“No hay ninguna posibilidad de albertismo versus cristinismo, ninguna”, repitió de manera incansable Eduardo Valdés, uno de los dirigentes de mayor confianza del presidente electo, desde la victoria del Frente de Todos. Tal vez esté en lo cierto, pero en el corto plazo sus palabras se sustentan más por la conformación del Gabinete que por la vocación del kirchnerismo de dejar atrás una voraz manera de hacer política que, popularmente, se describe con la frase “vamos por todo”.
La unidad entre el peronismo, el kirchnerismo y el massismo fue necesaria para recuperar el poder, aún ante el desastre económico que provocó Mauricio Macri, y que dejó a la Argentina al borde del default y con pobreza récord.
El Frente de Todos adoptó una postura conciliadora: se ponderó el camino común sobre las diferencias que en el pasado parecían irremediables. Inesperado para muchos, uno de los principales promotores de esa pacificación es el camporista Máximo Kirchner.
La política comenzó a ordenar la exaltación del triunfo electoral y ayer se terminó de conocer la estructura con la que el nuevo espacio de poder tratará de convivir y equiparar sus tensiones internas mientras afronta las urgencias que heredó de Cambiemos. En líneas generales, Alberto Fernández cinceló un gabinete propio con designaciones en posiciones clave y compensó el despliegue territorial obtenido por Cristina Fernández en el Congreso.
Los nombres expresan además la necesidad de Alberto de blindarse con sus históricos laderos. El presidente entrante buscó en su círculo más íntimo la garantía para evitar cortocircuitos internos y para no abrir nuevos frentes de conflictos en el ya escabroso camino que tendrá que recorrer.
Algunos son Julio Vitobello (secretario general de la Presidencia), Vilma Ibarra (secretaria Legal y Técnica), Gustavo Béliz (secretario de Asuntos Estratégicos), Claudio Moroni (ministro de Trabajo), Marcela Losardo (ministra de Justicia) y Santiago Cafiero (jefe de Gabinete). Todos tienen extrema confianza con Alberto Fernández y por ello fueron designados para resguardarlo y “cuidar su firma”, tal como él mismo lo definió.
Otro de los nombres, que no se mencionó ayer, es el de Juan Manuel Olmos, quien figura como el futuro jefe de asesores presidenciales. Es uno de los grandes referentes de esa vieja guardia del peronismo porteño que Alberto Fernández puso a disposición de Néstor Kirchner para darle una base de sustentación política en 2003, cuando el patagónico llegó a la Casa Rosada con algo más del 22% de los votos.
Ese peronismo porteño que luego quedó expulsado del poder cuando Cristina Fernández asumió el mando, ahora afronta una nueva oportunidad, que quedará en manos del reducido círculo que designó el flamante presidente. Para prosperar, deberá delinear un camino que permita diferenciar a Alberto de los errores del kirchnerismo, como la corrupción que él pide investigar y juzgar, y dar forma a la era del albertismo.