aturdidos somos arriados. Al solo costo de un "chori" y unos "mangos", se aplaude una realidad pintada desde la más abyecta alienación que ha fabricado una realidad que sólo existe en la cabeza de quien la vocifera.
John Locke decía cínicamente: "Dios nos libre de tener el gobierno que nos merecemos". Si así fuera, faltarían "trajes a rayas" y cárceles. Tampoco debemos olvidar el dicho "Dime de qué presumes y te diré de qué careces". Si tamizamos con sólo ese dicho cada admonición que desde lo altísimo de su ego nos aturde CFK, veríamos la realidad? que es la única verdad.